Sábado, 21 de Octubre del 2017
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LO ESENCIAL ES AQUELLO QUE EL PASO DE LOS AÑOS NO DESTRUYE
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«No se desanimen porque, aunque

nuestro hombre exterior se va desmoronando,

el interior se renueva cada día»

(2 Cor. 4, 16)

 


Esta cita bíblica invita a cada persona a escoger para sí y su familia una vida dedicada a la escucha de la palabra del Señor y a vivir unidos a Él, y en este mes en que se celebra el Día del Adulto Mayor, una invitación de manera especial, para todas aquellas personas que se encuentran en esta etapa privilegiada de la vida.


La experiencia y sabiduría que los adultos mayores acumulan a través de los años enriquece e ilumina el camino que les toca recorrer mostrándoles que el paso de los años no destruye, sino que afianza, los valores, las enseñanzas y la fe. Es una preciosa etapa en la que se dispone de mayor tiempo para profundizar en la vida espiritual, y en la que se puede compartir y reflexionar con los demás.


Las personas preparamos durante toda la vida nuestra propia forma de vivir la vejez, vivirla mejor dependerá de nuestra capacidad de saber apreciar en todo momento su sentido y su valor. Cada etapa de la vida tiene sus propias riquezas, las que tenemos que saber valorar.


Cada uno de nosotros puede ser espiritualmente joven a pesar de los años, si es que vivimos la vida a la luz de la fe y la vimos como un maravilloso don de Dios, aceptando que tenemos una misión que cumplir hasta el fin de nuestros días.


“La vejez es la coronación de los escalones de la vida, en ella se recogen los frutos de lo aprendido y de lo experimentado, los frutos de lo realizado y conseguido, los frutos de lo sufrido y soportado. Es la trayectoria de toda una vida” (Juan Pablo II, Discurso a los mayores, Catedral de Munich, Feb. 1980).


La aportación de las personas mayores a los demás es su riqueza de fe y de vida, porque pueden sacar de si mismos cosas nuevas y antiguas, en beneficio propio y del prójimo. Lejos de ser sujetos pasivos, necesitados siempre de la atención de otros, los adultos mayores pueden ser apóstoles insustituibles sobre todo con sus contemporáneos. Mejor convence y más arrastra un testimonio de vida que muchas palabras.


El paso de los años no significa, necesariamente, envejecimiento en el espíritu humano, aunque lo sea en el cuerpo; la juventud interior se tiene cuando se vive orientado hacia los valores eternos. Todos conocemos a personas de mucha edad y que, sin embargo, tienen una sorprendente juventud y vigor espiritual.


Mediante la palabra y la oración, pero también con las renuncias y los sufrimientos que la edad lleva consigo, los mayores han sido y siguen siendo siempre testigos elocuentes y comunicadores de la fe en las comunidades cristianas y en la familia.


Invitamos a los adultos mayores a que tomen conciencia del importante rol que les toca desempeñar en la transmisión de la fe a sus familias, en especial a los más pequeños, y  hagamos nuestras las palabras de Su Santidad Benedicto XVI quien nos exhorta a que… “cada familia y toda la comunidad cristiana vuelva a encontrar en el amor del Señor la llave que abre la puerta de los corazones y que hace posible una verdadera educación en la fe y la formación de las personas”.

(Discurso a la Asamblea eclesial de la Diócesis de Roma, junio 6, 2005).

 

 

 


 

LA CORRESPONSABILIDAD DE LOS FIELES LAICOS EN LA IGLESIA MISIÓN

«Los he destinado para que vayan y den fruto y ese fruto permanezca» (Jn 15, 16)

El Concilio Vaticano II nos dice que . La vid es Cristo, que comunica la savia y la fecundidad a los sarmientos, es decir, a nosotros, que estamos vinculados a Él por medio de la Iglesia y sin Él nada podemos hacer (Cf. LG, 6). La Iglesia es la unión de la vid y los sarmientos, Cristo y nosotros: Su cuerpo.

 

Es Cristo quien nos ha elegido y enviado: “No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes, y los he destinado a que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca” (Jn 15, 16). Somos llamados por Cristo a formar parte de la Iglesia. A cada uno el Señor nos encarga una misión: anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra (Cf. Hech 1, 8). Formar parte de la Iglesia es tener una misión.

Si tenemos una misión en la común vida de la Iglesia entonces, cada uno es co-responsable. Así, debemos entender que nuestra misión como hijos de la Iglesia implica una seria opción por ser co-responsables, es decir, llevar mutuamente las cargas, preocuparnos los unos por los otros, ayudar al que lo necesite, alentar al que está cansado, promover al olvidado, dar de comer al hambriento, alegrase con los que se alegran al hacer el bien, etc.

Todos los bautizados estamos llamados a una misión común: vivir en solidaridad vivir el amor.


FAMILIA,  GENERACIONES  EN  COMUNIÓN

No deseches la enseñanza de los ancianos,

que ellos también aprendieron de sus padres.

Por ellos tendrás la sabiduría

y aprenderás a responder en el momento justo

(Eclo 8, 11-12)

La familia es la base de la sociedad porque es el lugar por excelencia donde se trasmiten los valores religiosos, sociales y culturales de una generación a otra. La semilla que ahí se siembra será la que fructificará en futuros buenos cristianos y ciudadanos.


Convivir en familia es compartir la vida, todos los miembros de la familia, cada uno según las propias riquezas y dones, tienen la oportunidad y responsabilidad
de hacer de su familia, día a día, una verdadera comunión de personas. Esto se logra si en todo momento se tiene en cuenta el cuidado y el amor hacia los pequeños, a los enfermos y a las personas mayores que comparten el hogar. Hay que vivir siempre con espíritu de servicio recíproco, compartiendo los bienes, las alegrías y los sufrimientos.


Los abuelos como miembros propios de la familia contribuyen extraordinariamente a ésta. Nuestra realidad hoy en día nos hace ver cuan necesaria e importante es su presencia en los hogares. Ellos muchas veces asumen los papeles de los padres, quienes por cuestiones de trabajo pasan fuera de sus casas la mayor parte del día. Es lógico, entonces, que los niños y jóvenes encuentren en sus abuelos a sus confidentes, quienes pueden guiarlos y aconsejarlos en sus dudas. Es más, son quienes con amor y entrega los reciben cuando vuelven a casa, se preocupan de sus alimentos, de sus tareas. Los padres tienen la obligación de inculcar en sus hijos el respeto que se debe a los mayores y brindarles la atención y el amor que se merecen.

 

En una familia unida, los hijos adquieren una seguridad afectiva y adecuados criterios de conducta a través de la relación constante con el padre y con la madre, con los abuelos y demás miembros que con ellos constituyen la familia. Convivir en familia es compartir la vida, y lo importante desde el punto de vista cristiano es crear para los hijos una convivencia amorosa, es decir, rodeada de respeto, justicia y amor entre todos.

Para vivir mejor no necesitamos tanto de más cosas, cuanto de más razones para vivir


QUE NOS DICE LA PALABRA DE DIOS

“Marta, Marta, tu te inquietas y te preocupas por muchas cosas. Sin embargo, una sola es necesaria. María escogió la mejor parte, que no le será quitada” (Lc. 10, 41-42)

 “Nosotros pues no nos fijamos en lo que se ve; porque las cosas visibles duran un momento, pero las invisibles son para siempre” (2 Co. 4, 18)

 “Estimen como la mayor felicidad el tener que soportar diversas pruebas… feliz el hombre que soporta pacientemente la prueba, porque, una vez probado, recibirá la corona de vida que el Señor prometió a los que lo aman” (Stgo. 1, 2 y 12)


QUE NOS DICE EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

 La función de los mayores en la Iglesia y en la  sociedad no se detiene por la edad, sino que toma nuevos aspectos. (cf. ChL, 48)

 

Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio don, tienen la gracia y la responsabilidad de construir, día a día, la comunión de las personas, haciendo de familia una “escuela de humanidad más completa y más rica”; es lo que sucede con el cuidado y el amor hacia los pequeños, los enfermos y los ancianos, con el servicio recíproco de todos los días, compartiendo bienes, alegrías y sufrimientos”. (FC 21).

 

Fuente:  CEAL 50  Lo esencial es aquello que  el paso de  los años no destruye


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