Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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PADRE AMOROSO DEL POBRE
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Domingo de Pentecostés (ciclo A): 8 de junio del 2014

Hch 2,1-11  -  1Cor 12,3-7.12-13  -  Jn 20,19-23

 

PADRE AMOROSO DEL POBRE  

   Conducidos por el Espíritu Santo, Padre amoroso del pobre,

los cristianos debemos defender la dignidad humana de todos,

preferentemente, de aquellos hermanos nuestros pobres y excluidos.

Solo con el Espíritu del amor podemos construir un mundo nuevo,

más humano y fraterno; donde todos animados por el Espíritu Santo,

vivamos como hijos de Dios Padre y como hermanos en Jesucristo.

 

Les oímos hablar las grandezas de Dios en nuestras lenguas

   Antes, el misionero partía a tierras muy lejanas para evangelizar,

llevando consigo: el hábito de su congregación, sus devociones,

su cultura y la estructura mental propia de los años de su formación.

Con frecuencia, el nativo tenía que convertirse, primero al idioma,

a la cultura y a la civilización de la ‘iglesia dominante’

y, luego, con ese vestido prestado, ir al encuentro de Jesús.

Está claro que Jesús de Nazaret no ha encontrado a la persona nativa,

sino a un ser alienado, lejos de sí y con un ropaje cultural prestado.

   Tampoco podemos decir que ya tenemos una liturgia inculturada,

por el simple hecho de haber introducido música y bailes típicos.

Lo que importa es celebrar nuestra fe en categorías culturales propias,

y esto no es una concesión de Roma, sino un derecho de toda cultura.

En efecto, una fe se vuelve cultura cuando ha sido totalmente acogida,

seriamente reflexionada y plenamente vivida (Juan Pablo II, 1982).

No olvidar que los mejores agentes de la inculturación del Evangelio

son las mismas personas que pertenecen a las distintas culturas.

   Así como los discípulos de Jesús -bajo la inspiración del Espíritu-

encuentran el lenguaje adecuado para anunciar el Reino de Dios:

en Jerusalén, Judea, Samaría, y hasta los confines de la tierra…

también nosotros, conducidos por el mismo Espíritu, acerquémonos

a las diversas culturas de hoy -descalzos y en silencio, respetando

y escuchando- de manera que nuestros interlocutores puedan decir:

Oímos hablar las maravillas de Dios en nuestras propias culturas

 

Reciban el Espíritu Santo

   La tarde del domingo en que Jesús resucitó de entre los muertos,

sus discípulos siguen con miedo y están encerrados en una casa.

Sin embargo, Jesús se hace presente en medio de ellos,

les muestra sus heridas como signo de su presencia real, y dice:

La paz sea con ustedes. Al ver a Jesús, ellos se llenan de alegría.

La paz es señal de la presencia de Dios: Él es Dios de Paz (Jue 6,24).

En adelante, la paz de Jesús será el distintivo de sus seguidores:

Al entrar en una casa digan primero: Paz para esta casa (Lc 10,5).

Paz significa también vida y vida plena para todos (Jn 10,10),

porque el Reino de Dios no es cuestión de comida o de bebida,

es ante todo justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo (Rom 14,17).

   Luego Jesús sopla sobre ellos diciendo: Reciban el Espíritu Santo.

Este gesto nos recuerda lo que hizo Dios al crear al ser humano:

Sopló en su nariz aliento de vida y se convirtió en un ser viviente.

El nacimiento de la Iglesia viene a ser una nueva creación.

Por eso, sin el Espíritu Santo la Iglesia no tiene vida,

es incapaz de introducir en el mundo: esperanza, consuelo y amor.

Podrá difundir -con seguridad y firmeza- hermosos mensajes,

pero sin comunicar la vida de Dios ni afianzar la fe de los creyentes.

En este contexto, escuchemos al papa Pablo VI: El Espíritu Santo

es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada

evangelizador que se deja conducir por Él; y pone en sus labios

las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también

el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora

de la Buena Nueva y del Reino anunciado (EN, 1975, n.75).

   A continuación, Jesús les habla sobre la reconciliación fraterna:

A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados.

Cuando hay hermanos nuestros que tienen quejas contra nosotros,

¿tiene sentido ‘oír Misa entera’, sin antes reconciliarnos? (Mt 5,23s).

¿Se justifica ‘ir a Misa’ con motivo de una fiesta patronal y, después,

mientras unos pasan hambre, otros están borrachos? (1Cor 11,21).

El abismo que hay entre ricos y pobres, no se soluciona con limosnas

ni con programas paliativos; se debe ir a las causas de las injusticias.

Por eso, sigamos implorando: Ven, Padre amoroso del pobre. Riega

lo que es árido. Sana lo que está enfermo. Calienta lo que es frío.

Lava lo que está manchado. Endereza lo que está desviado.   

J. Castillo A.

 

VIVIR A DIOS DESDE DENTRO

   Hace algunos años, el gran teólogo alemán, Karl Rahner, se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestros tiempos es su ‘mediocridad espiritual’. Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es ‘seguir tirando con una resignación y un tedio cada vez mayores por los caminos habituales de una mediocridad espiritual’.

   El problema no ha hecho sino agravarse estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.

   La sociedad moderna ha apostado por ‘lo exterior’. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, sin apenas detenernos en nada ni en nadie. La paz ya no encuentra resquicios para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Para ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.

   Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oídos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente.

   En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más hondo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos el Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?

   Acoger al Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar solo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios solo con la cabeza, y aprender a percibirlo en los más íntimo de nuestro ser.

   Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirla antes. Ahora sabe por qué es posible creer incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.

 

José Antonio Pagola (2014)

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