Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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Santos Pedro y Pablo, apóstoles: 29 de junio del 2014

Hch 12,1-11  -  2Tim 4,6-8.17-18  -  Mt 16,13-19

 

NOSOTROS, ¿A QUIÉN SEGUIMOS?

   Jesús al enviar a los Doce para anunciar el Reino de Dios, les dice:

no lleven oro ni plata. Busca seguidores que sean ligeros de equipaje.

Lamentablemente, con el paso del tiempo, nos hemos contaminado

con el polvo del poder, los títulos, las riquezas, la corrupción (Mt 10).

Cuánta falta nos hace practicar las enseñanzas de Jesús, para decirle:

Señor, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido (Mc 10,28ss).

 

He luchado el buen combate

   Después de su conversión (Hch 9), Pablo se entrega totalmente

a la causa de Jesús: Anunciar la Buena Noticia no es para mí motivo

de orgullo, sino una obligación a la que no puedo renunciar. ¡Ay de

mí si no anuncio la Buena Noticia! (1Cor 9,16). Para esta misión,

el trabajo manual ocupa un lugar central en su vida: Recuerden,

hermanos, nuestros trabajos y fatigas: Mientras les anunciábamos

el Evangelio de Dios, trabajábamos de día y de noche (1Tes 2,5-9).

   Al ser agredido por la comunidad de Corintio, Pablo les dice:

En todo momento demostramos ser verdaderos servidores de Dios.

Con mucha paciencia soportamos persecuciones, necesidades, azotes,

cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer.

Nosotros obramos con integridad, inteligencia, paciencia y bondad;

con docilidad al Espíritu Santo, con amor sincero. En nosotros está

la verdad y la fuerza de Dios. Usamos las armas de la justicia para

atacar y para defendernos. A veces nos honran y nos insultan.

Recibimos críticas y alabanzas. Pasamos como mentirosos, aunque

decimos la verdad… Oh corintios, dentro de mí están todos ustedes,

aunque en sus corazones no hay lugar para nosotros (2Cor 6 y 11).

   La segunda lectura de hoy es un breve resumen de la vida de Pablo:

Llega la hora de mi sacrificio y se acerca el momento de mi muerte.

He luchado el buen combate. He terminado mi carrera. He mantenido

la fe. Solo me espera la corona de la justicia, que el Señor justo juez

me entregará aquel día, a mí y a los que desean su venida gloriosa.

 

¡Feliz tú, Simón, hijo de Jonás!

   Entre luces y sombras, Simón Pedro fue fiel en seguir a Jesús.

Cuando el Maestro llama a sus primeros discípulos, busca personas

que trabajan y que conocen bien su oficio. Pedro, por ejemplo,

no es profesional en materia religiosa, él es un experto en la pesca.

Por eso, cuando Jesús le dice sígueme, inmediatamente deja las redes

y sigue a Jesús. Más tarde, al anunciar el Reino de Dios y su justicia,

comprenderá lo que significa ser pescador de personas (Mt 4,18-22).

   Después de confesar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo,

Jesús le dice: Feliz tú, Simón, hijo de Jonás. En efecto, afirmar

que Jesús es el Hijo de Dios, no es fruto de algún esfuerzo humano;

es un don, un regalo, una gracia que Dios concede a quien quiere.

Sin embargo, cuando Jesús anuncia a continuación que va a padecer,

morir y resucitar al tercer día… Pedro rechaza esta posibilidad, pues

sigue pensando en un Mesías triunfador, y no en el Siervo sufriente.

Jesús reacciona diciéndole: ¡Ponte detrás de mí, Satanás! (Tentador).

Poco a poco, Pedro comprenderá que seguir a Jesús significa correr

la misma suerte que el Maestro: cargar la cruz y entregar la vida.

   Cuando el peligro está lejos, Pedro se atreve a decir: Señor, yo estoy

dispuesto a seguirte a la cárcel y a la muerte. Después, cuando Jesús

es arrestado, Pedro le sigue, entra a la casa del sumo sacerdote, y allí

niega conocer a Jesús. Luego, cuando Jesús le mira, Pedro sale y llora.

Así es Pedro una persona débil como nosotros. Pero Jesús confía en él

y le dice: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

Pedro llega a ser ‘piedra’ no por sus ‘méritos’ sino porque Jesús

ha rezado por él: Pedro, yo he rogado por ti para que no falle tu fe.

Y tú, una vez convertido, fortalece a tus hermanos (Lc 22,31-62).

   Después de los acontecimientos dolorosos de aquel viernes santo,

Pedro y seis compañeros se alejan de Jerusalén y vuelven a Galilea…

Allí, Jesús se aparece junto al lago, y en un ambiente de confianza

reconcilia a Simón Pedro, quien de pescador pasa a ser el servidor

de la naciente Iglesia: apacienta mis corderos… apacienta mis ovejas.

Luego Jesús le indica cómo va a morir, y añade: Sígueme (Jn 21).

   Como lo hizo Jesús, sigamos rezando por las personas que ejercen

algún cargo en nuestras comunidades, para que con el testimonio

de sus obras digan: Yo estoy en medio de ustedes como quien sirve…

                 No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna.

            Solo desea ser humilde servidora de todas las personas

J. Castillo A.

 

SOLO JESÚS EDIFICA LA IGLESIA

   El episodio tiene lugar en la región pagana de Cesarea de Filipo. Jesús se interesa por saber qué se dice entre la gente sobre su persona. Después de conocer las diversas opiniones que hay en el pueblo, se dirige directamente a sus discípulos: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?.

   Jesús no les pregunta qué es lo que piensan sobre el sermón de la montaña o sobre su actuación curadora en los pueblos de Galilea. Para seguir a Jesús, lo decisivo es la adhesión a su persona. Por eso, quiere saber qué es lo que captan en Él.

   Simón toma la palabra en nombre de todos y responde de manera solemne: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús no es un profeta más entre otros. Es el último Enviado de Dios a su pueblo elegido. Más aún, es el Hijo del Dios vivo. Entonces Jesús, después de felicitarle porque esta confesión solo puede provenir del Padre, le dice: Ahora yo te digo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

   Las palabras son muy precisas. La Iglesia no es de Pedro sino de Jesús. Quien edifica la Iglesia no es Pedro, sino Jesús. Pedro es sencillamente ‘la piedra’ sobre la cual se asienta ‘la casa’ que está construyendo Jesús. La imagen sugiere que la tarea de Pedro es dar estabilidad y consistencia a la Iglesia: cuidar que Jesús la pueda construir, sin que sus seguidores introduzcan desviaciones o reduccionismos.

   El Papa Francisco sabe muy bien que su tarea no es hacer las veces de Cristo, sino cuidar que los cristianos de hoy se encuentren con Cristo. Esta es su mayor preocupación. Ya desde el comienzo de su servicio de sucesor de Pedro decía así: La Iglesia ha de llevar a Jesús. Este es el centro de la Iglesia. Si alguna vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, sería una Iglesia muerta.

   Por eso, al hacer público su programa de una nueva etapa evangelizadora, Francisco propone dos grandes objetivos. En primer lugar, encontrarnos con Jesús, pues él puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestras comunidades... Jesucristo puede también romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo.

   En segundo lugar, considera decisivo volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio pues, siempre que lo intentamos, brotan nuevos caminos, métodos creativos, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. Sería lamentable que la invitación del Papa a impulsar la renovación de la Iglesia no llegara hasta los cristianos de nuestras comunidades.

 

José Antonio Pagola (2014)

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