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SEMBRAR LA SEMILLA DEL REINO
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XV Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A: 13 de julio del 2014

Is 55,10-11  -  Rom 8,18-23  -  Mt 13,1-23

 

SEMBRAR LA SEMILLA DEL REINO

   Para interpretar la Biblia, los especialistas nos hablan de: -método

histórico-crítico… -géneros literarios… -análisis: retórico, narrativo,

semiótico… -acercamiento: canónico, sociológico, antropológico-

cultural, psicológico, psicoanalítico, liberacionista, feminista… etc.

   Respetando ésas y otras investigaciones, oigamos al Maestro Jesús

que enseña a la gente, utilizando comparaciones y palabras claras

y sencillas: sembrador, terreno, semilla… quien tenga oídos que oiga.

 

El sembrador

   Jesús se pone a enseñar y dice: El sembrador sale a sembrar

El sembrador es el mismo Jesús quien, con palabras y obras, anuncia

la Buena Noticia del Reino de Dios y sana a los enfermos (Mt 4,23).

   Para Jesús no fue fácil sembrar la semilla del Reino de Dios. Desde

que empieza a predicar encuentra el rechazo de los escribas y fariseos.

Éstos, en varias ocasiones, pretenden apresar a Jesús y acabar con Él.

Además, envían espías que fingiendo ser justos, buscan sorprenderlo

mientras enseña, para entregarlo a las autoridades (Mt 12;  Lc 20).

   Sin embargo, Jesús no se desanima ni pierde la esperanza. Por eso,

para que esta misión de sembrar continúe, busca seguidores, los forma

y los envía para que anuncien que el Reino de Dios está cerca,

y para que sanen enfermos, resuciten muertos y limpien leprosos.

Tanto ayer como hoy, sembrar la semilla del Reino trae consigo,

por parte de lobos disfrazados de ovejas: odio, persecución, muerte…

Ante estos problemas, Jesús anima a sus seguidores diciéndoles:

No tengan miedo, no hay nada escondido que no se descubra…

No teman a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma…

No tengan miedo, ustedes valen más que las aves del cielo (Mt 10).

   Siguiendo el ejemplo de nuestros hermanos mayores en la fe,

es preferible una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir

a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro

y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades (EG, 49).

 

El terreno

   Jesús, el Profeta de la com-pasión y de la miseri-cordia, que vino

a salvar lo que está perdido, siembra la semilla del Reino de Dios,

incluso junto al camino… en terreno pedregoso… y entre espinos

Se trata de personas que oyen pero no entienden, miran pero no ven,

tienen el corazón endurecido, se han vuelto sordos (Is 6,9-10).

Una vez más, se cumple lo que dice Dios al profeta Ezequiel:

Hijo de hombre, te envío a un pueblo que se ha rebelado contra mí.

Son personas de corazón endurecido… Y ya sea que te escuchen o no,

sabrán que hay un profeta en medio de ellos (Ez 2,3-5).

   Pero también hay tierra buena. Al respecto, el Directorio General

de Catequesis (1997) dice que los cristianos debemos ver al mundo

con los mismos ojos con que Jesús veía la sociedad de su tiempo.

Luego añade: Lo primero que ve la Iglesia, con profundo dolor,

es una multitud… que sufre el peso intolerable de la miseria.

Este grave problema debe llevarnos a un compromiso por la justicia

y a un amor preferencial por los pobres, para que nuestra presencia

en el mundo sea luz que ilumine y sal que transforme (n.16-17).

Es en este terreno de pobreza y miseria, donde el anuncio del Reino

de Dios tiene mayor acogida, dando frutos de treinta, sesenta y cien.

 

La semilla

   La semilla es el Reino de Dios. Para anunciar esta Buena Noticia,

Jesús recorre pueblos y ciudades… Por esta causa entrega su vida.

Se trata del Reinado de Dios Padre que comienza a hacerse realidad

en medio de un pueblo dominado por el poderoso imperio romano,

en una sociedad donde los terratenientes oprimen a los campesinos

y las autoridades corruptas solo buscan apacentarse a sí mismas.

   Por eso, cuando sus discípulos le piden: Señor, enséñanos a orar,

Jesús dice: Cuando oren, digan: Padre, venga a nosotros tu Reino.

-Donde hay egoísmo, venga a nosotros tu Reino de gracia

-Donde hay pecado, venga a nosotros tu Reino de santidad

-Donde hay odio, venga a nosotros tu Reino de amor

-Donde hay muerte, venga a nosotros tu Reino de vida

-Donde hay mentira, venga a nosotros tu Reino de verdad

-Donde hay opresión, venga a nosotros tu Reino de libertad

-Donde hay corrupción, venga a nosotros tu Reino de justicia

-Donde hay violencia, venga a nosotros tu Reino de paz

J. Castillo A.

 

SEMBRAR

   Al terminar el relato de la parábola del sembrador, Jesús hace esta llamada: El que tenga oídos para oír, que oiga. Se nos pide que prestemos mucha atención a la parábola. Pero, ¿en qué hemos de reflexionar? ¿En el sembrador? ¿En la semilla? ¿En los diferentes terrenos?

   Tradicionalmente, los cristianos nos hemos fijado casi exclusivamente en los terrenos en que cae la semilla, para revisar cuál es nuestra actitud al escuchar el Evangelio. Sin embargo es importante prestar atención al sembrador y a su modo de sembrar.

   Es lo primero que dice el relato: Salió el sembrador a sembrar. Lo hace con una confianza sorprendente. Siembra de manera abundante. La semilla cae y cae por todas partes, incluso donde parece difícil que la semilla pueda germinar. Así lo hacían los campesinos de Galilea, que sembraban incluso al borde de los caminos y en terrenos pedregosos.

   A la gente no le es difícil identificar al sembrador. Así siembra Jesús su mensaje. Lo ven salir todas las mañanas a anunciar la Buena Noticia de Dios. Siembra su Palabra entre la gente sencilla que lo acoge, y también entre los escribas y fariseos que lo rechazan. Nunca se desalienta. Su siembra no será estéril.

   Desbordados por una fuerte crisis religiosa, podemos pensar que el Evangelio ha perdido su fuerza original y que el mensaje de Jesús ya no tiene garra para atraer la atención del hombre o la mujer de hoy. Ciertamente, no es el momento de ‘cosechar’ éxitos llamativos, sino de aprender a sembrar sin desalentarnos, con más humildad y verdad.

   No es el Evangelio el que ha perdido fuerza humanizadora, somos nosotros los que lo estamos anunciando con una fe débil y vacilante. No es Jesús el que ha perdido poder de atracción. Somos nosotros los que lo desvirtuamos con nuestras incoherencias y contradicciones.

   El Papa Francisco dice que, cuando un cristiano no vive una adhesión fuerte a Jesús, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie.

   Evangelizar no es propagar una doctrina, sino hacer presente en medio de la sociedad y en el corazón de las personas la fuerza humanizadora y salvadora de Jesús. Y esto no se puede hacer de cualquier manera. Lo más decisivo no es el número de predicadores, catequistas y enseñantes de religión, sino la calidad evangélica que podamos irradiar los cristianos. ¿Qué contagiamos? ¿Indiferencia o fe convencida? ¿Mediocridad o pasión por una vida más humana?

 

José Antonio Pagola (2014)

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