Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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XVII Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A: 27 de julio del 2014

1Re 3,5-12  -  Rom 8,28-30  -  Mt 13,44-52

 

QUIEN BUSCA ENCUENTRA

   ¿Por qué, actualmente, son cada vez más numerosas las personas

que no descubren las riquezas del Evangelio como fuente de vida?

¿No será que la religión es -para muchos niños, jóvenes y adultos-

una costumbre… una rutina… un peso… una obligación…?

Hoy, nuestra sociedad necesita y busca creyentes que hablen de Dios,

desde su experiencia gozosa y sean capaces de contagiar vida plena:

Quien pide recibe, quien busca encuentra, a quien llama se le abrirá.

 

El tesoro escondido… La perla de gran valor…

   Al comparar el Reino de Dios con un tesoro escondido o una perla,

Jesús quiere dejar bien claro que el Reino de Dios y su justicia es

el gran proyecto que Dios nos ofrece para construir un mundo nuevo.

No amontonen tesoros en la tierra, donde la polilla y los gusanos

los echan a perder, y donde los ladrones perforan las paredes

y los roban. Acumulen, más bien, tesoros en el cielo

Pues donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mt 6,19ss).

   Frente a la idolatría del dinero y al consumismo que esclaviza,

los creyentes debemos despojarnos de tantas cosas superfluas,

para vivir y celebrar nuestra fe en Dios, amigo de la vida, con alegría.

Como Jesús seamos ligeros de equipaje, pues, los medios sencillos

son más eficaces ante los graves problemas que hay en la sociedad:

Den gratuitamente, lo que han recibido gratuitamente.

No lleven oro, ni plata, ni provisiones para el camino… (Mt 10,5ss).

   A Salomón, joven rey, no le interesa las riquezas materiales,

es por eso que pide sabiduría para gobernar a su pueblo con justicia.

Muy diferente la actitud del joven rico a quien Jesús le dice:

Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselo a los pobres,

así tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme.

Al oírlo, el joven se fue triste, porque era muy rico. A sus discípulos,

en cambio, que han dejado todo para seguirle, Jesús les asegura

que recibirán cien veces más y heredarán la vida eterna (Mt 19,16ss).

 

La red que se echa al mar

    Cuando Jesús llama a sus primeros discípulos les dice: Vengan

conmigo y yo haré de ustedes pescadores de personas (Mt 4,18ss);

ellos saben por experiencia que en el mar hay peces buenos y malos.

Jesús, como ya lo dijo a propósito del trigo y la cizaña, la separación

de los peces buenos y malos se llevará a cabo al final de los tiempos.

Entre tanto, nuestra vida debe ser una permanente conversión, pues:

Ancho es el camino que lleva a la perdición y muchos van por allí.

Estrecho es el camino que lleva a la vida y pocos lo encuentran…

No el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de Dios,

sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo (Mt 7,13-23).

Lo peor entre lo bueno y lo malo, es la tibieza, la mediocridad: Ojalá

fueras frío o caliente… pero como eres tibio te vomito de mi boca.

Sin embargo, grande es la paciencia de Dios que  llama a la puerta,

espera que le abran, para entrar y comer con ellos (Apc 3,15-22)

   No tengamos miedo al odio, a las persecuciones, a las calumnias…

Al respecto, escuchemos el testimonio de San Juan Crisóstomo:

Muchas son las olas que nos ponen en peligro y una gran tempestad

nos amenaza. Sin embargo, no tememos ser sumergidos

porque permanecemos de pie sobre la roca.

Aún cuando el mar se desate, no romperá esta roca;

aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús.

 

El discípulo del Reino de los cielos

   Jesús elogia al letrado o maestro de la ley que se ha hecho discípulo

del Reino, pues es capaz de sacar de su tesoro cosas nuevas y viejas.

En efecto, si algún judío daba el paso para seguir a Jesús, lo hacía

asumiendo sus valores culturales y poniéndolos al servicio del Reino.

También hoy, debemos acoger y conservar los valores culturales

de nuestros pueblos, pues en ellos hay huellas y semillas del Reino.

   El encuentro con la persona de Jesús y el Evangelio que anunció,

es el verdadero tesoro que da sentido pleno a nuestras vidas.

Sobre esto, nuestros Obispos reunidos en Aparecida (2007) dicen:

Conocer a Jesús por la fe es el mejor regalo que hemos recibido.

Haberlo encontrado es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida.

Seguirlo es una gracia. Transmitir este tesoro y darlo a conocer

con nuestra palabra y obras es nuestro gozo (DA, n.18 y 32).  

J. Castillo A.

 

LA DECISIÓN MÁS IMPORTANTE

   El Evangelio recoge dos breves parábolas de Jesús con un mismo mensaje. En ambos relatos, el protagonista descubre un tesoro enormemente valioso o una perla de valor incalculable. Y los dos reaccionan del mismo modo: venden con alegría y decisión lo que tienen, y se hacen con el tesoro o la perla. Según Jesús, así reaccionan los que descubren el Reino de Dios.

   Al parecer, Jesús teme que la gente le siga por intereses diversos, sin descubrir lo más atractivo e importante: ese proyecto apasionante del Padre, que consiste en conducir a la humanidad hacia un mundo más justo, fraterno y dichoso, encaminándolo así hacia su salvación definitiva en Dios.

   ¿Qué podemos decir hoy después de veinte siglos de cristianismo? ¿Por qué tantos cristianos buenos viven encerrados en su práctica religiosa con la sensación de no haber descubierto en ella ningún ‘tesoro’? ¿Dónde está la raíz última de esa falta de entusiasmo y alegría en no pocos ámbitos de nuestra Iglesia, incapaz de atraer hacia el núcleo del Evangelio a tantos hombres y mujeres que se van alejando de ella, sin renunciar por eso a Dios ni a Jesús?

   Después del Concilio, Pablo VI hizo esta afirmación rotunda: Solo el Reino de Dios es absoluto. Todo lo demás es relativo. Años más tarde, Juan Pablo II lo reafirmó diciendo: La Iglesia no es ella su propio fin, pues está orientada al Reino de Dios del cual es germen, signo e instrumento. El Papa Francisco nos viene repitiendo: El proyecto de Jesús es instaurar el Reino de Dios.

   Si ésta es la fe de la Iglesia, ¿por qué hay cristianos que ni siquiera han oído hablar de ese proyecto que Jesús llamaba ‘Reino de Dios’? ¿Por qué no saben que la pasión que animó toda la vida de Jesús, la razón de ser y el objetivo de toda su actuación, fue anunciar y promover ese proyecto humanizador del Padre: buscar el Reino de Dios y su justicia?

   La Iglesia no puede renovarse desde su raíz si no descubre el ‘tesoro’ del Reino de Dios. No es lo mismo llamar a los cristianos a colaborar con Dios en su gran proyecto de hacer un mundo más humano, que vivir distraídos en prácticas y costumbres que nos hacen olvidar el verdadero núcleo del Evangelio.

   El Papa Francisco nos está diciendo que el Reino de Dios nos reclama. Este grito nos llega desde el corazón mismo del Evangelio. Lo hemos de escuchar. Seguramente, la decisión más importante que hemos de tomar hoy en la Iglesia y en nuestras comunidades cristianas es la de recuperar el proyecto del Reino de Dios con alegría y entusiasmo.

José Antonio Pagola (2014)

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