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¡ÁNIMO, SOY YO, NO TEMAN!
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XIX Domingo, Tiempo Ordinario (ciclo A): 10 agosto 2014

1Re 19,9-13  -  Rom 9,1-5  -  Mt 14,22-33

 

¡ÁNIMO, SOY YO, NO TEMAN!

   Jesús pasó aquel día sanando a los enfermos y compartiendo el pan.

Después, obliga a sus discípulos embarcarse y pasar a la otra orilla,

mientras Él despide a la gente y, luego, sube a la montaña a orar.

Jesús ruega a Dios por sus seguidores de todos los tiempos, para que:

-sepan compartir los bienes de la creación… -pasen a la otra orilla

llevando el mensaje del Reino de vida a los excluidos y marginados…

-no tengan miedo ante las dificultades, conflictos, persecuciones…

 

Pasar a la otra orilla

   Pasar a la otra orilla no es fácil, sobre todo, cuando es de noche,

con las olas del mar que sacuden la barca y con el viento en contra.

El contraste es grande: Jesús junto a su Padre orando en la montaña,

y sus discípulos temerosos en medio de un mar embravecido.

   Pasar a la otra orilla es todo un aprendizaje de fe y solidaridad,

pues, tratándose de tantos Lázaros excluidos de la mesa de los ricos,

no basta hablar de los pobres sino hacer obras, como hace Jesús

que manda a la multitud sentarse en la hierba para compartir el pan.

   Pasar a la otra orilla significa que los gozos y las esperanzas,

las tristezas y angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo,

sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son también gozos

y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo (GS,1).

   Pasar a la otra orilla es estar presente y actuar solidariamente allí

donde los trabajadores son explotados con bajos salarios, y donde

hermanos nuestros sufren pobreza, miseria y hambre: La Iglesia

está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera

como su misión, servicio, y verificación de su fidelidad a Cristo,

para poder ser verdaderamente la Iglesia de los pobres (LE, n.8).

   Pasar a la otra orilla para que el Evangelio, anunciado por Jesús,

se encarne en las diversas culturas de nuestra sociedad.

Para ello, debemos adentrarnos en dichas culturas: descalzos…

en silencio… escuchando… respetando… valorando

 

¡No tengan miedo!

   A la madrugada, Jesús va al encuentro de sus discípulos.

La barca/comunidad es agitada por la tormenta pero no se hunde.

Jesús se acerca caminando sobre las aguas, pero no le reconocen

y, pensando que es un fantasma, se asustan y gritan de miedo.

Jesús los tranquiliza diciéndoles: ¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!

   Sobre el miedo, San Juan Crisóstomo (350-407) en su homilía

antes de partir al exilio, dice: Díganme, ¿qué podemos temer?

-¿La muerte?, para mí la vida es Cristo y una ganancia la muerte.

-¿El destierro?, del Señor es la tierra y cuanto lo llena.

-¿La confiscación de los bienes?, sin nada venimos al mundo

y sin nada nos iremos. Yo me río de todo lo que es temible en este

mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas.

No tengo deseos de vivir, si no es para el bien espiritual de ustedes.

   Hoy, es preocupante que muchos creyentes llevan todavía el peso

de una evangelización deficiente: el miedo a un Dios castigador.

Ellos, motivados por la oferta y la demanda, es decir, dar para recibir,

hacen promesas o realizan ceremonias costosas para evitar castigos.

¡Muy diferente el Dios, Padre misericordioso, anunciado por Jesús!

 

Jesús extiende la mano a Pedro

   Pedro le pide a Jesús ir hacia Él caminando sobre el agua.

Camina un trecho, pero al sentir la fuerza del viento, tiene miedo,

y, como empieza a hundirse, grita: ¡Señor, sálvame!

Esta petición de ayuda parece estar inspirada en el Salmo 69:

Sálvame, Dios mío, porque estoy a punto de ahogarme.

Me hundo en un pantano profundo y no tengo donde apoyar los pies.

Jesús le tiende la mano y le dice: Hombre de poca fe, ¿por qué dudas?

   Si optamos por la mediocridad, sin hacer nada por cambiar las cosas

y si nos fijamos solo en la fuerza del mal, podemos hundirnos.

En cambio, si sabemos levantar hacia Dios nuestras manos vacías,

y si sabemos gritar a tiempo como Pedro: ¡Señor, sálvanos!,

viviremos una experiencia de fe; pues Jesús que es Dios-con-nosotros,

está a nuestro lado con la mano extendida pronto para salvarnos.

   Luego, Jesús sube a la barca, el viento se calma, y sus discípulos

se postran ante Él y le dicen: Verdaderamente eres el Hijo de Dios.

Se trata de Jesús de Nazaret, despreciado y perseguido por unos,

pero reconocido como el Hijo de Dios por otros (cf. Mt 27,54).

J. Castillo A.

 

EN MEDIO DE LA CRISIS

   No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, la figura de la Iglesia actual, amenazada desde fuera por toda clase de fuerzas adversas, y tentada desde dentro por el miedo y la poca fe. ¿Cómo leer este relato evangélico desde la crisis en la que la Iglesia parece hoy naufragar?

   Según el evangelista, Jesús se acerca a la barca caminando sobre el agua. Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un fantasma. El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real es aquella fuerte tempestad.

   Este es nuestro primer problema. Estamos viviendo la crisis de la Iglesia contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. No somos capaces de ver que Jesús se nos está acercando precisamente desde esta fuerte crisis. Nos sentimos más solos e indefensos que nunca.

   Jesús les dice tres palabras: Ánimo. Soy yo. No temáis. Solo Jesús les puede hablar así. Pero sus oídos solo oyen el estruendo de las olas y la fuerza del viento. Este es también nuestro error. Si no escuchamos la invitación de Jesús a poner en Él nuestra confianza incondicional, ¿a quién acudiremos?

   Pedro siente un impulso interior y sostenido por la llamada de Jesús, salta de la barca y se dirige hacia Jesús andando sobre las aguas’. Así hemos de aprender hoy a caminar hacia Jesús en medio de la crisis: apoyándonos, no en el poder, el prestigio y las seguridades del pasado, sino en el deseo de encontrarnos con Jesús en medio de la oscuridad y las incertidumbres de estos tiempos.

   No es fácil. También nosotros podemos vacilar y hundirnos como Pedro. Pero lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva mientras nos dice: Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?.

   ¿Por qué dudamos tanto? ¿Por qué no estamos aprendiendo apenas nada nuevo de la crisis? ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para “sobrevivir” dentro de nuestras comunidades, sin aprender a caminar con fe renovada hacia Jesús en el interior mismo de la sociedad secularizada de nuestros días?

   Esta crisis no es el final de la fe cristiana. Es la purificación que necesitamos para liberarnos de intereses mundanos, triunfalismos engañosos y deformaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos. Él está actuando en esta crisis. Él nos está conduciendo hacia una Iglesia más evangélica. Reavivemos nuestra confianza en Jesús. No tengamos miedo.

 

José Antonio Pagola (2014)

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