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EL GRITO DE UNA MADRE
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XX Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A: 17 agosto 2014

Is 56,1.6-7  -  Rom 11,13-15.29-32  -  Mt 15,21-28

 

EL GRITO DE UNA MADRE

   Despreciada por ser mujer, pagana y extranjera; aquella madre

no puede olvidar ni dejar de amar a la hija de sus entrañas (Is 49).

Por eso, con una fe sencilla pero firme, se acerca a Jesús gritando:

Señor, ten compasión de mí, mi hija es atormentada por un demonio.

Al final, Jesús que es el rostro de Dios compasivo y misericordioso,

le dice: Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas

 

Despídela, que viene detrás gritando

   Jesús y sus discípulos están en el país fronterizo de Tiro y Sidón.

Es allí, donde una madre pagana va al encuentro de Jesús.

A partir del diálogo que sigue, aparentemente muy duro, Jesús educa

a sus discípulos, para que se liberen de aquellas murallas históricas

que separan a hijos de Abraham y paganos, a israelitas y extranjeros.

   A pesar de estos y otros problemas, ella como madre angustiada,

pide a Jesús que tenga compasión de ella pues su hija está enferma.

Jesús guarda silencio… esperando la reacción de sus discípulos.

Éstos, como anteriormente (Mt 14,15), optan por el camino más fácil

y dicen a Jesús: Despídela, que viene detrás gritando. Como siempre,

lo más fácil es despedir, Jesús en cambio pide acoger y compartir.

   Después, para superar el muro entre hijos de Abraham y paganos,

Jesús le dice: He sido enviado solo a las ovejas perdidas de Israel.

Algo semejante lo dice al enviar a los primeros misioneros: No vayan

a países de paganos, ni entren en pueblos de samaritanos (Mt 10).

Sin embargo, más adelante evangelizarán todos los pueblos (Mt 28).

   Luego, para acabar con el maltrato de llamar ‘perros’ a los paganos,

Jesús dice a la mujer: No es bueno dar a los perros el pan de los hijos.

Ante esta dura comparación: hijos-israelitasperros-paganos

aquella madre no busca quitar el pan a los hijos, solo pide compartir:

También los perros comen las migajas que caen de la mesa del amo.

Por ahora, ella que representa a los paganos se contenta con migajas,

pero llegará el día en que habrá pan en abundancia (Mt 15,32ss).

 

Mujer, ¡qué grande es tu fe!

   Jesús, a través de aquel diálogo, en presencia de sus discípulos,  

hizo aflorar lo más valioso que hay en el corazón de aquella madre.

Es un diálogo ejemplar para que sus seguidores hagamos lo mismo.

Luego, reconociendo con alegría la fe de esta madre, Jesús le dice:

Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas.

Ella que rogó sin cesar ve cumplido su deseo, su hija queda sana.

Algo semejante sucede con el centurión romano, de él dice Jesús:

No he encontrado una fe tan grande en el pueblo de Israel (Mt 8,10).

Pero, tratándose de sus discípulos, Jesús les reprocha su falta de fe:

-¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe? (Mt 8,26).

-¡Hombre de poca fe! -le dice a Pedro- ¿por qué dudas? (Mt 14,31).

   Hoy, hace falta: -Dejarnos evangelizar por las personas sencillas,

que animadas por una fe firme en Dios, viven de una manera honrada.

-Apoyar la esperanza de hombres y mujeres que, sin desanimarse,

se enfrentan a los problemas y sufrimientos de cada día.

-Animar a los que realizan un servicio sencillo y callado al necesitado,

motivados por un verdadero amor a Dios y al prójimo.

   Escuchando el grito de aquella madre extranjera, preocupada por

la enfermedad de su hija y que pide compartir el pan; preguntemos:

¿Somos capaces de oír los lamentos de niños, jóvenes y adultos,

que en la Sierra son despojados de sus tierras para enriquecer a otros;

y en la Selva beben aguas contaminadas por derrames petroleros?

   Y ampliando nuestra mirada, ¿quiénes son los verdaderos culpables

del conflicto armado interno que sufren los habitantes de Siria?

¿Qué intereses hay en la reciente intervención militar de Israel en Gaza, 

que ha causado: cerca de 2,000 palestinos muertos, entre ellos 460 niños;

unos 10 mil heridos, 500 mil desplazados, 100 mil hogares destruidos?

   Frente a estos y otros problemas, escuchemos a Dios que nos dice:

Cuando un extranjero se establezca en el país de ustedes,

no lo opriman será como uno nacido allí, lo amarás como a ti mismo

porque también ustedes fueron extranjeros en Egipto (Lev 19,33-34). 

   Tampoco debemos olvidar las palabras que Jesús nos dirá aquel día:

Vengan, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me alimentaron,

era extranjero y me acogieron, estaba enfermo y me sanaron…

Apártense de mí, malditos, porque tuve hambre, era extranjero,

estaba enfermo y no me socorrieron (Mt 25,31-46).       

J. Castillo A

 

 

JESÚS ES DE TODOS

   Una mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús aunque no pertenece al pueblo judío. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija atormentada por un demonio. Sale al encuentro de Jesús dando gritos: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David.

   La primera reacción de Jesús es inesperada. Ni siquiera se detiene para escucharla. Todavía no ha llegado la hora de llevar la Buena Noticia de Dios a los paganos. Como la mujer insiste, Jesús justifica su actuación: Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel.

   La mujer no se echa atrás. Superará todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz se postra ante Jesús, detiene su marcha y de rodillas, con un corazón humilde pero firme, le dirige un solo grito: Señor, socórreme.

   La respuesta de Jesús es insólita. Aunque en esa época los judíos llamaban con toda naturalidad “perros” a los paganos, sus palabras resultan ofensivas a nuestros oídos: No está bien echar a los perros el pan de los hijos. Retomando su imagen de manera inteligente, la mujer se atreve desde el suelo a corregir a Jesús: Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los señores.

   Su fe es admirable. Seguro que en la mesa del Padre se pueden alimentar todos: los hijos de Israel y también los perros paganos. Jesús parece pensar solo en las “ovejas perdidas” de Israel, pero también ella es una “oveja perdida”. El Enviado de Dios no puede ser solo de los judíos. Ha de ser de todos y para todos.

   Jesús se rinde ante la fe de la mujer. Su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: Mujer, ¡qué grande es tu fe! que se cumpla como deseas. Esta mujer le está descubriendo que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre Bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos.

   Jesús reconoce a la mujer como creyente aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una “fe grande”, no la fe pequeña de sus discípulos a los que recrimina más de una vez como hombres de poca fe. Cualquier ser humano puede acudir a Jesús con confianza. Él sabe reconocer su fe aunque viva fuera de la Iglesia. Siempre encontrarán en Él un Amigo y un Maestro de vida.

   Los cristianos nos hemos de alegrar de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades cristianas.

José Antonio Pagola (2014)

 

 

 

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