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SER DISCÍPULO DE JESÚS
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XXII Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A: 31 agosto 2014

Jer 20,7-9  -  Rom 12,1-2  -  Mt 16,21-27

 

SER DISCÍPULO DE JESÚS

   En una ocasión, Jesús alaba a Dios porque la gente sencilla,

-los excluidos y agobiados- reciben el anuncio del Reino de Dios;

anuncio que es rechazado por los sabios y entendidos, es decir,

por las autoridades políticas, económicas y religiosas (Mt 11,25).

De estas autoridades, Jesús se lamenta y dice: ¡Jerusalén, Jerusalén,

que matas y apedreas a los profetas que Dios te envía! (Mt 23,37).

 

Jesús toma la decisión de ir a Jerusalén

   Después de la confesión de Simón Pedro, en Cesarea de Filipo,

Jesús explica a sus discípulos que debe ir a Jerusalén y padecer allí

por parte de los ancianos, jefes de los sacerdotes y maestros de la ley.

Les dice también que lo van a matar pero que resucitará al tercer día.

Así actúan los poderosos cuando se anuncia: vida donde hay muerte…

verdad donde hay corrupción… justicia donde hay opresión…

*Los ancianos son laicos económicamente muy ricos. Qué pensarán

cuando Jesús dice: Es más fácil a un camello pasar por el ojo

de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios (Mt 19,23s).

O cuando llama ‘necios’ a los ambiciosos que buscan ganar dinero,

pues al morir de improviso ¿para quién será sus riquezas? (Lc 12,20).

*Los jefes de los sacerdotes han hecho del templo una fuente de riqueza,

y llevan una vida lujosa a costa de tanta gente pobre y creyente.

Por eso, cuando Jesús entra en el templo y ve el negocio que se hace,

exclama: Está escrito que mi casa será casa de oración, mientras

que ustedes la han convertido en cueva de ladrones (Mt 21,12s).

*Los maestros de la ley son los estudiosos e intérpretes de la ley.

Jesús los denuncia diciendo: Hagan y cumplan lo que ellos dicen,

pero no los imiten, porque dicen y no hacen. Ponen pesadas cargas

sobre las espaldas de la gente. Buscan los primeros puestos (Mt 23).

   Todos ellos, con Herodes y Pilato, conspiran para crucificar a Jesús,

actúan de esa manera pensando que así dan culto a Dios (Jn 16,2).

En este contexto, ¿cómo reaccionan los discípulos de Jesús?

 

Tú piensas como los hombres, no como Dios

   Simón Pedro se resiste aceptar que Jesús sufra y muera en una cruz.

Como todo ser humano, Pedro vive un gran dilema:

confiesa, por un lado, que Jesús es el Mesías… el Hijo de Dios vivo;

y, al mismo tiempo, tiene miedo de aceptar las consecuencias,

pues se trata de un Mesías que vino a servir y no a ser servido.

   Por eso, lleva aparte a Jesús y se atreve a reprenderle diciendo:

¡Dios no lo permita, Señor, eso no te puede suceder!

La respuesta de Jesús es muy dura: ¡Ponte detrás de mí, Satanás,

tú piensas como los hombres, no piensas como Dios!

Jesús rechaza la actitud de Pedro que pretende ser piedra de tropiezo,

y, al mismo tiempo, le pide tomar su puesto de discípulo: Sígueme.

   Anunciar la Buena Noticia a los pobres y liberar a los oprimidos…

es una misión que puede ocasionarnos: odio, persecución y muerte.

Por eso, Jesús aprovecha todo momento para explicar a sus discípulos

que la resurrección pasa necesariamente por el camino de la cruz:

Si el grano de trigo que cae en la tierra muere, da mucho fruto.

 

El que quiera seguirme que cargue con su cruz

   Luego, Jesús les habla sobre las condiciones para ser su discípulo:

El que quiera venir detrás de mí: que se niegue a sí mismo…

que cargue con su cruz… que me siga…

   Ser discípulo de Jesús no se improvisa, es un camino de aprendizaje

que nos lleva a vivir y practicar lo que decimos, lo que predicamos.

Acoger y comer con pecadores, como lo hace Jesús, es peligroso;

sin embargo, esos gestos valen más que muchos mensajes y promesas.

He ahí, un camino concreto para llevar nuestra cruz y seguir a Jesús.

   La vida es un don, y debemos estar dispuestos a darla, a ofrecerla.

Al respecto Jesús nos dice: Si uno quiere salvar su vida, la perderá;

en cambio, el que pierda su vida por mí, la conservará.

   Se ‘habla’ de los derechos de la madre tierra, nuestra casa común,

pero se ‘hace’ muy poco para no contaminar: lagunas, ríos, mares…

concretamente, con los millones de toneladas de desechos plásticos.

Para frenar estos y otros graves problemas, que ponen en peligro

nuestra vida y la vida de las próximas generaciones, hace falta:

renunciar al consumismo esclavizador y llevar una vida sencilla,

porque, ¿de qué le vale al hombre ganar el mundo, si pierde su vida?  

J. Castillo A.

 

APRENDER A PERDER

   El dicho está recogido en todos los evangelios y se repite hasta seis veces: Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierde por mí, la encontrará. Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida.

   El dicho está expresado de manera paradójica y provocativa. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación, la otra a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.

   El primer camino consiste en aferrarse a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo: hacer del propio “yo” la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición.

   El segundo camino consiste en saber perder, viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien sino también el bien de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.

   Jesús está hablando desde su fe en un Dios Salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una Humanidad dividida y fragmentada, donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países, su propio bienestar; los individuos, su propio interés?

   La lógica que dirige en estos momentos la marcha del mundo es irracional. Los pueblos y los individuos estamos cayendo poco a poco en la esclavitud del “tener siempre más”. Todo es poco para sentirnos satisfechos. Para vivir bien, necesitamos siempre más productividad, más consumo, más bienestar material, más poder sobre los demás.

   Buscamos insaciablemente bienestar, pero ¿no nos estamos deshumanizando siempre un poco más? Queremos “progresar” cada vez más, pero, ¿qué progreso es este que nos lleva a abandonar a millones de seres humano en la miseria, el hambre y la desnutrición? ¿Cuántos años podremos disfrutar de nuestro bienestar, cerrando nuestras fronteras a los hambrientos?

   Si los países privilegiados solo buscamos “salvar” nuestro nivel de bienestar, si no queremos perder nuestro potencial económico, jamás daremos pasos hacia una solidaridad a nivel mundial. Pero no nos engañemos. El mundo será cada vez más inseguro y más inhabitable para todos, también para nosotros. Para salvar la vida humana en el mundo, hemos de aprender a perder.

 

José Antonio Pagola (2014)  

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