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PERDONAR DE CORAZÓN
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XXIV Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A: 14 septiembre 2014

Eclo 27,30–28,9  -  Rom 14,7-9  -  Mt 18,21-35

 

PERDONAR DE CORAZÓN

   Ante la violencia que genera más violencia, los seguidores de Jesús

debemos perdonar de corazón, no solo algunas veces sino siempre.

El testimonio de un sincero perdón fraterno, debe orientarse

al cambio social: en lo político, económico, religioso, cultural…

pues, todos nosotros esperamos el cielo nuevo y la tierra nueva

que Dios ha prometido, donde reinará la justicia (2Pe 3,13).

 

El rey se compadece y le perdona toda la deuda

   Los discípulos oyen a Jesús hablar sobre: amar a sus enemigos…

rezar por sus perseguidores… perdonar a quienes les ofenden

Sin embargo, entre ellos hay problemas, tensiones, rivalidades.

Así por ejemplo, Santiago y Juan -hijos del trueno-

no solo pretenden destruir un pueblo en Samaria (Lc 9,54),

buscan también ocupar los primeros puestos (Mt 20,20ss).

   En este contexto, Pedro se acerca a Jesús y le pregunta:

Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarle?

¿Siete veces? Entre los judíos, siete es el número de la plenitud.

Para Jesús el perdón no tiene un límite numérico,

se debe perdonar siempre, eso significa setenta veces siete.

Así como en el A.T. no había límites para la venganza (Gen 4,23s),

así entre los discípulos de Jesús no debe haber límites para el perdón.

   A continuación, Jesús presenta el rostro misericordioso de Dios,

con una parábola. Un rey, al pedir cuentas a sus servidores,

se acerca uno que le debe una inmensa deuda, imposible de pagar.

Amenazado de ser vendido él y su familia, para pagar dicha deuda, 

el servidor se arroja a sus pies y le suplica que tenga paciencia.

El rey, al ver sus gestos y oír sus lamentos, tiene compasión de él,

o mejor, se le remueven las entrañas y le perdona toda la deuda.

Así reaccionan: el buen samaritano al ver al herido (Lc 10,33),

y el padre misericordioso cuando vuelve su hijo menor (Lc 15,20).

Y nosotros, ¿cómo reaccionamos cuando nos ofenden?

 

¿No debías tú también tener compasión?

   Lamentablemente, al salir, aquel servidor encuentra a un compañero

que apenas le debe un poco de dinero. ¿Qué es lo que hace?

Lo agarra del cuello, lo estrangula y le dice: Págame lo que me debes.

Y sin oír las súplicas de su compañero que le pide tener paciencia,

lo mete a la cárcel hasta que le pagara aquella deuda insignificante.

*Así actúan numerosas entidades como es el ‘Estado Islámico’

que va multiplicando terror y muerte en el norte de Iraq y Siria…

*Lo mismo sucede, entre nosotros, con los responsables de tantas

injusticias, causa principal: de la muerte de niños golpeados

por la pobreza desde antes de nacer; o de jóvenes desorientados

y frustrados por no encontrar su lugar en la sociedad… (DP, n.32ss).

*A nivel familiar, la traición de la persona más querida que abandona

el hogar y olvida a los hijos para seguir nuevas aventuras amorosas…

   Qué diferente el ejemplo de aquel joven pobre y enfermo, que nace

sin brazos y con unos pies muy pequeños. Un día, después de recibir

un castigo injustificable de parte de su madre, busca un papel y lápiz

para escribir con los dedos de sus pies: Mamá te amo mucho.

Su madre, al volver enfadada, coge el papel y al leer lo que su hijo

ha escrito, se conmueve y lo abraza con más amor que nunca.

   Los cristianos y personas de buena voluntad estamos llamados,

como dice San Francisco de Asís a poner perdón donde hay ofensa

Solo así haremos realidad una sociedad más humana y fraterna,

sin opresores ni oprimidos… y sin la nefasta carrera armamentista,

a la que se destina gran parte de nuestros recursos económicos…

Quiera Dios que de las espadas se hagan arados; de las lanzas, hoces;

y que nuestros jóvenes no sean adiestrados para la guerra (Is 2,4).

   Quien perdona de corazón puede transformar la vida del enemigo,

pues yendo a lo esencial confía en lo bueno que hay en el ser humano.

Solo así: serán hijos del Padre del cielo, que hace salir el sol sobre

buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores (Mt 5,45).

   Quien perdona puede orar: Padre nuestro, perdona nuestras ofensas

como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

A continuación Jesús dice: Si perdonan a los demás las ofensas,

también el Padre del cielo les perdonará a ustedes (Mt 6,9-15).

   Por eso, debemos seguir no a los crucificadores sino al Crucificado

que dice: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.  

J. Castillo A.

 

MIRAR CON FE AL CRUCIFICADO

Exaltación de la Cruz

   La fiesta que hoy celebramos los cristianos es incomprensible y hasta disparatada para quien desconoce el significado de la fe cristiana en el Crucificado. ¿Qué sentido puede tener celebrar una fiesta que se llama “Exaltación de la Cruz” en una sociedad que busca apasionadamente el “confort” la comodidad y el máximo bienestar?

   Más de uno se preguntará cómo es posible seguir todavía hoy exaltando la Cruz. ¿No ha quedado ya superada para siempre esa manera morbosa de vivir exaltando el dolor y buscando el sufrimiento? ¿Hemos de seguir alimentando un cristianismo centrado en la agonía del Calvario y las llagas del Crucificado?

   Son sin duda preguntas muy razonables que necesitan una respuesta clarificadora. Cuando los cristianos miramos al Crucificado no ensalzamos el dolor, la tortura y la muerte, sino el amor, la cercanía y la solidaridad de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el extremo.

   No es el sufrimiento el que salva sino el amor de Dios que se solidariza con la historia dolorosa del ser humano. No es la sangre la que, en realidad, limpia nuestro pecado sino el amor insondable de Dios que nos acoge como hijos. La crucifixión es el acontecimiento en el que mejor se nos revela su amor.

   Descubrir la grandeza de la Cruz no es atribuir no sé qué misterioso poder o virtud al dolor, sino confesar la fuerza salvadora del amor de Dios cuando, encarnado en Jesús, sale a reconciliar el mundo consigo.

   En esos brazos extendidos que ya no pueden abrazar a los niños y en esas manos que ya no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, los cristianos “contemplamos” a Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas, rotas por tantos sufrimientos.

   En ese rostro apagado por la muerte, en esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a las prostitutas, en esa boca que ya no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, en esos labios que no pueden pronunciar su perdón a los pecadores, Dios nos está revelando como en ningún otro gesto su amor insondable a la Humanidad.

   Por eso, ser fiel al Crucificado no es buscar cruces y sufrimientos, sino vivir como Él en una actitud de entrega y solidaridad aceptando si es necesario la crucifixión y los males que nos pueden llegar como consecuencia. Esta fidelidad al Crucificado no es dolorista sino esperanzada. A una vida “crucificada”, vivida con el mismo espíritu de amor con que vivió Jesús, solo le espera resurrección.

 

José Antonio Pagola (2014)

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