Miércoles, 21 de Febrero del 2024
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TÚ ERES MI HIJO AMADO
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Bautismo del Señor (ciclo B): 11 de enero del 2015

Is 55,1-11  -  1Jn 5,1-9  -  Mc 1,7-11

 

TÚ ERES MI HIJO AMADO

   A los familiares y amigos de Cornelio, reunidos en su casa, Pedro

les dice: Dios ungió a Jesús de Nazaret con Espíritu Santo y poder.

Él pasó haciendo el bien y sanando a los enfermos, porque Dios

estaba con Él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea

y Jerusalén… Luego, ordena que todos sean bautizados (Hch 10).

   Hoy en día, para que el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía

sean de veras fundamentos de toda vida cristiana (CCE, 1212);

debemos, como Jesús, vivir y actuar movidos por el Espíritu Santo.

 

Jesús de Nazaret va en busca de Juan el Bautista

   El niño Jesús, que nació pobre en un establo, crece en edad,

en sabiduría y en gracia, delante de Dios y de los hombres. Como

verdadero hombre, Jesús recorre las etapas de todo ser humano.

   Cuando cumple doce años, va a Jerusalén para la fiesta de Pascua.

Allí, en el templo, en medio de los doctores, Jesús anuncia la misión

que tiene por delante: Debo de ocuparme en las cosas de mi Padre.

Luego vuelve a Nazaret con José y María… Será llamado Nazareno.

   Como María su madre, Jesús también observa, escucha, medita

-Su pueblo, externamente, está bajo el dominio del imperio romano;

e, internamente, explotado por los terratenientes y comerciantes.

-Observa que los campesinos pobres de Galilea viven agobiados

por los impuestos; mientras las autoridades políticas y religiosas

residen en lujosos edificios, en la parte alta de Jerusalén.

-Ve la desesperación de muchos campesinos que al no poder pagar

sus deudas, se ven obligados a entregar sus tierras y, en adelante,

aumentar el número de mendigos que andan mal vestidos y descalzos.

-Se conmueve al ver a muchas mujeres viudas, esposas abandonadas

por sus maridos, prostitutas que ejercen este oficio para sobrevivir.

   Ante éstos y otros sufrimientos, Jesús no permanece indiferente.

Un día, cuando tenía unos treinta años de edad, abandona su familia,

deja su trabajo, se aleja de Nazaret y va al desierto en busca de Juan…

 

El profeta Juan predica y bautiza

    Juan el Bautista pertenece a una familia sacerdotal campesina.

Sin embargo, guiado por la Palabra de Dios, deja el templo

y va al desierto, cerca del río Jordán, donde vive con austeridad.

Desde allí, Juan viene a ser la voz que grita en el desierto,

y el profeta que prepara el camino al Señor.

   A quienes acuden a él para recibir su bautismo de agua, les pide:

-confesar sus pecados y también los pecados del pueblo,

-invocar a Dios pues solo Él concede el perdón de los pecados,

-mostrar los frutos de una sincera conversión y cambio de vida,

-dar de comer al que tiene hambre, vestir al que está desnudo,

-no cobrar más de lo debido, ni maltratar, ni hacer denuncias falsas.

   Sin dar mayores detalles anuncia a uno que viene detrás de él,

que es más fuerte, y que bautizará con el Espíritu Santo.

 

Tú eres mi Hijo amado

   Cuando Jesús llega al Jordán, encuentra ese ambiente conmovedor,

se acerca al Bautista, escucha su llamada a la conversión,

y, como uno más -despojado de todo privilegio- se hace bautizar.

   Al salir del agua, el Espíritu Santo baja sobre Jesús,

y se oye una voz del cielo que dice: Tú eres mi Hijo amado.

Allí en el desierto están presente: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

   Más tarde, la voz del Bautista dejará de gritar y sus manos dejarán

de bautizar, porque Herodes Antipas lo encarcelará y asesinará.

¿Su proyecto quedará interrumpido?... ¿Habrá sido un fracaso?...

   De ninguna manera, la mecha que todavía humea no se apagará.

Jesús, movido por el Espíritu, vuelve a Galilea y desde allí proclama

la Buena Noticia del Reino de Dios… Llama felices a los pobres

Anuncia que está presente en sus hermanos pequeños y excluidos…

   Ahora bien, si queremos buscar y encontrar el rostro de Jesús,

el Hijo amado del Padre, no debemos buscarlo en un cielo lejano…

Hay que buscarlo aquí en la tierra. Él sigue abrazando a los niños

golpeados por la pobreza y la miseria. Sale al encuentro y acoge

a los jóvenes que han abandonado el hogar por no encontrar un lugar

en esta sociedad. Da vida a los enfermos abandonados en el camino.

Sufre  con el pobre, llamado Lázaro, cubierto de llagas y con hambre.

Está presente en los que dan su vida por los hermanos…

J. Castillo A.

 

EL ESPÍRITU DEL SEÑOR

   Jesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía una profunda crisis religiosa. Llevaban mucho tiempo sintiendo la lejanía de Dios. Los cielos estaban “cerrados”. Una especie de muro invisible parecía impedir la comunicación de Dios con su pueblo. Nadie era capaz de escuchar su voz. Ya no había profetas. Nadie hablaba impulsado por su Espíritu.

   Lo más duro era esa sensación de que Dios los había olvidado. Ya no le preocupaban los problemas de Israel. ¿Por qué permanecía oculto? ¿Por qué estaba tan lejos? Seguramente muchos recordaban la ardiente oración de un antiguo profeta que rezaba así a Dios: ‘Ojalá rasgaras el cielo y bajases’.

   Los primeros que escucharon el Evangelio de Marcos tuvieron que quedar sorprendidos. Según su relato, al salir de las aguas del Jordán, después de ser bautizado, Jesús vio rasgarse el cielo y experimentó que el Espíritu de Dios bajaba sobre Él. Por fin era posible el encuentro con Dios. Sobre la tierra caminaba un hombre lleno del Espíritu de Dios. Se llamaba Jesús y venía de Nazaret.

   Ese Espíritu que desciende sobre Él es el aliento de Dios que crea la vida, la fuerza que renueva y cura a los vivientes, el amor que lo transforma todo. Por eso Jesús se dedica a liberar la vida, a curarla y hacerla más humana. Los primeros cristianos no quisieron ser confundidos con los discípulos del Bautista. Ellos se sentían bautizados por Jesús con su Espíritu.

   Sin ese Espíritu todo se apaga en el cristianismo. La confianza en Dios desaparece. La fe se debilita. Jesús queda reducido a un personaje del pasado, el Evangelio se convierte en letra muerta. El amor se enfría y la Iglesia no pasa de ser una institución religiosa más.

   Sin el Espíritu de Jesús, la libertad se ahoga, la alegría se apaga, la celebración se convierte en costumbre, la comunión se resquebraja. Sin el Espíritu la misión se olvida, la esperanza muere, los miedos crecen, el seguimiento a Jesús termina en mediocridad religiosa.

   Nuestro mayor problema es el olvido de Jesús y el descuido de su Espíritu. Es un error pretender lograr con organización, trabajo, devociones o estrategias diversas lo que solo puede nacer del Espíritu. Hemos de volver a la raíz, recuperar el Evangelio en toda su frescura y verdad, bautizarnos con el Espíritu de Jesús.

   No nos hemos de engañar. Si no nos dejamos reavivar y recrear por ese Espíritu, los cristianos no tenemos nada importante que aportar a la sociedad actual tan vacía de interioridad, tan incapacitada para el amor solidario y tan necesitada de esperanza.

José Antonio Pagola (2012)

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