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ACOGER A LOS LEPROSOS
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VI Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo B: 15 febrero 2015

Lev 13,1-2. 44-46  -  1Cor 10,31-11,1  -  Mc 1,40-45

 

ACOGER A LOS LEPROSOS

   Para los ‘buenos’ y para los que tienen poder político y económico,

sería mejor limpiar nuestras calles -del campo y de la ciudad- de los

vagabundos, drogadictos, prostitutas… considerados como ‘leprosos’.

En esa perspectiva, los que están abajo, afuera y sin poder - además

de ser explotados- son excluidos, sobrantes, desechables (DA, 65).

Sin embargo, esas ‘personas de bien’ ¿son capaces de ir a las causas

de tanto sufrimiento y exclusión, y denunciar a los responsables?

   Jesús que acoge y come con personas marginadas y despreciadas,

nos muestra un camino diferente: Ámense como yo les he amado.

 

Si quieres, puedes limpiarme

   Un leproso era considerado ‘impuro’ y castigado por Dios, pues

se creía que la lepra era consecuencia de graves pecados cometidos.

Para evitar cualquier contagio, lo mejor era estar lejos del leproso,

quien debía vivir aislado, harapiento y gritando: ¡Impuro, impuro!

Despreciado como si fuera basura, sobrante, desechable, excluido…

el leproso podía decir: Solo en la vida llevando un esqueleto podrido.

¿Qué trato damos hoy a los mendigos y forasteros… a los enfermos

de tuberculosis, cáncer o sida… a los niños, jóvenes y adultos

sometidos a la prostitución… a los drogadictos y homosexuales…?

   Así como una madre extranjera y pagana, con una fe sencilla,

se acerca a Jesús y de rodillas le suplica sanar a su hija (Mc 7,24ss)…

también un leproso rompe esas normas de exclusión social y religiosa,

se acerca a Jesús, se arrodilla y le dice: Si quieres, puedes limpiarme.

   El leproso no pide ser sanado… sino quedar limpio, ser purificado.

Busca, como todo ser humano, ser liberado de aquella marginación

que, lamentablemente, estaba justificada con argumentos religiosos.

Los leprosos padecían muchos sufrimientos: -el mal que desgarraba

sus cuerpos, -la condenación de vivir excluidos, -el drama de no poder

casarse, ni participar en las peregrinaciones y ceremonias del templo.

¿Cuál será la reacción de Jesús, el carpintero, el hijo de María…?

 

Jesús se compadece, extiende la mano y le toca

   Jesús realiza tres gestos: se compadece, extiende la mano, le toca;

luego, rompiendo prejuicios y temores, le dice: Quiero, queda limpio.

Con estos gestos y palabras, Jesús realiza una verdadera revolución:

anuncia que Dios es un Padre misericordioso y no un dios castigador.

   Al respecto, el P. José Antonio Pagola hace la siguiente reflexión:

Es especialmente significativa la actuación de Jesús con los leprosos,

excluidos de la comunidad por su condición de impuros. Los leprosos

no le piden a Jesús que les sane, sino que les limpie y tenga con ellos

esa compasión que no encuentran en la sociedad. Jesús reacciona

con un gesto: extiende la mano, los toca. Aquellos hombres y mujeres

son miembros del pueblo de Dios, tal como lo entiende Jesús.

Al tocarlos, Jesús los libera de la exclusión. Su gesto es intencionado.

No está pensando solo en la curación del enfermo, está haciendo

una llamada a toda la sociedad. Está llegando el Reino de Dios.

Hay que construir la vida de otra manera: los impuros pueden ser

tocados, los excluidos han de ser acogidos. Los enfermos no han

de ser mirados con miedo, sino con compasión, como los mira Dios.

(Cf. “Jesús, aproximación histórica”: La fuerza curadora de Jesús).

  

Jesús se queda en lugares despoblados

   Jesús había despedido al leproso diciéndole: No se lo digas a nadie.

Pero éste, apenas se fue, comienza a proclamar y divulgar el hecho,

de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo;

se quedaba en lugares despoblados. ¿Qué había sucedido?

Según la ley, interpretada por ‘los especialistas’ en materia religiosa,

quien toca a un leproso -como hace Jesús- queda impuro y excluido.

Este es el costo doloroso que Jesús debe pagar al tocar a un leproso.

   Hoy, ante el escandaloso abismo que hay entre ricos y pobres,

los creyentes y personas de buena voluntad debemos pasar a la orilla

de los que no solo son despreciados sino despojados de sus tierras.  

   Máxima Chaupe, desde Cajamarca, ante los abusos de una poderosa

empresa minera, exclama con lágrimas: No voy a abandonar mi tierra

por ningún motivo, voy a dar mi vida, voy a dar mi sangre para que

quede esto para la historia y para las próximas generaciones (3 feb).

El llanto de Máxima es el llanto de los campesinos maltratados por los

poderosos de siempre… es también el llanto de la madre tierra. 

J. Castillo A.

 

AMIGO DE LOS EXCLUIDOS

   Jesús era muy sensible al sufrimiento de quienes encontraba en su camino, marginados por la sociedad, despreciados por la religión o rechazados por los sectores que se consideraban superiores moral o religiosamente.

   Es algo que le sale de dentro. Sabe que Dios no discrimina a nadie. No rechaza ni excomulga. No es solo de los buenos. A todos acoge y bendice. Jesús tenía la costumbre de levantarse de madrugada para orar. En cierta ocasión desvela cómo contempla el amanecer: Dios hace salir su sol sobre buenos y malos. Así es Él.

   Por eso, a veces, reclama con fuerza que cesen todas las condenas: No juzguéis y no seréis juzgados. Otras, narra pequeñas parábolas para pedir que nadie se dedique a separar el trigo y la cizaña como si fuera el juez supremo de todos.

   Pero lo más admirable es su actuación. El rasgo más original y provocativo de Jesús fue su costumbre de comer con pecadores, prostitutas y gentes indeseables. El hecho es insólito. Nunca se había visto en Israel a alguien con fama de “hombre de Dios” comiendo y bebiendo animadamente con pecadores.

   Los dirigentes religiosos más respetables no lo pudieron soportar. Su reacción fue agresiva: Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de pecadores. Jesús no se defendió. Era cierto. En lo más íntimo de su ser sentía un respeto grande y una amistad conmovedora hacia los rechazados por la sociedad o la religión.

   Marcos recoge en su relato la curación de un leproso para destacar esa predilección de Jesús por los excluidos. Jesús está atravesando una región solitaria. De pronto se le acerca un leproso. No viene acompañado por nadie. Vive en la soledad. Lleva en su piel la marca de su exclusión. Las leyes lo condenan a vivir apartado de todos. Es un ser impuro.

   De rodillas, el leproso hace a Jesús una súplica humilde. Se siente sucio. No le habla de enfermedad. Solo quiere verse limpio de todo estigma: Si quieres, puedes limpiarme. Jesús se conmueve al ver a sus pies aquel ser humano desfigurado por la enfermedad y el abandono de todos. Aquel hombre representa la soledad y la desesperación de tantos estigmatizados. Jesús extiende su mano buscando el contacto con su piel, lo toca y le dice: Quiero. Queda limpio.

   Siempre que discriminamos desde nuestra supuesta superioridad moral a diferentes grupos humanos (vagabundos, prostitutas, toxicómanos, sidóticos, inmigrantes, homosexuales...), o los excluimos de la convivencia negándoles nuestra acogida, nos estamos alejando gravemente de Jesús.

José Antonio Pagola (2012)  

 

 

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