Sábado, 6 de Marzo del 2021
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LA FRACCIËN DEL PAN
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Cuerpo y Sangre de Cristo, (ciclo B): 7 de junio del 2015

Ex 24,3-8  -  Heb 9,11-15  -  Mc 14,12-26

 

LA FRACCIÓN DEL PAN

   En aquella época, los fariseos no comían con personas extrañas,

menos aún con los cobradores de impuestos, gente impura y pecadora.

   Jesús, que vino a darnos vida plena, nos muestra un camino nuevo:

los despreciados y marginados son acogidos y participan en su mesa,

pues, Él no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mc 2,17).

   Veinte siglos después, al celebrar la fracción del pan (Hch 2,42),

¿partimos el pan -como hace Jesús- para dar vida a los hambrientos?

 

Denles ustedes de comer

   Jesús recorre los pueblos de Galilea anunciando el Reino de Dios.

Con esta misma finalidad envía a sus discípulos de dos en dos,

para que anuncien desde las casas donde sean acogidos (Mc 6,7ss).

   Cuando ellos vuelven, van a un lugar despoblado para descansar,

sin embargo, unas cinco mil personas van corriendo y llegan primero.

Jesús, al verlos, se compadece, porque eran como ovejas sin pastor

y, de inmediato, se pone a enseñarles muchas cosas.

   Como ya era tarde, sus discípulos se acercan y le dicen: Despídelos.

Pero Jesús no piensa así y les responde: Denles ustedes de comer.

Luego ordena que se sientan en grupos de cien y de cincuenta.

   En este contexto, Jesús celebra la fracción del pan y da de comer:

Toma los cinco panes, alza los ojos al cielo, bendice, lo parte,

y se lo va dando a sus discípulos para que los sirvan.

Reparte también los pescados, todos comen y quedan satisfechos.

   Jamás debemos olvidar que hemos sido creados a imagen de Dios,

y cada persona es templo de Dios y su Espíritu habita en nosotros.

Por eso, Jesús acoge a todos los que viven como ovejas sin pastor,

y los invita a participar de una comida donde recuperan su dignidad.

   Que nuestras Eucaristías expresen las enseñanzas y obras de Jesús:

-acoger a los que sufren hambre, -partir y compartir con ellos

nuestro pan, -hasta que todos queden satisfechos. Tengamos presente:

lo que hacemos con ellos, lo hacemos con el mismo Jesús (Mt 25).

 

Tengo compasión de esta gente… no tienen qué comer

   En otra ocasión, Jesús llega a tierra de paganos –despreciados

por los judíos- y al ver a unos cuatro mil hombres y mujeres

que se habían reunido, llama a sus discípulos para decirles:

Tengo compasión de esta gente, ya son tres días que están conmigo

y no tienen qué comer. Si los despido a casa en ayunas, desfallecerán

por el camino, pues algunos han venido de lejos.

   Luego, sabiendo que ya llega el día en que vendrán de oriente

y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino

de Dios (Lc 13,29), Jesús ordena a la gente sentarse en el suelo,

y, una vez más, realiza la fracción del pan con sabor a Eucaristía:

Toma los siete panes, da gracias, los parte

y se los da a sus discípulos para que los sirvan a la gente.

También bendice los pescados y manda que los sirvan.

Todos comieron hasta quedar satisfechos (Mc 8,1ss).

   En nuestros días, para que el mensaje del Evangelio sea creíble,

hacen falta cristianos que alimenten a los que tienen hambre,

sin fijarse en aspectos raciales, religiosos, políticos, económicos…

  

Pan partido para un mundo nuevo

   Desde que Jesús empieza a sanar a los enfermos, los fariseos

y maestros de la ley: le espían y buscan acabar con Él (Mc 3,6).

Años después, las autoridades religiosas, conspiran para detenerlo

y, darle muerte. Lamentablemente, Judas Iscariote, uno de los Doce,

traiciona a su Maestro a cambio de dinero (¿negocio… coima…?).

   En este ambiente de miedo y traición, Jesús celebra la cena pascual,

recordando: la liberación de su pueblo de la esclavitud de Egipto,

y el largo camino que realizó por el desierto, comiendo el pan

que el Señor les daba, y bebiendo el agua de la roca (Ex 16-17).

   Cuando Jesús y sus discípulos llegan a la casa, se sientan a la mesa.

Mientras comen, Jesús toma el pan, pronuncia la bendición,

lo parte, y se lo da, diciendo: Tomen, esto es mi cuerpo.

Luego coge la copa, da gracias, se lo da y todos beben. Y les dice:

Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos.

   Al partir el pan y compartir el vino, Jesús nos pide identificarnos

con su Persona que nos ama hasta derramar su propia sangre.

Comulgar no es recibir “algo”, sino encontrarnos con “Alguien”,

con Jesús que nos dice: Ejemplo les he dado… hagan lo mismo.

J. Castillo A.

 

EUCARISTÍA Y CRISIS

   Todos los cristianos lo sabemos. La eucaristía dominical se puede convertir fácilmente en un “refugio religioso” que nos protege de la vida conflictiva en la que nos movemos a lo largo de la semana. Es tentador ir a misa para compartir una experiencia religiosa que nos permite descansar de los problemas, tensiones y malas noticias que nos presionan por todas partes.

   A veces somos sensibles a lo que afecta a la dignidad de la celebración, pero nos preocupa menos olvidarnos de las exigencias que entraña celebrar la cena del Señor. Nos molesta que un sacerdote no se atenga estrictamente a la normativa ritual, pero podemos seguir celebrando rutinariamente la misa, sin escuchar las llamadas del Evangelio.

   El riesgo siempre es el mismo: Comulgar con Cristo en lo íntimo del corazón, sin preocuparnos de comulgar con los hermanos que sufren. Compartir el pan de la eucaristía e ignorar el hambre de millones de hermanos privados de pan, de justicia y de futuro.

   En los próximos años se van a ir agravando los efectos de la crisis mucho más de lo que nos temíamos. La cascada de medidas que se nos dictan de manera inapelable e implacable, irá haciendo crecer entre nosotros una desigualdad injusta. Iremos viendo cómo personas de nuestro entorno más o menos cercano se van empobreciendo hasta quedar a merced de un futuro incierto e imprevisible.

   Conoceremos de cerca inmigrantes privados de asistencia sanitaria, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación, familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas por el desahucio, gente desasistida, jóvenes sin un futuro nada claro... No lo podremos evitar. O endurecemos nuestros hábitos egoístas de siempre o nos hacemos más solidarios.

   La celebración de la eucaristía en medio de esta sociedad en crisis puede ser un lugar de concienciación. Necesitamos liberarnos de una cultura individualista que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos. Toda la eucaristía está orientada a crear fraternidad.

   No es normal escuchar todos los domingos a lo largo del año el Evangelio de Jesús, sin reaccionar ante sus llamadas. No podemos pedir al Padre el pan nuestro de cada día sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.

 

José Antonio Pagola (2012)

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