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PAR┴BOLAS DEL REINO
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XI Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo B: 14 de junio del 2015

Ez 17,22-24  -  2Cor 5,6-10  -  Mc 4,26-34

 

PARÁBOLAS DEL REINO

   Lo central en la vida de Jesús es hacer realidad el Reino de Dios:

vida… amor… gracia… santidad… verdad… libertad… justicia…paz

Por esta causa Jesús es perseguido y crucificado como un delincuente.

   Sus seguidores, de ayer y de hoy, debemos comprometernos,

no con proyectos paliativos: “cambiar algo para que nada cambie”;

sino anunciando el Reino de Dios y su justicia como lo hace Jesús.

 

El Reino de Dios es como una semilla

   En una ocasión, Jesús enseña a la gente diciendo: El Reino de Dios

es semejante a la semilla que el hombre siembra en la tierra.

En la semilla hay una fuerza interior que es vida, crece poco a poco;

pero necesita la participación humana: sembrar… cultivar… cosechar.

El Reino de Dios es un don, un regalo gratuito de Dios… y también

una tarea, pues depende de nosotros aceptarlo y hacerlo fructificar.

   El Reino es don de Dios, pues tanto amó Dios al mundo, que nos

envió a su Hijo único, no para juzgar al mundo sino para salvarlo.

Para ello, como toda semilla, Jesús realiza un camino muy humilde:

-Nace pobre en un establo… y vive en Nazaret un pueblo despreciado.

-Recorre los pueblos sanando enfermos y acogiendo a los marginados.

-Pasa su vida haciendo el bien. Sin embargo es asesinado muy pronto:

Si así tratan al árbol verde, ¿qué no harán con el árbol seco? (Lc 23).

   El Reino de Dios es tarea de la persona que lo acoge libremente.

Por eso, Jesús llama a un grupo de seguidores para que vivan con Él

y, después, los envía a anunciar el Reino de Dios, diciéndoles:

No lleven nada fuera de un bastón, ni pan, ni alforja, ni dinero

Lo que importa no son las cosas materiales, sino el testimonio de vida

para anunciar y promover, con palabras y gestos, el Reino de Dios. 

   Tengamos la humildad de reconocer que Dios es quien hace crecer

la semilla del Reino, pero sin excluir la acción del ser humano:

Cuando hayan hecho todo lo que Dios les manda, digan: somos

simples servidores, solo hemos cumplido nuestro deber (Lc 17,10).

 

El Reino de Dios es como el grano de mostaza

   Jesús no permanece indiferente: al ver el sufrimiento de la gente

en la región marginada de Galilea… y al oír sus quejas y lamentos

Sus enseñanzas no son frases teóricas para aprenderlas de memoria,

sino que parten de la vida real de un pueblo oprimido por los ricos.

   Cuando Jesús compara el Reino de Dios con el grano de mostaza,

las personas sencillas lo aceptan y aprueban; no así los terratenientes.

En efecto, la mostaza de cualquier especie se multiplica con rapidez,

acabando con las plantas útiles; además, ya convertida en arbusto,

vienen los pajaritos, otra plaga que perjudica la agricultura.

   Desde el punto de vista de los terratenientes y poderosos en general,

el Reino de Dios que Jesús anuncia es un mensaje que les mueve

el piso, pues Dios humilla al árbol elevado y eleva al árbol humilde.

¿Cuál será la reacción de aquel terrateniente necio que acumula

riquezas en vez de compartir (Lc 12,13-21)?... Acabar con Jesús.

   Muy diferente la actitud de los pobres. A todos ellos Jesús les dice:

Felices ustedes los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece.

La gente humilde, viendo la vida que hay en nuestra madre tierra,

descubre fácilmente el pecado de quienes se empeñan en acaparar

oro, plata, cobre… destruyendo la naturaleza y privando a amplios

sectores de nuestra población del derecho al pan de cada día.

Ojalá los responsables de capitalismo salvaje escuchen estas palabras:

El que quiera salvar su vida la perderá. En cambio quien la pierda

por mí y por la Buena Noticia del Reino de Dios, la salvará.

¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo, si pierde su vida?

¿Qué precio pagará el hombre a cambio de su vida? (Mc 8,35s).

   Felizmente, hay personas que defienden la vida de los excluidos,

y cuestionan a los que hacen del capitalismo un objeto de culto:

Los pueblos indígenas no eligieron nacer ni morir aquí.

Y sin embargo siguen viviendo, siguen siendo, y lo hermoso

de su existencia es que son el vivo ejemplo de que el neoliberalismo,

el capitalismo y el lucro individual no son la única forma de vida

para todos y todas. Y quizá por eso los neoliberales prefieren

su muerte bajo la forma de colonialismo, extractivismo y dominación

cultural, pues la presencia indígena les recuerda que otro mundo

es posible, que se puede convivir en comunidad con una economía

por y para la comunidad (C. Cisneros, La República 7/06/2015).

J. Castillo A.

 

CON HUMILDAD Y CONFIANZA

   A Jesús le preocupaba mucho que sus seguidores terminarán un día desalentados al ver que sus esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no obtenían el éxito esperado. ¿Olvidarían el reino de Dios? ¿Mantendrían su confianza en el Padre? Lo más importante es que no olviden nunca cómo han de trabajar.

   Con ejemplos tomados de la experiencia de los campesinos de Galilea, les anima a trabajar siempre con realismo, con paciencia y con una confianza grande. No es posible abrir caminos al Reino de Dios de cualquier manera. Se tienen que fijar en cómo trabaja Él.

   Lo primero que han de saber es que su tarea es sembrar, no cosechar. No vivirán pendientes de los resultados. No les han de preocupar la eficacia ni el éxito inmediato. Su atención se centrará en sembrar bien el Evangelio. Los colaboradores de Jesús han de ser sembradores. Nada más.

   Después de siglos de expansión religiosa y gran poder social, los cristianos hemos de recuperar en la Iglesia el gesto humilde del sembrador. Olvidar la lógica del cosechador que sale siempre a recoger frutos, y entrar en la lógica paciente del que siembra un futuro mejor.

   Los comienzos de toda siembra siempre son humildes. Más todavía si se trata de sembrar el Proyecto de Dios en el ser humano. La  fuerza del Evangelio no es nunca algo espectacular o clamoroso. Según Jesús, es como sembrar algo tan pequeño e insignificante como “un grano de mostaza” que germina secretamente en el corazón de las personas.

   Por eso, el Evangelio solo se puede sembrar con fe. Es lo que Jesús quiere hacerles ver con sus pequeñas parábolas. El Proyecto de Dios de hacer un mundo más humano lleva dentro una fuerza salvadora y transformadora que ya no depende del sembrador. Cuando la Buena Noticia de ese Dios penetra en una persona o en un grupo humano, allí comienza a crecer algo que a nosotros nos desborda.

   En la Iglesia no sabemos en estos momentos cómo actuar en esta situación nueva e inédita, en medio de una sociedad cada vez más indiferente a dogmas religiosos y códigos morales. Nadie tiene la receta. Nadie sabe exactamente lo que hay que hacer. Lo que necesitamos es buscar caminos nuevos con la humildad y la confianza de Jesús.

   Tarde o temprano, los cristianos sentiremos la necesidad de volver a lo esencial. Descubriremos que solo la fuerza de Jesús puede regenerar la fe en la sociedad descristianizada de nuestros días. Entonces aprenderemos a sembrar con humildad el Evangelio como inicio de una fe renovada, no transmitida por nuestros esfuerzos pastorales, sino engendrada por Él.

José Antonio Pagola (2012)           

 

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