Domingo, 28 de Mayo del 2017
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AMAR CON ENTRAÑAS DE MISERICORDIA
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4º Domingo de Cuaresma, ciclo C: 6 de marzo del 2016

Jos 5,9-12  -  2Cor 5,17-21  -  Lc 15,1-3. 11-32

 

AMAR CON ENTRAÑAS DE MISERICORDIA

   Un padre tiene dos hijos: mientras el menor se aleja, pero vuelve;

el mayor se queda en casa, sin embargo vive como si no fuera hijo.

   El padre, figura central de la parábola, ama a sus hijos con entrañas

de misericordia, solo quiere que vivan como hijos y como hermanos.

 

Un padre tiene dos hijos…

   Sabiendo que en las familias hay discusiones entre padres e hijos…

rivalidades entre hermanos… reflexionemos en los siguientes casos:     

*Después que Caín asesina a su hermano menor, Dios le dice:

¿Dónde está tu hermano Abel?, Caín contesta: No lo sé, ¿acaso soy

el guardián de mi hermano? Pero Dios insiste: ¿Qué has hecho?

Desde la tierra, la sangre de tu hermano clama justicia. Sin embargo,

Caín se arrepiente: Mi culpa es demasiado grave para soportarla

Luego Dios le pone una señal para que respeten su vida (Gen 4).

*Abraham tiene dos hijos: Ismael el mayor, en Agar una esclava;

e Isaac el menor, en Sara su esposa que era anciana y estéril.

Como Ismael se burla de su hermano Isaac, Abraham despide a Agar

y a su hijo. Ellos caminan por el desierto. Cuando se acaba el agua,

Agar abandona a su hijo para no verle morir y se aleja… Dios, al oír

el llanto del niño, dice a Agar: Levántate, busca al niño y agárralo

de la mano, porque yo haré de él un gran pueblo (Gen 16 y 21).

*Gracias a la oración de Isaac, su esposa Rebeca que era estéril queda

encinta. Cuando da a luz, resulta que son mellizos: Esaú y Jacob.

Más tarde, Esaú renuncia a sus derechos de ser hijo primogénito

por un plato de lentejas (Gen 25). Después, con la ayuda de su madre,

Jacob le arrebata a Esaú la bendición especial de su padre Isaac.

Desde entonces, Esaú odia a su hermano y busca matarlo… (Gen 27).

Sin embargo, años después ambos se reconcilian: Jacob se adelanta,

se arrodilla siete veces, hasta encontrarse con su hermano. 

Esaú, por su parte, corre a su encuentro… le abraza… le besa…

y los dos se ponen a llorar (Gen 33).

 

Acoger a los pecadores y comer con ellos

   Al pedir la parte de su herencia, el hijo menor comete una locura.

A este joven egoísta no le interesa honrar a su padre, como dice Dios.

Abandona el hogar, se va a un país lejano, y derrocha todo el dinero…

hasta que un día se halla en la miseria: yo aquí me muero de hambre.

En esta situación, se acuerda de su padre y decide levantarse y volver.

Pero, ¿bastará decir: he pecado, trátame como uno de tus servidores?

   Estando aún lejos de casa sucede algo increíble, su padre: lo ve

tiene compasión (se le remueven las entrañas)…sale a su encuentro…

le abrazale besa… ordena que le traigan el mejor vestido… que

le pongan un anillo en el dedo y sandalias en los pies… que maten

el becerro gordo… y celebren un banquete por la vuelta de su hijo.

   Al enterarse de todo esto, el hijo mayor se irrita, no entra a la casa,

reprocha a su padre y desconoce a su hermano diciendo: ese hijo tuyo.

Fue entonces cuando su padre sale y le suplica participar en la fiesta:

Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo. Pero había

que hacer una fiesta y alegrarse, porque tu hermano estaba muerto

y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado. El hijo mayor,

¿habrá entrado a la casa para acoger a su hermano y comer juntos?

   Jesús dijo esta parábola, cuando los fariseos y maestros de la ley

hablaban mal de Él, por acoger a los pecadores y comer con ellos.

   Hoy más que nunca, para que el mensaje de la Iglesia sea creíble,

es urgente, como dice el Papa Francisco, salir a las “periferias”

donde hay: sufrimiento, sangre derramada, ciegos que desean ver,

cautivos de tantos malos patrones… Ser pastores con “olor a oveja”,

en medio del rebaño… (Jueves Santo, 28/marzo/2013).

   Sobre este tema, vuelve a insistir en “La alegría del Evangelio”:  

Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la

calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad

de aferrarse a las propias seguridades… Si algo debe inquietarnos

santamente y preocupar nuestra conciencia es que tantos hermanos

nuestros viven: -sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con

Jesús; -sin una comunidad de fe que los contenga; sin un horizonte 

de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos

mueva el temor a encerrarnos: -en las normas que nos vuelven jueces

implacables, -en las costumbres donde nos sentimos tranquilos,

mientras afuera hay una multitud hambrienta (EG, 24/11/2013, n.49).

J. Castillo A.

 

CON LOS BRAZOS SIEMPRE ABIERTOS

   Para no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en Él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa.

   Poco a poco han prescindido de Él. La fe ha quedado “reprimida” en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía “la parábola del hijo pródigo”, pero nunca la han escuchado en su corazón.

   El verdadero protagonista de esa parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado. Este grito revela lo que hay en su corazón de padre.

   A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.

   El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre “lo vio” venir hambriento y humillado, y “se conmovió” hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.

   Enseguida “echa a correr”. No es el hijo quien vuelve a casa. Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. Se le echó al cuello y se puso a besarlo. Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a Él.

   El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior. El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. SOlo Dios acoge y protege así a los pecadores.

   El padre solo piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.

   Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que en el misterio último de la vida hay Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.

José Antonio Pagola (2013)

 

 

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