Domingo, 23 de Abril del 2017
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Domingo de Ramos
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Domingo de Ramos, ciclo C: 20 de marzo del 2016

 

*Ofrezco mi espalda y mi rostro a los que me torturan (Is 50,4-7)

*Se hace obediente hasta la muerte y muerte en una cruz (Flp 2,6-11)

*Yo les digo que, si éstos callan, gritarán las piedras (Lc 19,28-40)

*Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (22,14 - 23,56)

 

JESÚS ENTRA EN JERUSALÉN

   Después de haber anunciado el Reino de Dios y su justicia en Galilea,

Jesús entra en Jerusalén, sede del poder político, económico, religioso.

   Al ver la ciudad, Jesús llora por ella y dice: Ojalá comprendas hoy

el camino de la paz, pero ahora eso está oculto a tus ojos (Lc 19,42).

  Que las palabras y gestos de Jesús cuando padece, muere y resucita,

nos comprometan a hacer realidad una Iglesia pobre entre los pobres.

  

Servidor humilde, montado en un burrito

   La fiesta de Pascua -en el A.T.- estaba relacionada con la liberación

del pueblo judío de su esclavitud en Egipto (Ex 12,1ss). Sin embargo,

siglos después, Egipto ha sido reemplazado por el Imperio romano.

Es por eso que Pilato -cuyas manos están manchadas de sangre-

ingresa en la ciudad de Jerusalén montado en un caballo de guerra.

   Jesús entra también en Jerusalén, pero de una manera humilde.

Según el cuarto evangelio, Jesús encuentra un burrito y monta en él;

luego, Jesús anuncia el verdadero sentido de su entrada en Jerusalén:

Les aseguro que, si el grano de trigo al caer en tierra no muere,

queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida,

la pierde; pero el que la desprecia en este mundo, la conserva para

la vida eterna. Si alguno quiere servirme, que me siga;

y donde yo esté, allí estará también mi servidor (Jn 12,12ss).

   No hagamos -de la entrada de Jesús en Jerusalén- una ceremonia

triunfalista que nada tiene que ver con la vida de Jesús de Nazaret,

que vino a este mundo para anunciar la Buena Noticia a los pobres,

para liberar a los cautivos, oprimidos y encarcelados (Lc 4,18)

   Sigamos a Jesús como lo hace el ciego Bartimeo: al dejar su manto,

deja tras de sí “al hombre ciego”… recupera “la capacidad de ver”… y

después, sigue a Jesús, dispuesto a entregar su vida por Él (Mc 10,46ss).

  No olvidemos que Jesús sigue sufriendo: en el hambriento y sediento,

en el forastero y desnudo, en el enfermo y encarcelado (Mt 25,31ss).

Si éstos callan, gritarán las piedras

   Mientras Jesús entra en Jerusalén, sus seguidores alaban a Dios

por todos los milagros que han visto, y exclaman: Bendito el rey

que viene en nombre del SeñorPaz en el cielo y gloria al Altísimo.

Esta última aclamación nos recuerda el canto de los ángeles, cuando

Jesús nace: Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra (Lc 2,14);

y ahora, al final de su vida, lo proclaman: niños…jóvenes… adultos…

Si vivimos como hijos de Dios y como hermanos entre nosotros,

tendremos la paz de Jesús: Mi paz les dejo, mi paz les doy (Jn 14,27).

   Algunos fariseos dicen a Jesús: Maestro, reprende a tus discípulos.

Pero Jesús les responde: Si éstos callan, gritarán las piedras.

Esta frase está tomada del profeta Habacuc que denuncia a los ricos:

¡Ay del que se hace rico con lo que no le pertenece!

¡Ay de ti, que has llenado tu casa con el producto de tus robos!...

  porque las piedras de los muros gritan en tu contra.

¡Ay de ti que edificas ciudades sobre el crimen y la injusticia!

¡Ay de ti que emborrachas a tu prójimo para humillarlo! (2,6-20).

   Jesús no manda callar a nadie, y Él mismo sigue enseñando:

*La destrucción de Jerusalén, o sea, la destrucción de toda injusticia.

*Entra al templo y arroja a los negociantes diciendo: Mi casa es casa

  de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones.

*Denuncia a los sacerdotes y maestros de la ley de ser asesinos.

*Sobre el tributo al César declara que se debe dar a Dios lo que es

  de Dios, y devolver al César su dinero sucio y esclavizador.

*Desenmascara a los saduceos que rechazan la resurrección: El Señor

  no es Dios de muertos sino de vivos, porque para Dios todos viven.

*Denuncia la hipocresía de los maestros de la ley: les gusta andar

  con largas vestiduras… quieren que les saluden por las calles…

  buscan los asientos de honor en las sinagogas y en los banquetes…

  devoran los bienes de las viudas con pretexto de largas oraciones

   Por esta manera de enseñar, los expertos en materia religiosa

buscan arrestar a Jesús, pero tienen miedo al pueblo (Lc 20).

   La siguiente lamentación de Jesús tiene “hoy” mucha actualidad:   

¡Jerusalén, Jerusalén que matas a los profetas

y apedreas a los mensajeros que Dios te envía! (Lc 13,34).

   Sin embargo, el Profeta de la misericordia sigue exclamando:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34).  J.C.A

 

ANTE EL CRUCIFICADO

   Detenido por las fuerzas de seguridad del Templo, Jesús no tiene ya duda alguna: el Padre no ha escuchado sus deseos de seguir viviendo; sus discípulos huyen buscando su propia seguridad. Está solo. Sus proyectos se desvanecen. Le espera la ejecución.

   El silencio de Jesús durante sus últimas horas es sobrecogedor. Sin embargo, los evangelistas han recogido algunas palabras suyas en la cruz. Son muy breves, pero a las primeras generaciones cristianas les ayudaban a recordar con amor y agradecimiento a Jesús crucificado.

   Lucas ha recogido las que dice mientras está siendo crucificado. Entre estremecimientos y gritos de dolor, logra pronunciar unas palabras que descubren lo que hay en su corazón: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Así es Jesús. Ha pedido a los suyos “amar a sus enemigos” y “rogar por sus perseguidores”. Ahora es Él mismo quien muere perdonando. Convierte su crucifixión en perdón.

   Esta petición al Padre por los que le están crucificando es, ante todo, un gesto sublime de compasión y de confianza en el perdón insondable de Dios. Esta es la gran herencia de Jesús a la Humanidad: No desconfiéis nunca de Dios. Su misericordia no tiene fin.

   Marcos recoge un grito dramático del crucificado: Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Estas palabras pronunciadas en medio de la soledad y el abandono más total, son de una sinceridad abrumadora. Jesús siente que su Padre querido lo está abandonando. ¿Por qué? Jesús se queja de su silencio. ¿Dónde está? ¿Por qué se calla?

   Este grito de Jesús, identificado con todas las víctimas de la historia, pidiendo a Dios alguna explicación a tanta injusticia, abandono y sufrimiento, queda en labios del crucificado reclamando una respuesta de Dios más allá de la muerte: Dios nuestro, ¿por qué nos abandonas? ¿no vas a responder nunca a los gritos y quejidos de los inocentes?

   Lucas recoge una última palabra de Jesús. A pesar de su angustia mortal, Jesús mantiene hasta el final su confianza en el Padre. Sus palabras son ahora casi un susurro: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Nada ni nadie lo ha podido separar de Él. El Padre ha estado animando con su Espíritu toda su vida. Terminada su misión, Jesús lo deja todo en sus manos. El Padre romperá su silencio y lo resucitará.

   Esta semana santa, vamos a celebrar en nuestras comunidades cristianas la Pasión y la Muerte del Señor. También podremos meditar en silencio ante Jesús crucificado ahondando en las palabras que Él mismo pronunció durante su agonía.

José Antonio Pagola (2013)

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