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Comentario del Evangelio del Domingo 19 de Agosto del 2012
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Domingo XX, Tiempo Ordinario (ciclo B): 19 de agosto del 2012


SEÑOR, DANOS SIEMPRE DE ESE PAN

 

*Coman el pan y beban el vino que he preparado (Prov 9,1-6)

*Den siempre gracias a Dios Padre por todas las cosas  (Ef 5,15-20)

*Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (Jn 6,51-58)

 

En la sinagoga de Cafarnaún, Jesús sigue enseñando a los judíos, diciéndoles: El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne. Al escuchar estas palabras, los judíos se ponen a discutir y preguntan: ¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne? Fue entonces cuando Jesús responde con siete afirmaciones, que vienen a ser el núcleo central de todo el discurso eucarístico. En cada afirmación no falta la palabra comer que significa: asimilar, alimentarnos de Jesús, comulgar, encarnar en nosotros a Jesús.

 

*Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre no tendrán vida en ustedes.

Para tener vida y vida en abundancia (Jn 10,10), es necesario pasar: de condiciones de vida menos humanas (multiplicación de los panes), a condiciones más humanas, hasta llegar a creer en Jesús, quien nos llama a participar en la vida de Dios (PP, 1967, n.20-21). Los cristianos/as necesitamos alimentarnos de Jesús, Hijo de Dios, que se hizo carne -hombre- y vivió entre nosotros (Jn 1,14).

 

*Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el último día.

Los cristianos vivimos solidarios con todos los hombres y mujeres, y también con los que murieron en la esperanza de la resurrección: Porque la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. Al respecto, recordemos lo que dijo Jesús a Marta: Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre (Jn 11,25).

 

*Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

Para el ser humano pan significa: alimento, vida, trabajo, educación… Por eso, al ofrecer sobre el altar el pan y el vino, agradecemos a Dios porque el pan y el vino -fruto de la tierra y del trabajo del hombre- se van a convertir en pan de vida y en cáliz de salvación. Los cristianos, cada vez que participamos en la Eucaristía, encontramos ahí: verdadera comida y verdadera bebida. Por eso, estamos obligados a cuidar la tierra, mejorarla, trabajarla… y jamás explotar a los trabajadores con salarios de hambre.

 

*Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él.

Hace algunos años, eran pocos los que se acercaban a comulgar. Actualmente, en cambio, son pocos los que se quedan sin hacerlo. Este cambio no producirá vida y vida plena en nosotros los creyentes, si no renovamos nuestra fe en la presencia de Jesús: -en la Eucaristía… -cuando dos o tres nos reunimos en su nombre (Mt 18,20)… y, sobre todo, -en los hermanos de Jesús: los que tienen hambre y sed, los forasteros y desnudos, los enfermos y encarcelados (Mt 25,31-46).

 

*Como el Padre que me ha enviado tiene vida y yo vivo por Él, así también quien me come vivirá por mí.

En Jesús, el enviado del Padre que tiene vida, no vamos a encontrar: -la doctrina enseñada por los maestros de la Ley o por los fariseos; -ni aquel culto convertido en negocio por parte de los sacerdotes. En Jesús, vamos a encontrarnos con Alguien que da Vida plena: Padre, la vida eterna consiste en que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado (Jn 17,3).

 

*Este es el pan que ha bajado del cielo, y no es como el pan que comieron sus antepasados, y murieron.

Hay una gran diferencia entre el pan bajado del cielo que es Jesús, y el pan o maná que comió el pueblo de Dios en el desierto (Ex 16). Hoy, cuando se celebran ‘misas’ como si fuera negocio (Cn 947), cuando predominan los adornos superfluos en vez de ayudar al pobre, ¿podemos decir que la Eucaristía es sacramento de amor y de entrega?

 

*Quien come de este pan, vivirá para siempre.

Sobre esta afirmación, recordemos lo que dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien cree en Él no muera, sino tenga vida eterna (Jn 3,16). Por eso, alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, digamos con San Pablo: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20).

Javier Castillo A. 

 

 


 

 

ALIMENTARNOS DE JESÚS

Según el relato de Juan, una vez más los judíos, incapaces de ir más allá de lo físico y material, interrumpen a Jesús, escandalizados por el lenguaje agresivo que emplea: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús no retira su afirmación sino que da a sus palabras un contenido más profundo.

El núcleo de su exposición nos permite adentrarnos en la experiencia que vivían las primeras comunidades cristianas al celebrar la eucaristía. Según Jesús, los discípulos no solo han de creer en Él, sino que han de alimentarse y nutrir su vida de su misma persona. La eucaristía es una experiencia central en sus seguidores de Jesús.

Las palabras que siguen no hacen sino destacar su carácter fundamental e indispensable: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Si los discípulos no se alimentan de Él, podrán hacer y decir muchas cosas, pero no han de olvidar sus palabras: No tenéis vida en vosotros.

Para tener vida dentro de nosotros necesitamos alimentarnos de Jesús, nutrirnos de su aliento vital, interiorizar sus actitudes y sus criterios de vida. Este es el secreto y la fuerza de la eucaristía. Solo lo conocen aquellos que comulgan con Él y se alimentan de su pasión por el Padre y de su amor a sus hijos.

El lenguaje de Jesús es de gran fuerza expresiva. A quien sabe alimentarse de Él, le hace esta promesa: Ese habita en mí y yo en él. Quien se nutre de la eucaristía experimenta que su relación con Jesús no es algo externo. Jesús no es un modelo de vida que imitamos desde fuera. Alimenta nuestra vida desde dentro.

Esta experiencia de ‘habitar’ en Jesús y dejar que Jesús ‘habite’ en nosotros puede transformar de raíz nuestra fe. Ese intercambio mutuo, esta comunión estrecha, difícil de expresar con palabras, constituye la verdadera relación del discípulo con Jesús. Esto es seguirle sostenidos por su fuerza vital.

La vida que Jesús transmite a sus discípulos en la eucaristía es la que Él mismo recibe del Padre que es Fuente inagotable de vida plena. Una vida que no se extingue con nuestra muerte biológica. Por eso, Jesús se atreve a hacer esta promesa a los suyos: El que come este pan vivirá para siempre.

Sin duda, el signo más grave de la crisis de la fe cristiana entre nosotros es el abandono tan generalizado de la eucaristía dominical. Para quien ama a Jesús es doloroso observar cómo la eucaristía va perdiendo su poder de atracción. Pero es más doloroso aún ver que desde la Iglesia asistimos a este hecho sin atrevernos a reaccionar. ¿Por qué?                                                  José Antonio Pagola (2012)


 

LO DECISIVO ES TENER HAMBRE

El evangelista Juan utiliza un lenguaje muy fuerte para insistir en la necesidad de alimentar la comunión con Jesucristo. Solo así experimentaremos en nosotros su propia vida. Según él, es necesario comer a Jesús: El que me come a mí, vivirá por mí.

El lenguaje adquiere un carácter todavía más agresivo cuando dice que hay que comer la carne de Jesús y beber su sangre. El texto es rotundo. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

Este lenguaje ya no produce impacto alguno entre los cristianos. Habituados a escucharlo desde niños, tendemos a pensar en lo que venimos haciendo desde la primera comunión. Todos conocemos la doctrina aprendida en el catecismo: en el momento de comulgar, Cristo se hace presente en nosotros por la gracia del sacramento de la eucaristía.

Por desgracia, todo puede quedar más de una vez en doctrina pensada y aceptada piadosamente. Pero, con frecuencia, nos falta la experiencia de incorporar a Cristo a nuestra vida concreta. No sabemos cómo abrirnos a Él para que nutra con su Espíritu nuestra vida y la vaya haciendo más humana y más evangélica.

Comer a Cristo es mucho más que adelantarnos distraídamente a cumplir el rito sacramental de recibir el pan consagrado. Comulgar con Cristo exige un acto de fe y apertura de especial intensidad, que se puede vivir sobre todo en el momento de la comunión sacramental, pero también en otras experiencias de contacto vital con Jesús.

Lo decisivo es tener hambre de Jesús. Buscar desde lo más profundo encontrarnos con Él. Abrirnos a su verdad para que nos marque con su Espíritu y potencie lo mejor que hay en nosotros. Dejarle que ilumine y transforme las zonas de nuestra vida que están todavía sin evangelizar.

Entonces, alimentarnos de Jesús es volver a lo más genuino, lo más simple y más auténtico de su Evangelio; interiorizar sus actitudes más básicas y esenciales; encender en nosotros el instinto de vivir como Él; despertar nuestra conciencia de discípulos y seguidores para hacer de Él el centro de nuestra vida. Sin cristianos que se alimenten de Jesús, la Iglesia languidece sin remedio. J. A. Pagola (2009)


 

 

 

 

 

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