Miércoles, 17 de Abril del 2024
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23º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A: 10 septiembre 2017
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PERDONAR… ACOGER… ORAR


   En vez de embarcarnos en proyectos que no tienen metas claras,

y que nos llevan a un activismo pastoral deshumanizador;

sigamos el ejemplo de Jesús que camina ligero de equipaje

anuncia el Reino de Dios… y nos pide confiar en Dios (Mt 6,31ss).

   Para ello, hagamos realidad las pequeñas comunidades, donde:

se corrige al hermano… se acoge al pecador… se ora con Jesús…

  


Si tu hermano te ofende,  corrígelo


   Sobre la corrección fraterna, Jesús nos ofrece pasos concretos.

  *Primero, dialogar en privado con el hermano que nos ha ofendido,

ofrecerle verdad y vida, para que cambie de conducta y se convierta.

Al respecto, el profeta Ezequiel anuncia esta Buena Noticia de Dios:

Si el malvado se convierte… si practica el derecho y la justicia…

si devuelve el manto que ha recibido como prenda…

si restituye lo que ha robado… si cumple con las leyes que dan vida…

si deja de hacer el mal… entonces vivirá y no morirá (Ez 33,14s).

   *Si lo anterior no da resultado, invitar a dos o tres miembros,

para que en presencia de ellos (testigos), el hermano que ha pecado:

reflexione… reconozca sus errores… y vuelva al camino de la verdad.

   *En tercera instancia se informa a la comunidad, cuyos miembros

deben ser: levadura en la masa… sal de la tierra… luz del mundo

   *Solo, si no escucha a la comunidad, será un pagano o publicano.

Sin embargo, debemos tratarlo siguiendo el ejemplo de Jesús,

que en lugar de “excomulgar”… va en busca de la oveja perdida,

y, cuando la ha encontrado, tiene más alegría por ella,

que por las noventa y nueve que no se extraviaron (Mt 18,12-14).

   San Agustín,  en su comentario a la 1ª carta de San Juan, dice:

Pidan a Dios la gracia de vivir siempre en amor fraterno,

amando no solo al que efectivamente es tu hermano,

sino también amando a tu enemigo, para que a fuerza del amor,

él se convierta de veras en hermano tuyo (Homilía 10,7).



Comunidad cristiana que acoge y perdona


   Al respecto, sigamos el ejemplo de Jesús, el Profeta misericordioso.

*¿Participamos en la Eucaristía, habiéndonos reconciliado antes?

Escuchemos a Jesús que nos dice: Si al llevar tu ofrenda al altar,

recuerdas que tu hermano tiene alguna queja contra ti,

deja tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano,

solo después volverás a presentar tu ofrenda (Mt 5,23).

*Al orar -como Jesús nos enseña- pongamos en práctica el perdón:

Padre nuestro… perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Luego Jesús nos dice: Si ustedes perdonan a los demás sus faltas,

también el Padre del cielo les perdonará a ustedes (Mt 6,9-15).

*Cuando Jesús perdona a personas pecadoras, solo les pide amor y fe:

Sus numerosos pecados son perdonados porque amó mucho

Mujer, tu fe te ha salvado (Lc 7,36ss; cf. Lc 19,1-10;  Jn 21,15-20).

   No pongamos límites al perdón-acogida practicado por Jesús…

ni hagamos del sacramento de la reconciliación una carga pesada.

 

Reunidos en la persona de Jesús


   Es bueno realizar ciertas concentraciones masivas, pero no basta.

Muy diferente son las pequeñas comunidades, pues, el mismo Jesús

está presente donde dos o tres se reúnen en su nombre, en su persona.

Estas pequeñas comunidades tienen su raíz en la primitiva Iglesia,

de ellas nos habla el libro de los Hechos (2,42-47;  4,32-35).

Oigamos también las enseñanzas y experiencias de nuestros obispos:

*En estas comunidades, aunque sean pequeñas y pobres o que vivan

en la dispersión, está presente Cristo (Concilio Vaticano II, LG, 26).

*El esfuerzo pastoral de la Iglesia debe orientarse a transformar

esas comunidades en “familia de Dios”, en foco de evangelización

y en factor primordial de promoción humana (Medellín, XV, n.10).

*En las Comunidades Eclesiales de Base hay: relación personal…

aceptación de la Palabra de Dios… revisión de vida…

reflexión sobre la realidad a la luz del Evangelio… (Puebla, n. 629).

*Las Comunidades Eclesiales de Base tienen la Palabra de Dios

como fuente de su espiritualidad… despliegan su compromiso

evangelizador y misionero entre los más sencillos y alejados…

son expresión visible de la opción preferencial por los pobres

es fuente de variados servicios en la sociedad (Aparecida, 179) J.C.A


ESTÁ ENTRE NOSOTROS


   Aunque las palabras de Jesús, recogidas por Mateo, son de gran importancia para la vida de las comunidades cristianas, pocas veces atraen la atención de comentaristas y predicadores. Esta es la promesa de Jesús: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

   Jesús no está pensando en celebraciones masivas como las de la Plaza de San Pedro en Roma. Aunque solo sean dos o tres, allí está Él en medio de ellos. No es necesario que esté presente la jerarquía, no hace falta que sean muchos los reunidos.

   Lo importante es que “estén reunidos”, no dispersos, ni enfrentados: que no vivan descalificándose unos a otros. Lo decisivo es que se reúnan “en su nombre”: que escuchen su llamada, que vivan identificados con su proyecto del Reino de Dios. Que Jesús sea el centro de su pequeño grupo.

   Esta presencia viva y real de Jesús es la que ha de animar, guiar y sostener a las pequeñas comunidades de sus seguidores. Es Jesús quien ha de alentar su oración, sus celebraciones, proyectos y actividades. Esta presencia es el “secreto” de toda comunidad cristiana viva.

   Los cristianos no podemos reunirnos hoy en nuestros grupos y comunidades de cualquier manera: por costumbre, por inercia o para cumplir unas obligaciones religiosas. Seremos muchos o, tal vez, pocos. Pero lo importante es que nos reunamos en su nombre, atraídos por su persona y por su proyecto de hacer un mundo más humano.

   Hemos de reavivar la conciencia de que somos comunidades de Jesús. Nos reunimos para escuchar su Evangelio, para mantener vivo su recuerdo, para contagiarnos de su Espíritu, para acoger en nosotros su alegría y su paz, para anunciar su Buena Noticia.

   El futuro de la fe cristiana dependerá en buena parte de lo que hagamos los cristianos en nuestras comunidades concretas las próximas décadas. No basta lo que pueda hacer el Papa Francisco en el Vaticano. No podemos tampoco poner nuestra esperanza en el puñado de sacerdotes que puedan ordenarse los próximos años. Nuestra única esperanza es Jesucristo.

   Somos nosotros los que hemos de centrar nuestras comunidades cristianas en la persona de Jesús como la única fuerza capaz de regenerar nuestra fe gastada y rutinaria. El único capaz de atraer a los hombres y mujeres de hoy. El único capaz de engendrar una fe nueva en estos tiempos de incredulidad. La renovación de las instancias centrales de la Iglesia es urgente. Los decretos de reformas, necesarios. Pero nada tan decisivo como el volver con radicalidad a Jesucristo.


José Antonio Pagola (2014)


 

 

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