Miércoles, 22 de Noviembre del 2017
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28º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A: 15 de octubre del 2017
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DIOS INVITA A TODOS


   El mensaje de la parábola de este domingo tiene dos partes,

y está centrado en conocer y participar en el Reino de Dios.

   Para ello, Dios invita a todos, pero hay personajes que le rechazan.

En cambio, los despreciados aceptan y participan del banquete.

   El vestido de fiesta no es un adorno externo para lucirse,

se trata de revestirnos de Jesús para amar a Dios y amar al prójimo.

 

Vengan, el banquete ya está preparado


   Jesús recorre pueblos y ciudades predicando el Reino de Dios.

Este Reino -de amor y de vida- es como un banquete,

al que todos están invitados: malos y buenos… ricos y pobres…

   Esta invitación es anunciada con palabras y también con obras.

Por eso, Jesús: -comparte el pan con las personas que sufren hambre,

-sana a los enfermos abandonados, -acoge y perdona a los pecadores.

   Ahora bien, la respuesta a esta invitación puede ser un o un no,

todo depende del uso que hagamos de nuestra libertad.

Por ejemplo, en la parábola, algunos invitados no quieren ir

otros, en cambio, no hacen caso porque prefieren sus negocios…

y no faltan quienes maltratan y asesinan a los servidores del rey…

   Hoy, muchos que formamos parte de una comunidad cristiana,

aprovechamos ciertas ventajas (privilegios, poder, dominio…);

sin vivir conforme al Evangelio, anunciado y practicado por Jesús.

*¿Hasta cuándo “el capitalismo salvaje” seguirá maltratando

y asesinando a los indefensos, dando preferencia al “dios-dinero”?

*¿Por qué preferimos acumular cosas, refugiarnos en el placer,

depender de las drogas; en vez de oír la invitación que Dios nos hace?

*¿Es justo que se siga saqueando, envenenando y destruyendo

los bienes que nos ofrece la Pacha Mama, nuestra Madre Tierra?

   Que nuestra participación en la Cena del Señor, nos comprometa

a trabajar para que el pan y el vino que ofrecemos, sean fruto:

de una tierra fértil e incontaminada, y de un trabajo humano digno.



Salgan a los caminos e inviten a todos los que encuentren


   El banquete está listo pero los invitados no han sido dignos.

Dios no se desanima. Sus servidores irán a los cruces de los caminos,

para buscar e invitar al banquete de bodas: a los malos y buenos

a los pobres, hambrientos, sedientos, enfermos, forasteros, desnudos.

   Jamás debemos olvidar que Dios es un Padre misericordioso que:

*Levanta de la basura al pobre y eleva al necesitado (Sal 113,7).

*Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes,

colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos (Lc 1).

   Es por eso que Jesús nos dice: Cuando ofrezcas un banquete,

invita a los pobres, inválidos, cojos, ciegos; y tú serás feliz,

porque ellos no tienen con qué pagarte (Lc 14,13s).

   Para comprender plenamente la celebración de la Cena del Señor,

tengamos presente que en las comidas realizadas por Jesús,

muchos publicanos y pecadores estaban con Él, en la misma mesa;

porque son los enfermos los que tienen necesidad de médico,

y Él vino a llamar no a los justos sino a los pecadores (Mt 9,12s).

Lo mismo hace el padre que tiene dos hijos: ofrece un gran banquete

cuando vuelve su hijo menor…esto irritó al hijo mayor (Lc 15,11-32).

  

Amigo, ¿cómo has entrado sin el vestido de fiesta?


   Para entrar en un templo se aconseja o se exige un vestido digno.

Pero el vestido del que habla la parábola va en otra dirección,

debemos revestirnos de Jesús, como lo dice el apóstol san Pablo:

*Ustedes saben en qué tiempos vivimos y que ya es hora de despertar.

La salvación está ahora más cerca que cuando empezamos a creer…

Dejemos, pues, las obras de las tinieblas y revistámonos de la luz,

para actuar dignamente como en pleno día.

Basta ya de banquetes con borracheras, de inmoralidades y vicios,

de pleitos y envidias; al contrario revístanse del Señor Jesucristo,

y no se dejen conducir por los deseos de la carne (Rom 13,11-14).

*Como elegidos de Dios, consagrados y amados, revístanse:

de compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia.

Si alguien tiene motivo de queja contra otro,

sopórtense los unos a los otros y perdónense mutuamente.

Así como el Señor les perdonó también ustedes perdonen a los demás.

Pero, por encima de todo esto, revístanse del amor,

que es el vínculo de la perfección (Col 3,12-14; cf. Apc 19,7s). J.C.A


INVITACIÓN


   Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se celebraban en las aldeas. Sin duda, Él mismo tomó parte en más de una. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a una boda y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete de bodas?

   Este recuerdo vivido desde niño le ayudó en algún momento a comunicar su experiencia de Dios de una manera nueva y sorprendente. Según Jesús, Dios está preparando un banquete final para todos sus hijos pues a todos los quiere ver sentados, junto a Él, disfrutando para siempre de una vida plenamente dichosa.

   Podemos decir que Jesús entendió su vida entera como una gran invitación a una fiesta final en nombre de Dios. Por eso, Jesús no impone nada a la fuerza, no presiona a nadie. Anuncia la Buena Noticia de Dios, despierta la confianza en el Padre, enciende en los corazones la esperanza. A todos les ha de llegar su invitación.

   ¿Qué ha sido de esta invitación de Dios? ¿Quién la anuncia? ¿Quién la escucha? ¿Dónde se habla en la Iglesia de esta fiesta final? Satisfechos con nuestro bienestar, sordos a lo que no sea nuestros intereses inmediatos, nos parece que ya no necesitamos de Dios ¿Nos acostumbraremos poco a poco a vivir sin necesidad de alimentar una esperanza última?

   Jesús era realista. Sabía que la invitación de Dios puede ser rechazada. En la parábola de “los invitados a la boda” se habla de diversas reacciones de los invitados. Unos rechazan la invitación de manera consciente y rotunda: “no quisieron ir”. Otros responden con absoluta indiferencia: “no hicieron caso”. Les importan más sus tierras y negocios.

   Pero, según la parábola, Dios no se desalienta. Por encima de todo, habrá una fiesta final. El deseo de Dios es que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso, hay que ir a “los cruces de los caminos”, por donde caminan tantas gentes errantes, que viven sin esperanza y sin futuro. La Iglesia ha de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el Evangelio de Jesús.

   El papa Francisco está preocupado por una predicación que se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia. El mayor peligro está según él en que ya no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener olor a Evangelio.


 

José Antonio Pagola (2014)

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