Miércoles, 17 de Enero del 2018
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1º Domingo de Adviento, ciclo B: 3 de diciembre del 2017
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ESTÉN  VIGILANTES


   Jesús narra a sus discípulos una breve pero significativa parábola,

para explicarles que ha llegado su hora, el momento de ausentarse.

   Pero, antes de morir crucificado, quiere dejar la casa organizada.

Por eso, dirigiéndose a sus seguidores -su nueva familia- (Mc 3,31ss),

Jesús da a cada uno su tarea, y pide que estén atentos y vigilantes.

 

El dueño de casa da a cada uno su tarea


   En aquella época, entre los seguidores/as de Jesús están:

-varios pescadores de Galilea (Mc 1,16ss),

-un cobrador de impuestos para el imperio romano (Mc 2,13ss),

-los Doce, entre ellos Judas Iscariote que le traicionó (Mc 3,13ss),

-el ciego de Jericó que recuperó la capacidad de ver (Mc 10,46ss),

-varias mujeres que le acompañaron hasta el Calvario (Mc 15,40ss).

   De esta manera, Jesús formó una familia, una comunidad,

no para que realicen ceremonias religiosas rutinarias,

sino para que oigan la Palabra de Dios y la practiquen (Lc 8,21),

y anuncien el Reino de Dios y sanen a los enfermos (Mc 6,12s).

   Anunciar el Reino y sanar enfermos, no fue fácil para Jesús.

Por ejemplo, después que sana a un hombre (era un día sábado),

los fariseos y herodianos buscan matar a Jesús (Mc 3,1ss).

También, cuando Jesús vuelve a Nazaret y enseña en la sinagoga,

sus paisanos y parientes no creen en Él, sorprendidos preguntan:

¿No es éste el carpintero, el hijo de María?... (Mc 6,1ss).

   Desde su experiencia, el Profeta de Nazaret nos sigue diciendo:

*Si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo,

cargue con su cruz y sígame. El que quiere salvar su vida la perderá,

y el que la pierda por mí y por el Evangelio, la salvará (Mc 8,34ss).  

*Les entregarán a los tribunales, les azotarán en las sinagogas.

Por mi causa serán llevados ante los gobernados y reyes,

así podrán dar testimonio de mí delante de ellos. Pero antes,

se anunciará el Evangelio a todas las naciones (Mc 13,9ss).


Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: Vigilen


   Han pasado muchos siglos desde que Jesús pronunció este mensaje.

Adviento -que significa venida- es algo más que cuatro semanas…

Debe ser un tiempo permanente de vigilancia y espera,

pues Jesús viene constantemente en sus hermanos/as excluidos.

   Hoy ¿permanecemos vigilantes en la tarea que Jesús nos confió?

Sería lamentable formar parte de una comunidad cristiana dormida:

-incapaz de ver el sufrimiento… y de oír el lamento de los pobres,

-preocupada por los adornos superfluos y el consumismo material,

-esclava del “cumplo-y-miento” de  costumbres humanas.

   Para Jesús, vigilar es servir a sus hermanos y hermanas:

hambrientos, sedientos, inmigrantes, desnudos, enfermos, presos.

¿Qué nos impide sacar de nuestros corazones la indiferencia?

   Vigilar es ir a las verdaderas causas de tanta pobreza y miseria.

Pues, es un escándalo que en países con tantos millones de cristianos,

siga creciendo el abismo que hay entre ricos cada vez más ricos,

a costa de pobres cada vez más pobres (DP, 1979, n.30).

   Vigilar es hacer realidad una verdadera comunidad, donde todos:

vivamos como hijos de Dios y como hermanos entre nosotros.

Solo así, desde el fondo del corazón diremos la oración de los pobres:

Padre nuestro… Danos hoy nuestro pan de cada día... (Mt 6,9ss).

Hace falta compartir para que no haya ningún necesitado (Hch 4,34).

   Vigilar es purificar nuestros templos del escándalo de los precios:

bautismo, tanto; misa, tanto… lo dice el Papa (21 nov. 2014).

Que nuestra Eucaristía -insiste el Papa Francisco (8 nov. 2017)-

no sea un espectáculo… donde se ve tantos celulares elevados.

   Vigilar es sentir que la Madre Tierra está gravemente herida.

Todos somos culpables de contaminar los lagos, los ríos y el mar…

Sin embargo, tienen más responsabilidad los grandes empresarios,

que no escuchan el clamor de la tierra, ni el clamor de los pobres.

   Vigilar es permanecer despiertos para anunciar el Reino de Dios,

no solo con palabras… sino con el testimonio de nuestras obras,

haciendo buen uso de nuestros ojos, oídos, labios, manos y pies.

Ojos que ven el sufrimiento que hay cerca y lejos de nosotros.

Oídos que escuchan el lamento de las personas despreciadas.

Labios que anuncian el Reino de Dios y su justicia.

Manos que construyen una Iglesia pobre entre los pobres.

Pies que caminan por ciudades y pueblos para dar vida.  J. Castillo A


LA CASA DE JESÚS



   Jesús está en Jerusalén, sentado en el monte de Los Olivos, mirando hacia el Templo y conversando, confidencialmente, con cuatro discípulos: Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Los ve preocupados por saber cuándo llegará el final de los tiempos. A Él, por el contrario, le preocupa cómo vivirán sus seguidores cuando ya no le tengan entre ellos.

   Por eso, una vez más les descubre su inquietud: Mirad, vivid despiertos. Después, dejando de lado el lenguaje terrorífico de los visionarios apocalípticos, les cuenta una pequeña parábola que ha pasado casi desapercibida entre los cristianos.

   Un señor se fue de viaje y dejó su casa. Pero, antes de ausentarse, confió a cada uno de sus criados su tarea. Al despedirse, solo les insistió en una cosa: Vigilad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa. Que cuando venga, no os encuentre dormidos.

   El relato sugiere que los seguidores de Jesús formarán una familia. La Iglesia será “la casa de Jesús” que sustituirá a “la casa de Israel”. En ella todos son  servidores. No hay señores. Todos vivirán esperando al único Señor de la casa: Jesús el Cristo. No lo olvidarán jamás.

   En la casa de Jesús nadie ha de permanecer pasivo. Nadie se ha de sentir excluido, sin responsabilidad alguna. Todos son necesarios. Todos tienen alguna misión confiada por Él. Todos están llamados a contribuir a la gran tarea de vivir como Jesús al que han conocido siempre dedicado al servicio del Reino de Dios.

   Los años irán pasando. ¿Se mantendrá vivo el espíritu de Jesús entre los suyos? ¿Seguirán recordando su estilo servicial a los más necesitados y desvalidos? ¿Le seguirán por el camino abierto por Él? Su gran preocupación es que su Iglesia se duerma. Por eso, les insiste hasta tres veces: vivid despiertos. No es una recomendación a los cuatro discípulos que lo están escuchando, sino un mandato a los creyentes de todos los tiempos: Lo que os digo a vosotros, os lo digo a todos: velad.

   El rasgo más generalizado de los cristianos que no han abandonado la Iglesia es, seguramente, la pasividad. Durante siglos hemos educado a los fieles para la sumisión y la obediencia. En la casa de Jesús solo una minoría se siente hoy con alguna responsabilidad eclesial.

   Ha llegado el momento de reaccionar. No podemos seguir aumentando aún más la distancia entre “los que mandan” y “los que obedecen”. Es pecado promover el desafecto, la mutua exclusión o la pasividad. Jesús nos quería ver a todos despiertos, activos, colaborando con lucidez y responsabilidad.                                    José Antonio Pagola (2011)

 

 

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