Miércoles, 17 de Enero del 2018
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3º Domingo de Adviento, ciclo B: 17 de diciembre del 2017
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TESTIMONIO DE JUAN BAUTISTA

   Juan Bautista no es el Mesías… ni Elías… ni el Profeta esperado.

Para predicar y bautizar no tiene autorización de los sacerdotes,

ni de los escribas y fariseos que han puesto pesadas cargas al pueblo.

   Juan tiene un título: es un hombre enviado por Dios (Jn 1,6), para:

-Dar testimonio de la luz… -Ser la voz que grita en el desierto

-Bautizar con agua… -Anunciar que Jesús está entre nosotros…

 

Yo soy la voz que grita en el desierto

   El profeta Juan -voz que grita en el desierto-

al final de su vida sigue dando testimonio de Jesús, cuando proclama:

Mi alegría es perfecta, que Él crezca y yo disminuya (Jn 3,29s).

   Más tarde, con la fuerza del Espíritu Santo, Pedro y los Doce dicen:

No podemos callar lo que hemos visto y oído (Hch 4,20).

   En nuestra historia encontramos intrépidos misioneros y laicos,

quienes -con voz profética- defendieron a los Indios. Por ejemplo:

*En 1511, Fr. Antonio de Montesinos predica a los colonizadores

diciendo: Yo que soy la voz de Cristo en el desierto de esta Isla.

¿Con qué derecho y justicia tienen en tan cruel y horrible

servidumbre a estos indios?... ¿Éstos, no son personas humanas?...

*En 1550, Fr. Domingo de Santo Tomás escribe al Rey informándole:

Se ha descubierto una boca del infierno (minas de Potosí, Bolivia),

por la cual entra -cada año- gran cantidad de indios pobres,

que la codicia de los españoles sacrifica a su dios.

*En 1559, Fr. Bartolomé de Las Casas hace esta profética denuncia:

Dejo en las Indias a Jesucristo, nuestro Dios, azotado y afligido,

abofeteado y crucificado, no una vez, sino millares de veces.

*Mons. Oscar Romero, en su última homilía (23/III/1980), proclama:

Que el Señor me dé la palabra oportuna

para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento,

y aunque siga siendo una voz que clama en el desierto,

sé que la Iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir con su misión.

En medio de ustedes hay uno a quien no conocen

   En el desierto, el profeta Juan predica un bautismo de conversión.

La gente que acude a bautizarse le pregunta: ¿Qué debemos hacer?

Su respuesta va a lo esencial, practicar la justicia y el amor:

-Vestir: El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene.

-Dar de comer: Quien tenga qué comer haga lo mismo (Lc 3,10s).

Recordemos una vez más las palabras que Jesús dirá “aquel día”:

Vengan, bendecidos por mi Padre, reciban el Reino… Porque:

tuve hambre y me dieron de comer…estaba desnudo y me vistieron

Sin embargo, Con nosotros está y no le conocemos.

                      Con nosotros está. Su nombre es “El Señor”.

Su nombre es el Señor y pasa hambre,

y clama por la boca del hambriento,

y muchos que lo ven pasan de largo,

acaso por llegar temprano al templo.

   Actualmente, se realizan bautismos para todos los gustos:

particular o comunitario… con Misa o sin ella… todo depende

del arancel, del estipendio (cantidad de dinero que se da).

Qué diferente el bautismo de Jesús: No pide una ceremonia especial,

ni alquila un vestido o busca adornos superfluos, como hacemos hoy.

Él es pobre, vive pobre y se bautiza con el pueblo pobre (Lc 3,21).

Ciertamente, en medio de nosotros hay uno a quien no conocemos.

   En nuestras comunidades cristianas, encontramos creyentes que:

-repiten de memoria algunas frases o verdades del Credo…

-observan algunos mandamientos… -practican ciertas devociones…

No se esfuerzan por conocer la persona de Jesús, su mensaje y obras;

en otras palabras, para ellos Jesús es un perfecto desconocido.

   Si queremos encontrar a Jesús en medio de nosotros,

esforcémonos por buscarlo entre sus hermanos y hermanas,

que soportan el peso intolerable de la pobreza y de la miseria.

Para ello, una comunidad cristiana, auténticamente profética,

debe: -renunciar a las ataduras del poder temporal y económico,

-denunciar las injusticias y desigualdades sociales, y

-anunciar la liberación integral, que viene a ser el paso

de una vida menos humana, a una vida más humana (PP, 20s).

Solo así, guiados por el Espíritu Santo (1ª lectura), anunciaremos:

Buena Noticia a los que sufren… Alivio a las personas afligidas…

Liberación a los cautivos…Libertad a los prisioneros…J. Castillo A

TESTIGOS DE JESÚS

   La fe cristiana ha nacido del encuentro sorprendente que ha vivido un grupo de hombres y mujeres con Jesús. Todo comienza cuando estos discípulos y discípulas se ponen en contacto con Él y experimentan “la cercanía salvadora de Dios”. Esa experiencia liberadora, transformadora y humanizadora que viven con Jesús es la que ha desencadenado todo.

   Su fe se despierta en medio de dudas, incertidumbres y malentendidos mientras le siguen por los caminos de Galilea. Queda herida por la cobardía y la negación cuando es ejecutado en la cruz. Se reafirma y vuelve contagiosa cuando lo experimentan lleno de vida después de su muerte.

   Si, a lo largo de los años, esta experiencia no se contagia y se transmite de unas generaciones a otras, se introduce en la historia del cristianismo una ruptura trágica. Los obispos y presbíteros siguen predicando el mensaje cristiano. Los teólogos escriben estudios teológicos. Los pastores administran los sacramentos. Pero, si no hay testigos capaces de contagiar algo de lo que se vivió al comienzo con Jesús, falta lo esencial, lo único que puede mantener viva la fe en Él.

   En nuestras comunidades estamos necesitados de estos testigos de Jesús. La figura del Bautista, abriéndole camino en medio del pueblo judío, nos anima a despertar hoy en la Iglesia esta vocación tan necesaria. En medio de la oscuridad de nuestros tiempos necesitamos “testigos” de la luz que nos llega desde Jesús.

   Creyentes que despierten el deseo de Jesús y hagan creíble su mensaje. Cristianos que, con su experiencia personal, su espíritu y su palabra, faciliten el encuentro con Él. Seguidores que lo rescaten del olvido para hacerlo más visible entre nosotros.

   Testigos humildes que, al estilo del Bautista, no se atribuyan ninguna función que centre la atención en su persona, robándole protagonismo a Jesús. Seguidores que no lo suplanten ni lo eclipsen. Cristianos sostenidos y animados por Él que dejan entrever tras sus gestos y sus palabras la presencia inconfundible de Jesús, vivo en medio de nosotros.

   Los testigos de Jesús no hablan de sí mismos. Su palabra más importante es siempre la que le dejan decir a Jesús. En realidad el testigo no tiene la palabra. Es  solo “una voz” que anima a todos a “allanar” el camino que nos puede llevar a Él. La fe de nuestras comunidades se sostiene también hoy en la experiencia de esos testigos humildes y sencillos que, en medio de tanto desaliento y desconcierto, ponen luz, pues nos ayudan con su vida a sentir la cercanía de Jesús.                                     

 

José Antonio Pagola (2011)

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