Miércoles, 17 de Enero del 2018
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2º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo B: 14 de enero del 2018
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SEGUIR A JESÚS POBRE

   Juan es el profeta del desierto… allí bautiza a Jesús de Nazaret...

y allí forma discípulos para que sigan a Jesús, el Cordero de Dios,

que viene a liberarnos de la esclavitud,  la opresión, la injusticia.

   Aquellos primeros discípulos no buscan una nueva doctrina,

buscan seguir a Jesús, el Profeta de Nazaret… y a vivir como vive Él.

   Hoy en día, ¿seguimos a Jesús practicando sus enseñanzas y obras,

o preferimos repetir ciertas costumbres humanas ajenas al Evangelio?

 

Jesús pregunta: ¿qué buscan?

   A los dos discípulos de Juan que le siguen, Jesús les pregunta:

¿Qué buscan? Esta pregunta vale también para nosotros:

¿Qué buscamos los devotos del Niño Jesús, en este mes de enero?

¿Qué buscamos al ir a ciertas ceremonias… o reuniones religiosas?

¿Qué buscamos al solicitar: bautismo… misa… matrimonio…?

¿Qué buscamos cuando nos dejamos arrastrar por el consumismo?

¿Qué buscan los países ricos al invertir dinero en los países pobres?

¿Qué buscan los empresarios cuando amontonan oro, plata, cobre…

a costa del clamor de la tierra y del clamor de los pobres? (LS, 49).

   Muy diferente el interés que tienen los primeros discípulos de Jesús,

van a lo esencial, buscan a una persona, a un Maestro para seguirle.

   Generalmente, los expertos utilizan palabras complicadas

que solo entienden otros expertos… viajan por muchos lugares…

ofrecen las mismas recetas… no permiten que otros crezcan…  

   La manera cómo enseña el Maestro Jesús, va por otro camino:

Sus enseñanzas están respaldadas por el testimonio de su vida,

y responden a las aspiraciones más profundas de la gente.

Su lenguaje es sencillo, al alcance de todos los que le oyen.

Su mensaje irradia: vida y amor, verdad y libertad, justicia y paz.

Ciertamente, enseña con autoridad y no como los escribas (Mt 7,29).

Muchos “expertos” -de ayer y de hoy- no estarán de acuerdo con Él,

pero no podrán decir que no le han entendido.

Maestro, ¿dónde vives?

   ¿Qué nos impide hacer, actualmente, la misma pregunta?

¿Seremos consecuentes cuando Jesús nos diga: Vengan y lo verán

    Recordemos: Jesús nace pobre en un establo y vive pobremente:

el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Mt 8,20).

Si alguna vez acepta comer en casa de un jefe fariseo es para decirle:

Cuando des un banquete, invita a los pobres, los inválidos, los cojos,

los ciegos; y tú serás feliz, pues ellos no pueden pagarte (Lc 14,13s).

Él vino a este mundo para dar vida y vida en abundancia (Jn  10,10).

Jesús da vida: anunciando el Reino de Dios y su justicia

compartiendo el pan con las personas que sufren hambre…

sanando a los enfermos despreciados… perdonando a los pecadores.

   Para los discípulos de Cristo -nos dice el Papa Francisco-

la pobreza es ante todo vocación para seguir a Jesús pobre.

Es un caminar detrás de Él y con Él (1ª JMP, 19 nov. 2017).

   Los dos discípulos de Juan Bautista, que empiezan a seguir a Jesús,

ven dónde vive… y, desde ese día, se quedan con Él.

   Ver y quedarse con Jesús nos lleva a una experiencia más profunda:

Padre, quiero que ellos estén conmigo, donde yo voy a estar;

para que vean mi gloria, la gloria que Tú me has dado (Jn 17,24).

 

Hemos encontrado a Jesús de Nazaret

   Andrés -uno de los dos discípulos- busca a su hermano Simón,

y comparte con él la experiencia de vivir con Jesús, diciéndole:

Hemos encontrado al Mesías, al Cristo. Y se lo presenta a Jesús.

   Al día siguiente, Felipe, busca a Natanael (Bartolomé) y le dice:

Hemos hallado a Aquel de quien escribió Moisés y los profetas,

es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret… Luego Natanael exclama:

Maestro, tú eres el Hijo de Dios, el rey de Israel (Jn 1,43ss).

   También la samaritana corre al pueblo para decir a sus paisanos:

Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que yo hice.

¿No será éste el Cristo?... En aquel pueblo muchos creyeron en Jesús

por las palabras de la mujer… Los samaritanos acudieron a Jesús

y le rogaron que se quedara con ellos (Jn 4,28ss).

   Nuestros Obispos reunidos en Aparecida (en el 2007) nos dicen:

Conocer a Jesús por la fe es nuestro gozo. Seguirle es una gracia.

Transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor,

al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado (DA, n.18 y 32). J. Castillo

¿QUÉ BUSCAMOS EN JESÚS?

      El evangelista Juan narra los humildes comienzos del pequeño grupo de seguidores de Jesús. Su relato comienza de manera misteriosa. Se nos dice que Jesús “pasaba”. No sabemos de dónde viene ni adónde se dirige. No se detiene junto al Bautista. Va más lejos que su mundo religioso del desierto. Por eso Juan indica a sus discípulos que se fijen en Él: “Éste es el Cordero de Dios”.

      Jesús viene de Dios, no con poder y gloria, sino como un cordero indefenso e inerme. Nunca se impondrá por la fuerza, a nadie forzará a creer en Él. Un día será sacrificado en una cruz. Los que quieran seguirle lo habrán de acoger libremente.

      Los dos discípulos que han escuchado al Bautista comienzan a seguir a Jesús sin decir palabra. Hay algo en Él que los atrae, aunque todavía no saben quién es ni hacia dónde los lleva. Sin embargo, para seguir a Jesús no basta escuchar lo que otros dicen de Él. Es necesaria una experiencia personal.

      Por eso, Jesús se vuelve y les hace una pregunta muy importante: ‘¿Qué buscáis?’. Estas son las primeras palabras de Jesús a quienes lo siguen. No se puede caminar tras sus pasos de cualquier manera. ¿Qué esperamos de Él? ¿Por qué le seguimos? ¿Qué buscamos?

      Aquellos hombres no saben adónde los puede llevar la aventura de seguir a Jesús, pero intuyen que puede enseñarles algo que aún no conocen: “Maestro, ¿dónde vives?” No buscan en Él grandes doctrinas. Quieren que les enseñe dónde vive, cómo vive, y para qué. Desean que les enseñe a vivir. Jesús les dice: “Venid y lo veréis”.

      En la Iglesia y fuera de ella, son bastantes los que viven hoy perdidos en el laberinto de la vida, sin caminos y sin orientación. Algunos comienzan a sentir con fuerza la necesidad de aprender a vivir de manera diferente, más humana, más sana y más digna. Encontrarse con Jesús puede ser para ellos la gran noticia.

      Es difícil acercarse a ese Jesús narrado en los evangelios sin sentirnos atraídos por su persona. Jesús abre un horizonte nuevo a nuestra vida. Enseña a vivir desde un Dios que quiere para nosotros lo mejor. Poco a poco nos va liberando de engaños, miedos y egoísmos que nos están bloqueando.
       Quien se pone en camino tras Él comienza a recuperar la alegría y la sensibilidad hacia los que sufren. Empieza a vivir con más verdad y generosidad, con más sentido y esperanza. Cuando uno se encuentra con Jesús tiene la sensación de que empieza por fin a vivir la vida desde su raíz, pues comienza a vivir desde un Dios bueno, más humano, más amigo y salvador que todas nuestras teorías. Todo empieza a ser diferente. 

José Antonio Pagola (2012)

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