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Comentario del Evangelio Dominical, 7 de Octubre del 2012
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Domingo XXVII, Tiempo Ordinario, ciclo B: 7 octubre 2012

Génesis 2,18-24  -  Hebreos 2,9-11  -  Marcos 10,2-16

 

AL PRINCIPIO NO FUE ASÍ

 

Jesús y el matrimonio

En Israel, las parejas se casaban -generalmente- no por amor, sino por un ‘acuerdo social’ de los padres de ambos contrayentes. Un ejemplo: Abraham, siendo ya de edad avanzada llamó a su criado y le dijo: Cuando busques mujer para mi hijo Isaac no la escoges entre los cananeos, donde yo vivo, sino que irás a mi tierra natal y allí le buscarás esposa entre las mujeres de mi familia (Gen 24,1-53). Ahora bien, una vez casados el marido podía despedir a su esposa: Si un hombre se casa con una mujer y luego no le agrada, porque descubre en ella algún defecto notable; le escribirá el acta de divorcio, se la entregará y la echará de casa (Deut 24,1). Según estas costumbres, lo que más hacía sufrir a la esposa, no era el vivir al servicio de suesposo y de sus hijos, sino saber que su esposo la podía echar de casa y abandonarla.

Mientras Jesús camina hacia Jerusalén, llegan algunos fariseos y le preguntan de mala fe: ¿Puede el marido divorciarse de su mujer? La respuesta de Jesús sorprende a todos. Si el divorcio está en la Ley, es porque ustedes son duros de corazón… por su actitud machista. Sin embargo -dice Jesús- el proyecto original de Dios no fue así, pues Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. El matrimonio no es un encuentro de ‘objetos’… sino el encuentro de dos ‘personas’ que se hacen un solo ser. Entonces sí: Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre (Gen 1,27;  2,24). Dios no quiere superioridad del hombre, ni sumisión de la mujer.

¿Por qué, en nuestros días, son pocos los que se casan por la Iglesia? Y entre esos pocos, ¿se aman y respetan después durante toda la vida? ¿Bastará cumplir los requisitos y recibir unas charlas de preparación?

¿De qué habrá servido dar prioridad a tantos adornos superfluos? Terminada la ceremonia, ¿los esposos tienen acompañamiento de la comunidad cristiana, o viven abandonados como ovejas sin pastor?

Cuando la familia es objeto, en nuestros días, de tantas amenazas… ojalá atendamos a este campo tan importante, teniendo en cuenta que la evangelización depende, en gran parte, de la Iglesia doméstica.

Esto nos obliga también a formar a los jóvenes que optan por la vida matrimonial, para que asuman responsablemente la noble misión de ser, en su ambiente, familias evangelizadas y evangelizadoras.

Y sobre el divorcio, releamos el encuentro de Jesús con la samaritana, mujer cinco veces divorciada y, además, vivía en concubinato (Jn 4). ¿Qué haría Jesús, hoy, con los divorciados/as vueltos a casar?

 

Jesús y los niños

Después que Sara dio a luz a Isaac, pidió a su esposo Abraham que despidiera a su sierva egipcia Agar y a su hijo Ismael. Abraham se puso muy triste, pues Ismael era también su hijo. Un día, muy de madrugada,

Abraham tomó pan y un odre de agua, lo puso en los hombros de Agar y la despidió con el niño. Mientras caminaba sin rumbo por el desierto, se le acabó el agua. Entonces Agar dejó al niño debajo de un arbusto, se

apartó, se sentó a cierta distancia y exclamó: no puedo ver morir a mi hijo. Dios oyó el llanto del niño, llamó a Agar y le dijo: No tengas miedo, toma al niño, pues yo sacaré de él un gran pueblo (Gen 16 y 21,9-21).

Como buenos judíos, es muy probable que los discípulos de Jesús conocían la historia de la sierva Agar y de su hijo Ismael. Sin embargo, cuando unas madres trajeron a sus niños para que Jesús los tocara y bendijera, los discípulos comenzaron a reprenderlas. Jesús, al ver esto, se enojó y dijo: Dejen que los niños vengan a , porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Luego, los abrazaba y ponía sus manos sobre ellos para bendecirlos.

Hoy, Jesús nos pide acoger a sus hermanos pequeños y excluidos:

-niños con hambre que, frecuentemente, se van a dormir sin comer.

-niños con sed, porque pasan el día caminando y mendigando.

-niños sin hogar, huérfanos de padres vivos que se han divorciado.

-niños mal vestidos y con frío: buscan el calor de una mano generosa.

-niños enfermos, abandonados y condenados a morir antes de tiempo.

-niños prisioneros de la prostitución, pornografía, violencia… (Mt 25)      

Jesús nos pide también denunciar las causas de estas injusticias, y poner el hombro para construir una sociedad más humana y fraterna.

J. Castillo A.

CONTRA EL PODER DEL VARÓN

 

Los fariseos plantean a Jesús una pregunta para ponerlo a prueba. Esta vez no es una cuestión sin importancia, sino un hecho que hace sufrir mucho a las mujeres de Galilea y es motivo de vivas discusiones entre los seguidores de diversas escuelas rabínicas: ¿Le es lícito al varón divorciarse de su mujer?

No se trata del divorcio moderno que conocemos hoy, sino de la situación en que vivía la mujer judía dentro del matrimonio, controlado por el varón. Según la ley de Moisés, el marido podía romper el contrato matrimonial y expulsar de casa a su esposa. La mujer, por el contrario, sometida en todo al varón, no podía hacer lo mismo.

La respuesta de Jesús sorprende a todos. No entra en las discusiones de los rabinos. Invita a descubrir el proyecto original de Dios, que está por encima de leyes y normas. Esta ley ‘machista’, en concreto, se ha impuesto en el pueblo judío por la dureza de corazón de los varones que controlan a las mujeres y las someten a su voluntad.

Jesús ahonda en el misterio original del ser humano. Dios los ha creado varón y mujer. Los dos han sido creados en igualdad. Dios no ha creado al varón con poder sobre la mujer. No ha creado a la mujer sometida al varón. Entre varones y mujeres no ha de haber dominación por parte de nadie.

Desde esta estructura original del ser humano, Jesús ofrece una visión del  matrimonio que va más allá de todo lo establecido por la dureza de corazón de los varones. Mujeres y varones se unirán para ser una sola carne e iniciar una vida compartida en la mutua entrega sin imposición ni sumisión.

Este proyecto matrimonial es para Jesús la suprema expresión del amor humano. El varón no tiene derecho alguno a controlar a la mujer como si fuera su dueño. La mujer no ha de aceptar vivir sometida al varón. Es Dios mismo quien los atrae a vivir unidos por un amor libre y gratuito. Jesús concluye de manera rotunda: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el varón.

Con esta posición, Jesús está destruyendo de raíz el fundamento del patriarcado bajo todas sus formas de control, sometimiento e imposición del varón sobre la mujer. No solo en el matrimonio sino en cualquier institución civil o religiosa.

Hemos de escuchar el mensaje de Jesús. No es posible abrir caminos al Reino de Dios y su justicia sin luchar activamente contra el patriarcado. ¿Cuándo reaccionaremos en la Iglesia con energía evangélica contra tanto abuso, violencia y agresión del varón sobre la mujer? ¿Cuándo defenderemos a la mujer de la dureza de corazón de los varones?                                                                         José Antonio Pagola (2012)  

  

ACOGER A LOS PEQUEÑOS

 

El episodio parece insignificante. Sin embargo, encierra un trasfondo de gran importancia para los seguidores de Jesús. Según el relato de Marcos, algunos tratan de acercar a Jesús a unos niños y niñas que corretean por allí. Lo único que buscan es que aquel hombre de Dios los pueda tocar para comunicarles algo de su fuerza y de su vida. Al parecer, era una creencia popular.

Los discípulos se molestan y tratan de impedirlo. Pretenden levantar un cerco en torno a Jesús. Se atribuyen el poder de decidir quiénes pueden llegar hasta Jesús y quiénes no. Se interponen entre Él y los más pequeños, frágiles y necesitados de aquella sociedad. En vez de facilitar su acceso a Jesús, lo obstaculizan.

Se han olvidado ya del gesto de Jesús que, unos días antes, ha puesto en el centro del grupo a un niño para que aprendan bien que son los pequeños los que han de ser el centro de atención y cuidado de sus discípulos. Se han olvidado de cómo lo ha abrazado delante de todos, invitándoles a acogerlos en su nombre y con su mismo cariño.

Jesús se indigna. Aquel comportamiento de sus discípulos es intolerable. Enfadado, les da dos órdenes: Dejad que los niños se acerquen a mí. No se lo impidáis. ¿Quién les ha enseñado a actuar de una manera tan contraria a su Espíritu? Son, precisamente, los pequeños, débiles e indefensos, los primeros que han de tener abierto el acceso a Jesús.

La razón es muy profunda pues obedece a los designios del Padre: De los que son como ellos es el Reino de Dios. En el Reino de Dios y en el grupo de Jesús, los que molestan no son los pequeños, sino los grandes y poderosos, los que quieren dominar y ser los primeros.

El centro de su comunidad no ha de estar ocupado por personas fuertes y poderosas que se imponen a los demás desde arriba. En su comunidad se necesitan hombres y mujeres que buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los más débiles y necesitados.

El Reino de Dios no se difunde desde la imposición de los grandes sino desde la acogida y defensa a los pequeños. Donde éstos se convierten en el centro de atención y cuidado, ahí está llegando el Reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre.                                                                     J. A. Pagola (2009)



 

 

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