Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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Apocalipsis 7,2-14  -  1Juan 3,1-3  -  Mateo 5,1-12

 

BIENAVENTURADOS, FELICES, DICHOSOS…

Jesús sube a una montaña y enseña a sus discípulos diciéndoles:

Felices los pobres de espíritu, los que saben vivir con poco, confiando siempre en Dios. Dichosa una Iglesia con alma de pobre, porque tendrá menos problemas, estará más atenta a los necesitados

y vivirá el Evangelio con más libertad. De ella es el Reino de los cielos.

Felices los sufridos, los que viven con corazón benévolo y clemente. Dichosa una Iglesia llena de mansedumbre. Será un regalo para este mundo lleno de violencia. Ella heredará la tierra prometida.


Felices los que lloran porque padecen injustamente sufrimientos

y marginación. Con ellos haremos un mundo mejor y más digno.

Dichosa la Iglesia que sufre por ser fiel a Jesús.

Un día será consolada por Dios.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, los que no han perdido

el deseo de ser más justos ni el afán de hacer un mundo más digno.

Dichosa la Iglesia que busca con pasión el Reino de Dios

y su justicia. En ella alentará lo mejor del espíritu humano.

Un día su anhelo será saciado.

Felices los misericordiosos que actúan, trabajan y viven

movidos por la compasión. Son los que, en la tierra,

más se parecen al Padre del cielo.

Dichosa la Iglesia a la que Dios le arranca el corazón de piedra

y le da un corazón de carne. Ella alcanzará misericordia.

Felices los limpios de corazón, los que saben ver con el corazón.

Dichosa la Iglesia que acoge y sirve. Sus preferidos son los pobres,

viendo en ellos el rostro sufriente de Jesús. Un día ella verá a Dios.

Felices los que trabajan por la paz con paciencia y fe,

buscando el bien para todos.

Dichosa la Iglesia que introduce en el mundo paz y no discordia,

reconciliación y no enfrentamiento. Ella será hija de Dios.

Felices los que, perseguidos por causa de la justicia, responden con

mansedumbre a las injusticias y ofensas. Ellos nos ayudan a vencer

el mal con el bien. Dichosa la Iglesia perseguida por seguir a Jesús.

De ella es el Reino de los cielos.              José Antonio Pagola (2008)


BENDITOS…  MALDITOS…

Jesús no juzga ni condena, solo separa a los buenos de los malos.

Cada uno se salva o se condena por lo que hizo o ha dejado de hacer

por los hermanos de Jesús: los hambrientos, sedientos, emigrantes,

desnudos, enfermos, encarcelados (Mt 25,31-46).

Tengo hambre. Había un hombre rico, que se vestía con ropa fina

 y elegante; y todos los días ofrecía espléndidos banquetes.

Había también un pobre llamado Lázaro, cubierto de llagas,

y se sentaba en el suelo a la puerta de la casa del rico.

Ansiaba saciar su hambre con lo que caía de la mesa del rico.

-Señor, ¿cuándo te vimos hambriento? (Lc 16,19-31).

Tengo sed. Cualquiera que les dé a ustedes aunque solo sea

un vaso de agua por ser ustedes de Cristo, les aseguro que tendrá

su recompensa. -Señor, ¿cuándo te vimos sediento? (Mc 9,41).

Soy emigrante. José se levantó, tomó al niño y a su madre,

y salió con ellos de noche camino a Egipto; donde permanecieron

hasta que murió Herodes. Así se cumplió lo que anunció el Señor

por boca del profeta Oseas: De Egipto llamé a mi hijo.

-Señor, ¿cuándo te vimos emigrante? (Mt 2,13-15).

Estoy desnudo. Hermanos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe,

si no tiene obras? ¿Acaso le puede salvar la fe? Si un hermano

o hermana están desnudos y no tienen nada para comer,

y uno de ustedes les dice: Que les vaya bien, abríguense y coman

todo lo que quieran; sin darles lo que necesitan, ¿de qué sirve?

La fe sin obras está completamente muerta.

-Señor, ¿cuándo te vimos desnudo? (Stgo 2,14-17).

Estoy enfermo. Un hombre que iba de Jerusalén a Jericó fue asaltado

por unos bandidos, le desnudaron, le golpearon y se fueron dejándolo

medio muerto. Por casualidad, un sacerdote iba por el mismo camino

al verlo, dio un rodeo y siguió adelante. Lo mismo hizo un levita,

llegó a aquel lugar, lo vio, dio un rodeo y se pasó de largo.

-Señor, ¿cuándo te vimos enfermo? (Lc 10,25-37).

Estoy encarcelado. Herodes había mandado arrestar a Juan

y lo había encarcelado, por instigación de Herodías,

esposa de su hermano Felipe, con la que se había casado.

Juan le decía a Herodes: No debes tener como mujer a la esposa

de tu hermano. Por eso, Herodías odiaba a Juan y quería matarlo.

-Señor, ¿cuándo te vimos encarcelado? (Mc 6,17-18).      J. Castillo A

 


 

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