Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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10º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo B: 10 de junio del 2018
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LA NUEVA FAMILIA DE JESÚS

   Las enseñanzas y obras de Jesús ponen en peligro los privilegios

de quienes tienen poder económico, político y religioso. Todos estos,

rechazan a Jesús, le acusan y, después, deciden que sea crucificado.

   Cuando Jesús vuelve “a casa”, otra vez se reúne mucha gente.

En eso, llegan sus parientes para llevárseloa su casa” (de Nazaret),

pero Jesús les dice que su nueva familia hace la voluntad de Dios.

  

A Jesús le rechazan por predicar y sanar enfermos

   Desde que Jesús empieza a anunciar el Reino y sanar enfermos,

los escribas, fariseos y sumos sacerdotes le rechazan, por ejemplo:

   Cuando Jesús dice al paralítico: Tus pecados quedan perdonados,

algunos escribas piensan que sus palabras ofenden a Dios (Mc 2,1ss).

   Mientras comen en casa de Leví, los escribas preguntan:

¿Por qué come con publicanos y pecadores? (Mc 2,13ss).

   Cuando sus discípulos arrancan espigas de trigo (Mc 2,23ss),

los escribas le dicen a Jesús: Eso no se puede hacer en sábado.

   En la sinagoga de Cafarnaúm, un sábado, Jesús sana a un enfermo.

De inmediato, fariseos y herodianos buscan eliminarlo (Mc 3,1-6).

   Más tarde, Jesús anuncia que sufrirá mucho, será rechazado,

morirá y al tercer día resucitará (Mc 8,31;   9,30ss;   10,32ss).

   Dos días antes de la Fiesta pascual, los escribas y sumos sacerdotes

buscan detener a Jesús y darle muerte (Mc 14,1).

   Cuando arrestan a Jesús, todos huyen y le abandonan (Mc 14,50).

   Por estos y otros motivos, Jesús es rechazado y como dice san Juan:

Vino a los suyos y los suyos no le recibieron (Jn 1,11), porque:

*Él es el Hijo amado de Dios, a quien debemos escuchar (Mc 9,11).

*Se opone a ciertas costumbres para dar vida a los enfermos (Mc 3,4).

*Jamás estuvo al lado de quienes amontonan riquezas (Mc 10,24).

   También sus seguidores/as serán rechazados y perseguidos:

Los entregarán a las autoridades… los azotarán en las sinagogas…

los llevarán ante los reyes… para que sean mis testigos (Mc 13,9ss).

La nueva familia de Jesús

   Su nueva familia son los hombres y las mujeres que le buscan

oyen sus enseñanzas... hacen la voluntad del Padre celestial…:

*El pueblo está reunido delante de la puerta (de la casa de Pedro),

  y Jesús sana a muchos enfermos de diversas dolencias (Mc 1,32ss).

*Cuando Jesús va a las orillas del lago de Galilea,

  toda la gente va a verlo, y Él les vuelve a enseñar (Mc 2,13).

*Al oír lo que hace Jesús, una gran multitud acude a Él (Mc 3,8).

*Vuelve a casa y se reúne tanta gente que no podía ni comer (3,22).

*En otra oportunidad, Jesús se pone a enseñar a orillas del lago,

  y se reúne tanta gente que tuvo que subir a una barca (Mc 4,1).

*Cuando Jesús regresa en la barca al otro lado del lago,

de nuevo se reúne en torno a Él mucha gente (Mc5,21).

   Muy diferente la actitud de sus familiares y paisanos de Nazaret:

*Cuando sus parientes se enteran de todo esto,

fueron a llevárselo, pues decían que se había vuelto loco (Mc 3,21).

*Un sábado Jesús enseña en la sinagoga de su pueblo (Nazaret).

Muchos le oyen y se preguntan extrañados:

¿Dónde aprendió tantas cosas? ¿Qué pensar de su sabiduría?

¿Cómo explicar los milagros que hace con sus manos?

¿No es este el carpintero, el hijo de María…?

¿Sus hermanos no viven aquí, con nosotros? No creían en Él.

Como respuesta, Jesús dice: En todas partes se honra a un profeta,

menos en su tierra, entre sus parientes y en su propia casa (Mc 6,4).

   Cuando le dicen: Tu madre, tus hermanos y hermanas te buscan,  

Jesús -mirando a las personas que están a su alrededor-

les responde: El que hace la voluntad de Dios,

ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Al respecto, recordemos lo que Jesús anuncia en el sermón del monte:

No el que me dice; ¡Señor! ¡Señor!, entrará en el Reino de Dios,

sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial (Mt 7,21).

Y, justamente, Jesús quiere que nos amemos unos a otros (Jn 13,34s),

para que no haya entre nosotros ningún necesitado (Hch 4,34).

Tengamos presente también, el siguiente texto de Santiago (1,27):

La religión verdadera y perfecta delante de Dios nuestro Padre,

consiste en ayudar a huérfanos y viudas en sus necesidades,

y no dejarse contaminar por la corrupción de este mundo.  J. Castillo

 

LA FUERZA SANADORA DEL ESPÍRITU

   El hombre contemporáneo se está acostumbrando a vivir sin responder a la cuestión más vital de su vida: por qué y para qué vivir. Lo grave es que, cuando la persona pierde todo contacto con su propia interioridad y misterio, la vida cae en la trivialidad y el sinsentido.

   Se vive entonces de impresiones, en la superficie de las cosas y de los acontecimientos, desarrollando solo la apariencia de la vida. Probablemente, esta banalización de la vida es la raíz más importante de la increencia de no pocos.

   Cuando el ser humano vive sin interioridad, pierde el respeto por la vida, por las personas y las cosas. Pero, sobre todo, se incapacita para “escuchar” el misterio que se encierra en lo más hondo de la existencia.

   El hombre de hoy se resiste a la profundidad. No está dispuesto a cuidar su vida interior. Pero comienza a sentirse insatisfecho: intuye que necesita algo que la vida de cada día no le proporciona. En esa insatisfacción puede estar el comienzo de su salvación.

   El gran teólogo Paul Tillich decía que solo el Espíritu nos puede ayudar a descubrir de nuevo “el camino de lo profundo”. Por el contrario, pecar contra ese Espíritu Santo sería “cargar con nuestro pecado para siempre”.

   El Espíritu puede despertar en nosotros el deseo de luchar por algo más noble y mejor que lo trivial de cada día. Puede darnos la audacia necesaria para iniciar un trabajo interior en nosotros.

   El Espíritu puede hacer brotar una alegría diferente en nuestro corazón; puede vivificar nuestra vida envejecida; puede encender en nosotros el amor incluso hacia aquellos por los que no sentimos hoy el menor interés.

   El Espíritu es “una fuerza que actúa en nosotros y que no es nuestra”. Es el mismo Dios inspirando y transformando nuestras vidas. Nadie puede decir que no está habitado por ese Espíritu. Lo importante es no apagarlo, avivar su fuego, hacer que arda purificando y renovando nuestra vida. Tal vez, hemos de comenzar por invocar a Dios con el salmista: No apartes de mí tu Espíritu.

José Antonio Pagola (2009)

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