Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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14º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo B: 8 de julio del 2018
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A JESÚS LE DESPRECIAN EN SU TIERRA

   Cuando Jesús vuelve a Nazaret, su tierra natal,

sus paisanos y familiares, que le han visto crecer en medio de ellos,

no pueden creer que Dios se manifiesta en lo humilde y en lo débil.

   Actualmente, ¿valoramos la sabiduría de la gente sencilla?

¿Somos capaces de aceptar la fuerza evangelizadora de los pobres?  

 

¿No es éste el carpintero?

   No olvidemos que en una sociedad enferma se considera enfermo,

precisamente, a la persona sana. Y esto es lo que sucede con Jesús.

   Cuando Él vuelve a Nazaret, acompañado de sus discípulos,

un sábado va a la sinagoga y se pone a enseñar a la gente.

Sus paisanos que le escuchan, se escandalizan y preguntan:

¿De dónde saca esa sabiduría y ese poder de sanar? Y, le desprecian

sin decir su nombre: ¿No es éste el carpintero, el hijo de María?

A Jesús le desprecian también porque come con pecadores (Mc 2,16)

y, además, porque Él da más importancia a la vida del ser humano,

y no a la observancia rutinaria del descanso sabático (Mc 3,1-6).

   En nuestra sociedad injusta y racista,  hace falta valorar:

la milenaria sabiduría del Hombre Andino y Amazónico,

que busca salvar la vida de sus semejantes y de la madre tierra.

Sin embargo, los que tienen el poder económico, político y militar,

responden criminalizando toda protesta y persiguiendo a los líderes.

   Hace falta hacer realidad lo que dijeron nuestros obispos en Puebla:

El compromiso con los pobres y los oprimidos

y el surgimiento de las Comunidades de Base,

han ayudado a la Iglesia a descubrir

el potencial evangelizador de los pobres,

en cuanto ellos la interpelan constantemente,

llamándola a la conversión; y porque muchos de ellos

realizan en su vida los valores evangélicos de: solidaridad, servicio,

sencillez y disponibilidad para acoger el don de Dios (n.1147). 

Un profeta es despreciado en su tierra

   Jesús para darnos vida plena: toma la condición de servidor

se hace semejante a los seres humanos… se humilla

haciéndose obediente hasta la muerte en una cruz (Fil 2,6ss).

   Desde esta opción, Jesús tiene autoridad moral para denunciar:

la hipocresía de los escribas que: andan con amplios ropajes,

les encanta ser saludados, buscan los primeros asientos y puestos,

hacen oraciones para devorar los bienes de las viudas (Mc 12,38ss).        

   Por todo esto, los vecinos de Nazaret rechazan a Jesús, porque

conocen ciertos aspectos de su vida, pero no lo que realmente es.

Además, Él no “adoctrina” como hacen los escribas y fariseos,

sino que enseña con autoridad… y sana a los enfermos (Mc 1,21ss).

   Jesús que vino a liberar a los oprimidos, es rechazado por su pueblo

que sigue oprimido por funcionarios de la religión y los terratenientes.

   Al decir que un profeta es despreciado en su tierra y en su casa,

Jesús afirma públicamente que es Profeta y, al mismo tiempo,

se coloca en la larga lista de los profetas despreciados por el pueblo,

pues la misión del profeta, generalmente, trae consigo persecuciones:

   En la primera lectura de hoy, Dios le dice al profeta Ezequiel:

Hijo de hombre, yo te envío a Israel, pueblo rebelde… Esto les dirás,

te escuchen o no, sabrán que hay un profeta en medio de ellos.

   Así sucede con el profeta Amós, a quien el sacerdote Amasías dice:

¡Vete de aquí!, si quieres ganarte la vida profetizando hazlo en Judá.

No profetices aquí en Betel, donde está el templo real (Am 7,12s).

   Jesús deja Nazaret y sigue enseñando a sus discípulos:

El que a ustedes escucha a mí me escucha,

el que a ustedes desprecia a mí me desprecia;

y quien me desprecia, desprecia al Padre que me envió (Lc 10,16).

   Pablo también da testimonio de los momentos dolorosos que sufrió:

El tiempo que pasó en la cárcel. Los azotes y pedradas que recibió.

Las veces que estuvo al borde de la muerte. Los peligros al viajar,

con hambre y sed, con frío y sin abrigo… (2Cor 11,22ss).

Y, desde esta experiencia, escribe: No apaguen el fuego del Espíritu.

No desprecien el don de profecía (1Tes 5,19s).

   No tengamos miedo a dar la vida, porque como dice Tertuliano

(155-220): La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos.

   Felices ustedes cuando los hombres les odien, expulsen, insulten,

y desprecien su nombre a causa del Hijo del Hombre (Lc 6,22). JCA

 

RECHAZADO ENTRE LOS SUYOS

   Jesús no es un sacerdote del Templo, ocupado en cuidar y promover la religión. Tampoco lo confunde nadie con un maestro de la Ley, dedicado a defender la Ley de Moisés. Los campesinos de Galilea ven en sus gestos curadores y en sus palabras de fuego la actuación de un profeta movido por el Espíritu de Dios.

   Jesús sabe que le espera una vida difícil y conflictiva. Los dirigentes religiosos se le enfrentarán. Es el destino de todo profeta. No sospecha todavía que será rechazado precisamente entre los suyos, los que mejor lo conocen desde niño.

   El rechazo de Jesús en su pueblo de Nazaret era muy comentado entre los primeros cristianos. Tres evangelistas recogen el episodio con todo detalle. Según Marcos, Jesús llega a Nazaret acompañado de un grupo de discípulos y con fama de profeta curador. Sus vecinos no saben qué pensar.

   Al llegar el sábado, Jesús entra en la pequeña sinagoga del pueblo y empieza a enseñar. Sus vecinos y familiares apenas le escuchan. Entre ellos nacen toda clase de preguntas. Conocen a Jesús desde niño: es un vecino más. ¿Dónde ha aprendido ese mensaje sorprendente del Reino de Dios? ¿De quién ha recibido esa fuerza para curar? Marcos dice que todo les resultaba escandaloso. ¿Por qué?

   Aquellos campesinos creen que lo saben todo de Jesús. Se han hecho una idea de Él desde niños. En lugar de acogerlo tal como se presenta ante ellos, quedan bloqueados por la imagen que tienen de Él. Esa imagen les impide abrirse al misterio que se encierra en Jesús. Se resisten a descubrir en Él la cercanía salvadora de Dios.

   Pero hay algo más. Acogerlo como profeta significa estar dispuestos a escuchar el mensaje que les dirige en nombre de Dios. Y esto puede traerles problemas. Ellos tienen su sinagoga, sus libros sagrados y sus tradiciones. Viven con paz su religión. La presencia profética de Jesús puede romper la tranquilidad de la aldea.

   Los cristianos tenemos imágenes bastante diferentes de Jesús. No todas coinciden con la que tenían los que le conocieron de cerca y le siguieron. Cada uno nos hacemos nuestra idea de Él. Esta imagen condiciona nuestra forma de vivir la fe. Si nuestra imagen de Jesús es pobre, parcial o distorsionada, nuestra fe será pobre, parcial o distorsionada.

   ¿Por qué nos esforzamos tan poco en conocer a Jesús? ¿Por qué nos escandaliza recordar sus rasgos humanos? ¿Por qué nos resistimos a confesar que Dios se ha encarnado en un Profeta? ¿Tal vez intuimos que su vida profética nos obligaría a transformar profundamente su Iglesia?

José Antonio Pagola (2012)

 

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