Sábado, 6 de Marzo del 2021
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17¬ Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo B: 29 de julio del 2018
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DAR DESDE NUESTRA POBREZA

   Jesús y sus discípulos pasan a la otra orilla del lago de Galilea.

Al ver a más de cinco mil personas, Jesús no permanece indiferente,

piensa en el hambre que tienen y, gracias a la generosidad de un joven,

bendice y reparte los cinco panes de cebada y los dos pescados.

   Hoy, ¿qué hemos hecho de la Buena Noticia que Jesús anunció?

 

¿Dónde compraremos pan para darles de comer?

   A esta pregunta de Jesús, Felipe responde con cierto pesimismo:

el salario de doscientos días no basta para darles un pedazo de pan.

Tenemos recursos suficientes para solucionar este problema,

sin embargo, hay culpables que solo buscan amontonar dinero,

a costa del hambre de millones de niños, jóvenes y adultos.

   Al respecto, meditemos en el siguiente texto del Eclesiástico:

Robar algo a los pobres y ofrecérselo a Dios

es como matar un hijo delante de su padre.

La vida del pobre depende del poco pan que tiene,

quien se lo quita, es un asesino.

Quitarle el sustento al prójimo es como matarlo,

no dar al obrero el salario justo es quitarle la vida (34,20ss).

   El Papa Francisco, en Santa Cruz, Bolivia (9 julio 2015), pregunta:

¿Qué puedo hacer yo, artesano, vendedor ambulante, transportista,

trabajador excluido si ni siquiera tengo derechos laborales?

¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador que apenas

puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones?

¿Qué puedo hacer yo, desde mi villa, mi chabola, mi población,

mi rancherío cuando soy diariamente discriminado y marginado?...

  El Papa responde: Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes,

los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho.

   Ciertamente, los pobres, los insignificantes, los despreciados…

pueden hacer mucho, como aquel joven del Evangelio de hoy,

que desde su pobreza comparte todo lo que tiene.

Aquí hay un joven que tiene cinco panes y dos pescados

   Aquel joven (no sabemos su nombre) da todo lo que tiene:

cinco panes de cebada -el pan de los pobres- y dos pescados.

Lo mismo hace la pobre viuda, en el templo de Jerusalén,

desde su pobreza, da todo lo que tiene para vivir (Mc 12,41ss).

   Cuando el joven rico se va triste, Jesús dice a sus discípulos:

Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja,

que para un rico entrar en el Reino de Dios.

Y ante el asombro de sus discípulos, Jesús añade:

Para los hombres es imposible, pero no para Dios (Mc 10,23-27).

La conversión de Zaqueo es un claro ejemplo (Lc 19,1-10).

   Por eso, para Jesús el centro de su mensaje es compartir el pan,

con sus hermanos y hermanas que tienen hambre… (Mt 25,31ss).

 

Jesús toma los panes, da gracias y los reparte

   Hablar de pan es hablar de salud, educación, vivienda, trabajo…

Para crear una sociedad fraterna, hace falta compartir, dar, recibir:

nadie es tan pobre que no puede dar, ni tan rico que no puede recibir.

   Las primeras comunidades cristianas se caracterizan precisamente:

Por tener una sola alma y un solo corazón

No había entre ellos ningún necesitado, porque lo que poseían

campos o casas los vendían, y entregaban el dinero a los apóstoles

quienes repartían a cada uno según su necesidad (Hch 4,32-35).

   En el siglo II, S. Justino dice que durante la celebración de la Misa:

Cada uno, según su voluntad, da lo que puede, para socorrer:

-a los huérfanos y a las viudas, -a los que por enfermedad

o por cualquier otra causa están necesitados, -a los encarcelados,

-a los forasteros de paso, -a cuantos padecen necesidad.

   Los santos Padres insisten: Alimenta al que muere de hambre,

porque si no lo alimentas lo asesinas (Vaticano II, GS, n.69).

   El Papa Francisco nos pide salir, partir, pasar a la otra orilla:

*Prefiero una Iglesia herida y manchada por salir a la calle,

antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad…

mientras fuera hay una multitud hambrienta

y Jesús nos repite sin cansarse: Denles ustedes de comer (EG, n.49).

*Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez

y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido,

hacia las periferias y las fronteras (GE, 2018, n.135). J. Castillo A.

  

EL GESTO DE UN JOVEN

   De todos los gestos realizados por Jesús durante su actividad profética, el más recordado por las primeras comunidades cristianas fue seguramente una comida multitudinaria organizada por Él en medio del campo, en las cercanías del lago de Galilea. Es el único episodio recogido en todos los evangelios.

   El contenido del relato es de una gran riqueza. Siguiendo su costumbre, el evangelio de Juan no lo llama “milagro” sino “signo”. Con ello nos invita a no quedarnos en los hechos que se narran, sino a descubrir desde la fe un sentido más profundo.

   Jesús ocupa el lugar central. Nadie le pide que intervenga. Es Él mismo quien intuye el hambre de aquella gente y plantea la necesidad de alimentarla. Es conmovedor saber que Jesús no solo alimentaba a la gente con la Buena Noticia de Dios, sino que le preocupaba también el hambre de sus hijos e hijas.

   ¿Cómo alimentar en medio del campo a una muchedumbre numerosa? Los discípulos no encuentran ninguna solución. Felipe dice que no se puede pensar en comprar pan, pues no tienen dinero. Andrés piensa que se podría compartir lo que haya, pero solo un muchacho tiene cinco panes y un par de peces. ¿Qué es eso para tantos?

   Para Jesús es suficiente. Ese joven, sin nombre ni rostro, va hacer posible lo que parece imposible. Su disponibilidad para compartir todo lo que tiene es el camino para alimentar a aquellas gentes. Jesús hará lo demás. Toma en sus manos los panes del joven, da gracias a Dios y comienza a “repartirlos” entre todos.

   La escena es fascinante. Una muchedumbre, sentada sobre la hierba verde del campo, compartiendo una comida gratuita, un día de primavera. No es un banquete de ricos. No hay vino ni carne. Es la comida sencilla de la gente que vive junto al lago: pan de cebada y pescado ahumado. Una comida fraterna servida por Jesús a todos gracias al gesto generoso de un joven.

   Esta comida compartida era para los primeros cristianos un símbolo atractivo de la comunidad nacida de Jesús para construir una humanidad nueva y fraterna. Les evocaba, al mismo tiempo, la eucaristía que celebraban el día del Señor para alimentarse del espíritu y la fuerza de Jesús, el Pan vivo venido de Dios.

   Pero nunca olvidaron el gesto del joven. Si hay hambre en el mundo, no es por escasez de alimentos sino por falta de solidaridad. Hay pan para todos, falta generosidad para compartir. Hemos dejado la marcha del mundo en manos del poder financiero, nos da miedo compartir lo que tenemos, y la gente se muere de hambre por nuestro egoísmo irracional.

José Antonio Pagola, 2012

 

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