Sábado, 6 de Marzo del 2021
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20║ Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo B: 19 de agosto del 2018
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HAMBRE Y SED DE VIDA PLENA

Al decir Jesús: El pan que yo doy es mi carne para la vida del mundo,

los judíos discuten entre ellos y preguntan: ¿Cómo puede este hombre

darnos a comer su carne? Jesús les responde con siete afirmaciones,

insistiendo en tres necesidades básicas: Comer… Beber… Vida…

*Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del Hombre

y no beben su sangre no tendrán Vida en ustedes.

   Para tener Vida plena (Jn 10,10), es necesario pasar:

de condiciones de vida menos humanas (miseria, opresión, injusticia),

a condiciones más humanas… hasta llegar -por la fe- a creer en Jesús,

quien nos llama a participar en la Vida de Dios (PP, 1967, nº 20-21).

   ¿Damos vida -como Jesús- a quienes carecen de lo necesario?

¿Vale más el oro, o la vida del ser humano creado a imagen de Dios?

*El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna,

y yo lo resucitaré en el último día.

   Mientras muchos vivimos como si nunca vamos a morir,

y morimos como si nunca hubieran vivido (Dalai Lama, 2014);

Jesús nos ofrece el camino de una Vida plena:

Yo soy la Resurrección y la Vida. Quien cree en mí,

aunque muera vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá (Jn 11,25).

    Al respecto, reflexionemos sobre la importancia del amor fraterno:

Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque

amamos a los hermanos. Quien no ama, permanece en la muerte.

Quien odia a su hermano es homicida,

y ya saben que ningún homicida posee la Vida eterna (1Jn 3,14s).

*Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

   La carne del cordero fue el alimento que dio fuerzas a los israelitas

para caminar hacia la liberación; y su sangre les salvó la vida (Ex 12).

   Cuando Jesús habla de su carne se refiere a su misma persona,

y al hablar de su sangre se refiere a su entrega total por nosotros:

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos (Jn 15,13).

*Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él.

   No basta decir que Jesús nos alimenta plenamente en la Eucaristía.

Es necesario que nosotros al comulgar acojamos esa donación

y digamos: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20).

   Solo así, no seremos indiferentes con los que sufren hambre y sed:

El que se ama a sí mismo se pierde,

el que pierde la vida en este mundo la conserva para la vida eterna.

El que quiera servirme, que me siga,

y donde yo estoy allí estará mi servidor (Jn 12,25s).

*Como el Padre que me ha enviado tiene Vida y yo vivo por Él,

así también quien me come vivirá por mí.

   Vida -con mayúscula- es la misma Vida de Dios, presente en Jesús,

y comunicada a todos nosotros para que tengamos Vida verdadera.

   En Jesús, vamos a encontrarnos con Alguien que da Vida plena:

Padre, la Vida eterna consiste en que te conozcan a ti,

el único Dios verdadero, y a Jesús a quien tú has enviado (Jn 17,3).

   Sabiendo que la gloria de Dios consiste en que el hombre viva,

¿podemos permanecer ciegos, sordos y mudos, cuando hay pobres

que buscan en la basura algo que tenga valor para sobrevivir?

*Este es el pan que ha bajado del cielo,

no es como el pan que comieron sus antepasados, y murieron.

   En el desierto Dios alimenta a su pueblo con pan o maná (Ex 16),

y al llegar la plenitud de los tiempos nos entrega a su Hijo único,

para que todos nosotros tengamos Vida plena (Jn 10,10).

   Ahora bien, Jesús que ha bajado del cielo está presente:

en sus hermanos hambrientos, sedientos,  enfermos, excluidos…

y, desde allí, anuncia la Buena Noticia del Reino de Dios que es Vida.

Pero, hay cristianos que no entienden que el amor a los pobres

está al centro del Evangelio (Papa Francisco, 28 de octubre 2014).  

*Quien come de este pan, vivirá para siempre.

   ¿Por qué muchos de nosotros hemos hecho de la Cena del Señor:

costumbre… rutina… devoción individual… reunión social…?

¿Para qué nos alimentamos con el Pan de Vida y Bebida de Salvación,

si después damos la espalda a las personas que sufren hambre y sed?

¿Qué nos impide rebelarnos contra tanta injusticia y corrupción,

y poner el hombro para construir una sociedad fraterna?  J. Castillo A

 

ALIMENTARNOS DE JESÚS

   Según el relato de Juan, una vez más los judíos, incapaces de ir más allá de lo físico y material, interrumpen a Jesús, escandalizados por el lenguaje agresivo que emplea: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús no retira su afirmación sino que da a sus palabras un contenido más profundo.

   El núcleo de su exposición nos permite adentrarnos en la experiencia que vivían las primeras comunidades cristianas al celebrar la eucaristía. Según Jesús, los discípulos no solo han de creer en Él, sino que han de alimentarse y nutrir su vida de su misma persona. La eucaristía es una experiencia central en sus seguidores de Jesús.

   Las palabras que siguen no hacen sino destacar su carácter fundamental e indispensable: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Si los discípulos no se alimentan de Él, podrán hacer y decir muchas cosas, pero no han de olvidar sus palabras: No tenéis vida en vosotros.

   Para tener vida dentro de nosotros necesitamos alimentarnos de Jesús, nutrirnos de su aliento vital, interiorizar sus actitudes y sus criterios de vida. Este es el secreto y la fuerza de la eucaristía. Solo lo conocen aquellos que comulgan con Él y se alimentan de su pasión por el Padre y de su amor a sus hijos.

   El lenguaje de Jesús es de gran fuerza expresiva. A quien sabe alimentarse de Él, le hace esta promesa: Ese habita en mí y yo en él. Quien se nutre de la eucaristía experimenta que su relación con Jesús no es algo externo. Jesús no es un modelo de vida que imitamos desde fuera. Alimenta nuestra vida desde dentro.

   Esta experiencia de “habitar” en Jesús y dejar que Jesús “habite” en nosotros puede transformar de raíz nuestra fe. Ese intercambio mutuo, esta comunión estrecha, difícil de expresar con palabras, constituye la verdadera relación del discípulo con Jesús. Esto es seguirle sostenidos por su fuerza vital.

   La vida que Jesús transmite a sus discípulos en la eucaristía es la que Él mismo recibe del Padre que es Fuente inagotable de vida plena. Una vida que no se extingue con nuestra muerte biológica. Por eso, Jesús se atreve a hacer esta promesa a los suyos: El que come este pan vivirá para siempre.

   Sin duda, el signo más grave de la crisis de la fe cristiana entre nosotros es el abandono tan generalizado de la eucaristía dominical. Para quien ama a Jesús es doloroso observar cómo la eucaristía va perdiendo su poder de atracción. Pero es más doloroso aún ver que desde la Iglesia asistimos a este hecho sin atrevernos a reaccionar. ¿Por qué?                                                 

José Antonio Pagola (2012)

 

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