Miércoles, 21 de Febrero del 2024
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PREPAREN EL CAMINO DEL SEÑOR
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II Domingo de Adviento (ciclo C): 9 de diciembre del 2012

Baruc 5, 1-9  -  Flp 1,4-11  -  Lc 3,1-6


Dios habla a Juan, hijo de Zacarías

Los personajes que cita Lucas son los más importantes de su tiempo, pero también son los responsables del sufrimiento de los pobres.

*Tiberio es la máxima autoridad del imperio romano, fue emperador del año 14 al 37; gobierna las naciones imponiendo la pax romana.

*El representante de Tiberio en Palestina es el gobernador Pilato.

Recordemos que desde el año 63 antes de Cristo, Roma invadió el pequeño país de la Palestina estableciendo una dura esclavitud.

Pilato es un personaje cruel e impopular (Lc 13,1-3).

*Antipas y Felipehijos de Herodes el grande, gobiernan Galilea e Iturea, respectivamente. Antipas que se había casado con Herodías la mujer de su hermano Felipe, ordena encarcelar y matar a Juan.

A los corruptos les incomoda las denuncias proféticas (Mc 6,17-29).

*Anás  es suegro de Caifás, éste fue sumo sacerdote del año 18 al 36;

viven en el barrio residencial ubicado en la parte alta de Jerusalén.

Más tarde, pedirán a Pilato crucificar a Jesús y para ello renegarán

de Dios diciendo: No tenemos más rey que al César (Jn 19,15).

Pilato, Antipas, Anás y Caifás tienen el poder político y religioso…

y más adelante condenarán a Jesús a morir crucificado (23,1-25).

En este ambiente de dudoso ‘orden’ nadie se preocupa de los pobres.

¿Quién se acuerda de las familias que en Galilea pierden sus tierras?

¿A dónde van a acudir, si desde el templo nadie los defiende?

¿Hay justicia para los excluidos que no tienen lugar en el imperio?

La Palabra de Dios no se oye en Cesarea donde reside Poncio Pilato,

ni el palacio de Herodes Antipas en la ciudad de Tiberíades,

tampoco se deja oír en el recinto sagrado del templo de Jerusalén.

Siendo el Camino de Dios muy diferente al camino de los poderosos,

Dios habla pero no en Roma… ni en Jerusalén… sino en el desierto.

Al cabo de unos 500 años en que el pueblo de Dios no tenía profetas,

aparece nuevamente uno, se llama Juan, es hijo de Zacarías e Isabel.

 

Una voz grita en el desierto

En el desierto, el profeta Juan predica un bautismo de conversión

Solo en el desierto se puede oír la voz de Dios para convertirnos,

pues se trata de cambiar nuestra manera de vivir y nuestra mentalidad.

Así lo hizo el pueblo de Dios a su salida de la esclavitud de Egipto,

peregrinó durante cuarenta años camino a la tierra prometida.

En el desierto las personas se ven obligadas a vivir con lo esencial,

no hay sitio para lo superfluo ni para acumular cosas y más cosas.

Hoy, en vez de construir muros que separan a ricos y pobres,

¿somos capaces, por ejemplo, de renunciar a tantas cosas superfluas,

para vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros?

Por eso, a continuación, el profeta Juan hace la siguiente denuncia:

¡Raza de víboras! ¿Quién les ha enseñado a escapar de la condena

que llega? Produzcan frutos de una sincera conversión, y no digan:

¡Somos descendientes de Abraham! Yo les digo que de estas piedras

Dios puede hacer surgir hijos de Abraham (Lc 3,7-9;  19,40).

Juan el Bautista anuncia también la llegada de Jesús, el Mesías.

Para ello, Lucas nos ofrece un excelente texto del profeta Isaías:

Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor… (40,3-5).

Desde el ‘desierto’ de nuestros pueblos y ciudades sube hasta el cielo

un clamor cada vez más impresionante. Es el grito de los que sufren

y piden: justicia, libertad, respeto a los derechos fundamentales.

Lamentablemente, como lo dice también el profeta Isaías:

Los guardianes de mi pueblo están ciegos y no se dan cuenta de nada.

Todos ellos son perros mudos que no pueden ladrar. Se pasan la vida

tirados en la cama, les encanta dormir. Son perros hambrientos

que nunca se llenan. Son pastores que no entienden nada, cada uno

sigue su propio camino, solo buscan sus propios intereses (Is 56,9-11).

En cambio si pudiéramos escuchar esos gritos, seremos capaces de oír

-en lo más hondo de nuestro ser- una llamada para nuestra conversión:

rellenar los valles… nivelar los cerros… enderezar lo torcido…

Señor, que todos los miembros de la Iglesia sepamos discernir

los signos de los tiempos y crezcamos en la fidelidad al Evangelio.

Que nos preocupemos de compartir -en la caridad-

las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas

de los hombres y mujeres, y así les mostremos el camino

de la salvación (Plegaria Eucarística V/c).                          J. Castillo A

 


ABRIR CAMINOS NUEVOS

Los primeros cristianos vieron en la actuación del Bautista al profeta que preparó decisivamente el camino a Jesús. Por eso, a lo largo de los siglos, el Bautista se ha convertido en una llamada que nos sigue urgiendo a preparar caminos que nos permitan acoger a Jesús entre nosotros.

Lucas ha resumido su mensaje con este grito tomado del profeta Isaías: Preparad el camino del Señor. ¿Cómo escuchar ese grito en la Iglesia de hoy?  ¿Cómo abrir caminos para que los hombres y mujeres de nuestro tiempo podamos encontrarnos con Él? ¿Cómo acogerlo en nuestras comunidades?

Lo primero es tomar conciencia de que necesitamos un contacto mucho más vivo con su persona. No es posible alimentarse solo de doctrina religiosa. No es posible seguir a un Jesús convertido en una sublime abstracción. Necesitamos sintonizar vitalmente con Él, dejarnos atraer por su estilo de vida, contagiarnos de su pasión por Dios y por el ser humano.

En medio del ‘desierto espiritual’ de la sociedad moderna, hemos de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde se acoge el Evangelio de Jesús. Vivir la experiencia de reunirnos creyentes, menos creyentes, poco creyentes e, incluso, no creyentes, en torno al relato evangélico de Jesús. Darle a Él la oportunidad de que penetre con su fuerza humanizadora en nuestros problemas, crisis, miedos y esperanzas.

No lo hemos de olvidar. En los evangelios no aprendemos doctrina académica sobre Jesús, destinada inevitablemente a envejecer a lo largo de los siglos. Aprendemos un estilo de vivir realizable en todos los tiempos y en todas las culturas: el estilo de vivir de Jesús. La doctrina no toca el corazón, no convierte ni enamora. Jesús sí.

La experiencia directa e inmediata con el relato evangélico nos hace nacer a una fe nueva, no por vía de ‘adoctrinamiento’ o de ‘aprendizaje teórico’, sino por el contacto vital con Jesús. Él nos enseña a vivir la fe, no por obligación sino por atracción. Nos hace vivir la vida cristiana, no como deber sino como contagio. En contacto con el Evangelio recuperamos nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús.

Recorriendo los evangelios experimentamos que la presencia invisible y silenciosa del Resucitado adquiere rasgos humanos y recobra voz concreta. De pronto todo cambia: podemos vivir acompañados por Alguien que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. El secreto de la ‘nueva evangelización’ consiste en ponernos en contacto directo e inmediato con Jesús. Sin Él no es posible engendrar una fe nueva.

José Antonio Pagola (2012)

 

EN EL MARCO DEL DESIERTO

Lucas tiene interés en precisar con detalle los nombres de los personajes que controlan en aquel momento las diferentes esferas del poder político y religioso. Ellos son quienes lo planifican y dirigen todo. Sin embargo, el acontecimiento decisivo de Jesucristo se prepara y acontece fuera de su ámbito de influencia y poder, sin que ellos se enteren ni decidan nada.

Así aparece siempre lo esencial en el mundo y en nuestras vidas. Así penetra en la historia humana la gracia y la salvación de Dios. Lo esencial no está en manos de los poderosos. Lucas dice escuetamente que la Palabra de Dios vino sobre Juan en el desierto, no en la Roma imperial ni en el recinto sagrado del Templo de Jerusalén.

En ninguna parte se puede escuchar mejor que en el desierto la llamada de Dios a cambiar el mundo. El desierto es el territorio de la verdad. El lugar donde se vive de lo esencial. No hay sitio para lo superfluo. No se puede vivir acumulando cosas sin necesidad. No es posible el lujo ni la ostentación. Lo decisivo es buscar el camino acertado para orientar la vida.

Por eso, algunos profetas añoraban tanto el desierto, símbolo de una vida más sencilla y mejor enraizada en lo esencial, una vida todavía sin distorsionar por tantas infidelidades a Dios y tantas injusticias con el pueblo. En este marco del desierto, el Bautista anuncia el símbolo grandioso del ‘Bautismo’, punto de partida de conversión, purificación, perdón e inicio de vida nueva.

¿Cómo responder hoy a esta llamada? El Bautista lo resume en una imagen tomada de Isaías: Preparad el camino del Señor. Nuestras vidas están sembradas de obstáculos y resistencias que impiden o dificultan la llegada de Dios a nuestros corazones y comunidades, a nuestra Iglesia y a nuestro mundo. Dios está siempre cerca. Somos nosotros los que hemos de abrir caminos para acogerlo encarnado en Jesús.

Las imágenes de Isaías invitan a compromisos muy básicos y fundamentales: cuidar mejor lo esencial sin distraernos en lo secundario; rectificar lo que hemos ido deformando entre todos; enderezar caminos torcidos; afrontar la verdad real de nuestras vidas para recuperar un talante de conversión. Hemos de cuidar bien los bautizos de nuestros niños, pero lo que necesitamos todos es un bautismo de conversión.     

J. A. Pagola (2009)

 



 

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