Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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8º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo C: 3 de marzo del 2019
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VER… GUIAR… DAR FRUTOS BUENOS


   El zorro -al despedirse- le da al Principito el siguiente consejo:

Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos

El tiempo que perdiste con tu rosa es la que le hace tan importante

   ¿Vemos con el corazón y hacemos algo por los hermanos de Jesús:

hambrientos, sedientos, desnudos, forasteros, enfermos, encarcelados?

 


Saca primero el tronco que tienes en tu propio ojo


Otro mundo es posible desde la Buena Noticia anunciada por Jesús.

Se trata de cambiar nuestra sociedad, desde sus raíces,

siguiendo el ejemplo y las enseñanzas del Profeta de Nazaret, a saber:

-Acabar con la idolatría: del dinero, del poder, del prestigio.

-Ayudar a los pobres que viven solos, empobrecidos, maltratados,

  explotados… por empresarios, autoridades y personas privadas.

-Dar prioridad al trabajo digno, techo decoroso, tierra para trabajar.

-Salvar la vida de nuestra madre tierra, la Pacha mama.

-Cambiar nuestra manera de pensar y de vivir, es decir, convertirnos.

   Para cambiar la sociedad, debemos empezar por nosotros mismos:

   Cuando era joven, quería cambiar el mundo.

Al ver que era difícil cambiar el mundo, intenté cambiar mi país.

Cuando me di cuenta que no podía cambiar mi país,

empecé a concentrarme en mi pueblo.

No pude cambiar mi pueblo, y ya adulto intenté cambiar mi familia.

Ahora ya viejo, veo que lo único que puedo cambiar es a mí mismo.

   Y de pronto me doy cuenta que,  

si hace mucho tiempo me hubiera cambiado a mí mismo,

podría haber tenido un impacto en mi familia.

Mi familia y yo habríamos tenido un impacto en nuestro pueblo.

Su impacto podría haber cambiado nuestro país

y así podría haber cambiado el mundo (Autor anónimo).

   Jesús nos dice: Ustedes son la sal de la tierra, dando sabor…

Ustedes son la luz del mundo, haciendo buenas obras… (Mt 5,13-16).


Cada árbol se conoce por su fruto


   A orillas del lago y desde una barca, Jesús enseña a la gente:

¡Escuchen con atención! Salió un sembrador a sembrar.

Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino…

Otras cayeron entre las piedras, donde había poca tierra…

Otras semillas cayeron entre los espinos…

El resto cayó en buena tierra, dando abundante cosecha…

Y Jesús añadió: Los que tengan oídos, oigan (Mc 4,1-20).

   La semilla es la Palabra de Dios… El sembrador es Jesucristo,

que anunció el Evangelio en Palestina hace más de dos mil años,

y envió a sus discípulos a sembrarlo en el mundo.

En aquella parábola, Jesús anuncia que la Buena Noticia del Reino

llega a pesar de las dificultades del terreno, de las tensiones,

de los conflictos y de los problemas del mundo.

Jesús hace una advertencia: solo en el corazón bien dispuesto

germina la Palabra de Dios (Directorio General de Catequesis, 15).

   La semilla bien cultivada -convertida en árbol- dará frutos buenos:

Ayer planté una semilla / bien regada la dejé,

tal vez estará llorando / por lo mal que la traté.

Tal vez estará diciendo / me muero en la oscuridad,

si yo nací para la vida / ¿por qué me habrán de enterrar?

Para qué entrar en discusiones / ahora no puede entender,

mañana cuando sea un árbol / me lo sabrá agradece/.

Tal vez entonces comprenda / que para su bien la enterré,

que hay siempre una noche oscura / para cada amanecer.

La vida es un largo surco / que abrió la mano de Dios,

semillita sepultada / buscamos la luz del sol.

La espera a veces es larga / y larga la soledad,

y hasta tememos a veces / si solo habrá oscuridad.

   Jesús -el campesino de Nazaret- desde su experiencia nos dice:

Levanten los ojos y vean que los trigales están maduros para la siega.

Yo les he enviado a cosechar donde ustedes no han trabajado.

Otros trabajaron y ustedes se benefician de sus esfuerzos (Jn 4,35s).

   Recordemos lo que dijo el Papa en Puerto Maldonado (18/I/2019):

Amen esta tierra. Siéntanla suya. Huélanla, escúchenla,

maravíllense de ella. Enamórense de esta tierra, cuídenla, defiéndanla.

No la usen como un simple objeto descartable, sino como un tesoro

Debemos amar la tierra y cuidarla, pues ella nos alimenta.   J. Castillo

 


LA FALTA DE VERDAD


   La veracidad ha sido siempre una preocupación importante en la educación. Lo hemos conocido desde niños. Nuestros padres y educadores podían “entender” todas nuestras travesuras, pero nos pedían ser sinceros. Nos querían hacer ver que “decir la verdad” es muy importante.

   Tenían razón. La verdad es uno de los pilares sobre los que se asienta la conciencia moral y la convivencia. Sin verdad no es posible vivir con dignidad. Sin verdad no es posible una convivencia justa. El ser humano se siente traicionado en una de sus exigencias más hondas.

  Hoy se condena con fuerza toda clase de atropellos y abusos, pero no siempre se denuncia con la misma energía la mentira con que se intenta enmascararlos. Y, sin embargo, las injusticias se alimentan siempre a sí mismas con la mentira. Solo falseando la realidad fue posible hace unos años llevar a cabo una guerra tan injusta como fue la agresión a Iraq.

   Sucede muchas veces. Los grupos de poder ponen en marcha múltiples mecanismos para dirigir la opinión pública y llevar a la sociedad hacia una determinada posición. Pero con frecuencia lo hacen ocultando la verdad y desfigurando los datos, de manera que las gentes llegan a vivir con una visión falseada de la realidad.

   Las consecuencias son muy graves. Cuando se oculta la verdad existe el riesgo de que vayan desapareciendo los contornos del “bien” y del “mal”. Ya no se puede distinguir con claridad lo “justo” de lo “injusto”. La mentira no deja ver los abusos. Somos como “ciegos” que tratan de guiar a otros “ciegos”.

   Frente a tantos falseamientos interesados siempre hay personas que tienen la mirada limpia y ven la realidad tal como es. Son los que están atentos al sufrimiento de los inocentes. Ellos ponen verdad en medio de tanta mentira. Ponen luz en medio de tanto oscuridad.


José Antonio Pagola (2001)

 

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