Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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17º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo C: 28 de julio del 2019
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SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR


   En la vida de Jesús, la oración ocupa un lugar fundamental,

recordemos que en medio de tantas actividades, Jesús se retira a orar.

   Por eso, cuando sus discípulos le dicen: Señor, enséñanos a orar,

Jesús responde enseñándoles la oración del Padre Nuestro,

que se puede resumir en dos frases: Amar a Dios y amar al prójimo.


 

Cuando oren digan: Padre


   El alimento de Jesús es hacer la voluntad del Padre (Jn 4,34).

Recordemos que la primera palabra del joven Jesús es Padre:

Debo de estar en la casa de mi Padre (Lc 2,49).

Y antes de morir crucificado, invoca al Padre diciéndole:

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46).

Desde esta experiencia, Jesús nos enseña: amar a Dios nuestro Padre,

y a imitarlo en su bondad, en su misericordia, en su compasión:  

Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes (Lc 6,36).

   Para invocar a Dios no necesitamos: dinero, templos, ceremonias...

cualquier lugar y cualquier momento son buenos para orar.

Supliquemos a Dios, como hacen los pobres que se acercan a Jesús:

-Señor, si quieres puedes sanarme… (Lc 5,12-16).

-Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros… (Lc 17,11-19).

-Jesús, hijo de David, ten piedad de mí…Haz que vea…(Lc 18,35-43).

   Ahora bien, si somos hijos de un mismo Padre (filiación),

debemos vivir y amarnos como verdaderos hermanos (fraternidad).

Sin embargo, ¿seguimos al Profeta de Nazaret que se preocupa:

por sanar a los enfermos… y alimentar a los hambrientos…?

¿Por qué damos más importancia a nuestras tradiciones y costumbres,

dejando de lado el llamado de Jesús que nos dice: Ven y sígueme?

   Ante los graves problemas que tenemos: corrupción, narcotráfico,

contaminación de la tierra, explotación de los nativos y campesinos…

al invocar: Padre, venga a nosotros tu Reino, comprometámonos:

por la verdad y la libertad, la justicia y la paz, el amor y la vida.


Danos cada día el pan que necesitamos


   Jesús no vive indiferente ante el grave problema del hambre.

Es por eso que nos enseña a orar: Padre, danos el pan de cada día.

Al respecto, sigamos reflexionando en los siguientes textos:

*María, la madre de Jesús, alaba a Dios diciendo:

Su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles (…).

Derriba del trono a los poderosos y eleva a los humildes.

Colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos (Lc 1).

*Jesús, al proclamar las bienaventuranzas, exclama:

Felices los que ahora tienen hambre, porque serán saciados (Lc 6,21).

*Al ver a más de cinco mil personas, Jesús dice a sus discípulos:

Denles ustedes de comer. Todos comieron hasta saciarse (Lc 9,10ss).

*A un jefe de los fariseos que le ha invitado a comer, Jesús le dice:

Cuando des una comida, invita a los pobres, mancos, cojos, ciegos;

y tú serás feliz porque ellos no pueden pagarte (Lc 14,13s).

*La situación del hijo menor, la encontramos actualmente

en aquellas personas que buscan en la basura algo que tenga valor:

Deseaba llenarse el estómago con lo que daban a los cerdos,

pero nadie le daba nada (Lc 15,16).

*Sobre el abismo que hay entre ricos y pobres, Jesús nos dice:

Había un hombre rico que vestía con ropa fina y ofrecía banquetes.

Echado a la puerta del rico estaba un pobre llamado Lázaro,

cubierto de llagas, quería saciarse con lo que caía de la mesa del rico

y hasta los perros iban para lamerle sus heridas (Lc 16,19ss).

*Habiendo anunciado el Reino de Dios, Jesús celebra una cena y dice:

Cuánto he deseado comer con ustedes esta cena Pascual (Lc 22,15).

   Para vivir dignamente, todos necesitamos el pan de cada día,

y -en lugar de acaparar- movidos por el consumismo egoísta,

hace falta compartir lo nuestro con las personas necesitadas.

*Si ves a un hambriento falto del alimento indispensable

y, sin preocuparte de su hambre, lo llevas a contemplar

una mesa adornada con vajilla de oro, ¿te dará las gracias por ello?,

¿no se indignará más bien contigo? (S. Juan Crisóstomo, 350-407).

*¿Puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? (Is 49,15).

*¿Puede un padre dar una piedra cuando su hijo le pide pan?

¿O darle un alacrán cuando le pide un huevo?

Si ustedes siendo malos, dan cosas buenas a sus hijos, cuánto más

el Padre les dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden.    J. Castillo


 

TRES LLAMADAS DE JESÚS


   Yo os digo: Pedid y se os dará. Buscad y hallaréis. Llamad y se os abrirá. Es fácil que Jesús haya pronunciado estas palabras cuando se movía por las aldeas de Galilea pidiendo algo de comer, buscando acogida y llamando a la puerta de los vecinos. Él sabía aprovechar las experiencias más sencillas de la vida para despertar la confianza de sus seguidores en el Padre Bueno de todos.

   Curiosamente, en ningún momento se nos dice qué hemos de pedir o buscar ni a qué puerta hemos de llamar. Lo importante para Jesús es la actitud. Ante el Padre hemos de vivir como pobres que piden lo que necesitan para vivir, como perdidos que buscan el camino que no conocen bien, como desvalidos que llaman a la puerta de Dios.

   Las tres llamadas de Jesús nos invitan a despertar la confianza en el Padre, pero lo hacen con matices diferentes. “Pedir” es la actitud propia del pobre. A Dios hemos de pedir lo que no nos podemos dar a nosotros mismos: el aliento de la vida, el perdón, la paz interior, la salvación. “Buscar” no es solo pedir. Es, además, dar pasos para conseguir lo que no está a nuestro alcance. Así hemos de buscar ante todo el Reino de Dios y su justicia: un mundo más humano y digno para todos. “Llamar” es dar golpes a la puerta, insistir, gritar a Dios cuando lo sentimos lejos.

   La confianza de Jesús en el Padre es absoluta. Quiere que sus seguidores no lo olviden nunca: El que pide, está recibiendo; el que busca, está hallando y al que llama, se le abre. Jesús no dice que reciben concretamente lo que están pidiendo, que encuentran lo que andan buscando o que alcanzan lo que gritan. Su promesa es otra: a quienes confían en Él, Dios se les da; quienes acuden a Él, reciben “cosas buenas”.

   Jesús no da explicaciones complicadas. Pone tres ejemplos que pueden entender los padres y las madres de todos los tiempos: ¿Qué padre o qué madre, cuando el hijo le pide una hogaza de pan, le da una piedra de forma redonda como las que pueden ver por los caminos? ¿O, si le pide un pez, le dará una de esas culebras de agua que a veces aparecen en las redes de pesca? ¿O, si le pide un huevo, le dará un escorpión apelotonado de los que se ven por la orilla del lago?

   Los padres no se burlan de sus hijos. No los engañan ni les dan algo que pueda hacerles daño sino “cosas buenas”. Jesús saca rápidamente la conclusión: Cuánto más vuestro Padre del cielo dará su Espíritu Santo a los que se lo pidan. Para Jesús, lo mejor que podemos pedir y recibir de Dios es su Aliento que sostiene y salva nuestra vida. 


José Antonio Pagola (2013)

 

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