Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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20º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo C: 18 de agosto del 2019
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FUEGO Y DIVISIÓN EN LA TIERRA


   Es injusto que las empresas multinacionales del “primer mundo”,

hacen en “continentes pobres” lo que no se les permite en sus países,

a saber, destruir nuestra casa común… y explotar a los pobres

   Ante éstas y otras injusticias, Jesús nos sigue diciendo:

Vine a prender fuego en el mundo… Vine a traer división en la tierra.

 

Vine a prender fuego en el mundo


   Jesús es signo de contradicción (Lc 2,34). Su mensaje viene a ser:

buena noticia para los pobres y mala noticia para los ricos (Lc 6,20ss).

¿Qué hacer cuando el actual modelo económico favorece a los ricos,

a costa de la vida de los pobres y destrucción de la tierra? (DA, 473).

   Para responder, tengamos presente las denuncias del Papa Francisco:

Las empresas multinacionales, al cesar sus actividades y retirarse,

dejan graves problemas: desocupación, pueblos sin vida,

agotamiento de algunas reservas naturales, deforestación,

empobrecimiento de la agricultura y ganadería local,

cráteres, cerros triturados, ríos contaminados,

y algunas obras sociales que ya no se pueden sostener (LS, n.51).

   Más adelante (en el nº 52), el Obispo de Roma añade:

La tierra de los pobres del Sur es rica y poco contaminada.

Sin embargo, el acceso a la propiedad de los bienes y recursos

para satisfacer sus necesidades vitales les está prohibido,

por un sistema perverso de relaciones comerciales y de propiedad.

Este sistema perverso busca eliminar no la pobreza sino a los pobres.

   Por éstas y muchas otras injusticias, dejémonos encender

por el fuego que lleva Jesús en su corazón, diciendo confiadamente:

Ven, Espíritu Santo… Llena los corazones de tus fieles,

y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Lava lo que está manchado. Riega lo que es árido.

Sana lo que está enfermo. Doblega lo que es rígido.

Calienta lo que es frío. Dirige lo que está extraviado.


Vine a traer división a la tierra


   Jesús sigue su camino a Jerusalén donde morirá crucificado.

Ante esta triste realidad que le espera, Jesús dice a sus discípulos:

¡Qué angustia siento hasta que esto se haya cumplido!

Luego añade: ¿Piensan que vine a traer paz a la tierra?

No he venido a traer la paz sino la división.

   La paz que Jesús nos ofrece va a crear división en la tierra,

porque su paz es diferente de la “paz” que imponen los corruptos:

*Todos ellos, grandes y pequeños, solo buscan riquezas mal habidas.

Profetas y sacerdotes se dedican a engañar.

Curan las heridas de mi pueblo diciendo: paz, paz,  y no hay paz.

Debería darles vergüenza de hacer esas cosas que no las soporto.

Pero ni siquiera tienen vergüenza, ni saben sonrojarse (Jr 6,13ss).

   Sobre la paz que Jesús nos da, nuestros obispos dijeron en Medellín:

*La paz es, ante todo, obra de la justicia.

Supone y exige la instauración de un orden justo

en el que las personas puedan realizarse como personas,

en donde su dignidad sea respetada,

sus legítimas aspiraciones satisfechas (…).

El paso de condiciones menos humanas a condiciones más humanas,

es el nombre nuevo de la paz.

*La paz, en segundo lugar, es un quehacer permanente.

El cristiano es artesano de la paz.

Esta tarea, dada la situación descrita anteriormente,

reviste un carácter especial en nuestro continente;

para ello, el Pueblo de Dios en América Latina,

siguiendo el ejemplo de Cristo deberá hacer frente

con audacia y valentía al egoísmo e injusticia personal y colectiva.

*La paz, finalmente, es fruto del amor.

La solidaridad humana se realiza verdaderamente en Cristo         

quien da la paz que el mundo no puede dar. El amor es el alma

de la justicia. El cristiano que trabaja por la justicia social

debe cultivar siempre la paz y el amor en su corazón.

La paz con Dios es el fundamento de la paz interior y de la paz social.

Por lo mismo, allí donde dicha paz social no existe,

allí donde hay injustas desigualdades sociales, políticas, económicas

y culturales, hay un rechazo del don de la paz del Señor,

más aún, un rechazo del Señor mismo (2 La Paz, n.14). J. Castillo A.

 


SIN FUEGO NO ES POSIBLE


   En un estilo claramente profético, Jesús resume su vida entera con unas palabras insólitas: Yo he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo! ¿De qué está hablando Jesús? El carácter enigmático de su lenguaje conduce a los exegetas a buscar la respuesta en diferentes direcciones. En cualquier caso, la imagen del “fuego” nos está invitando a acercarnos a su misterio de manera más ardiente y apasionada.

   El fuego que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Jamás podrá ser desvelado ese amor insondable que anima su vida entera. Su misterio no quedará nunca encerrado en fórmulas dogmáticas ni en libros de sabios. Nadie escribirá un libro definitivo sobre Él. Jesús atrae y quema, turba y purifica. Nadie podrá seguirlo con el corazón apagado o con piedad aburrida.

   Su palabra hace arder los corazones. Se ofrece amistosamente a los más excluidos, despierta la esperanza en las prostitutas y la confianza en los pecadores más despreciados, lucha contra todo lo que hace daño al ser humano. Combate los formalismos religiosos, los rigorismos inhumanos y las interpretaciones estrechas de la ley. Nada ni nadie puede encadenar su libertad para hacer el bien. Nunca podremos seguirlo viviendo en la rutina religiosa o el convencionalismo de “lo correcto”.

   Jesús enciende los conflictos, no los apaga. No ha venido a traer falsa tranquilidad, sino tensiones, enfrentamiento y divisiones. En realidad, introduce el conflicto en nuestro propio corazón. No es posible defenderse de su llamada tras el escudo de ritos religiosos o prácticas sociales. Ninguna religión nos protegerá de su mirada. Ningún agnosticismo nos librará de su desafío. Jesús nos está llamando a vivir en verdad y a amar sin egoísmos.

   Su fuego no ha quedado apagado al sumergirse en las aguas profundas de la muerte. Resucitado a una vida nueva, su Espíritu sigue ardiendo a lo largo de la historia. Los primeros seguidores lo sienten arder en sus corazones cuando escuchan sus palabras mientras camina junto a ellos.

   ¿Dónde es posible sentir hoy ese fuego de Jesús? ¿Dónde podemos experimentar la fuerza  de su libertad creadora? ¿Cuándo arden nuestros corazones al acoger su Evangelio? ¿Dónde se vive de manera apasionada siguiendo sus pasos? Aunque la fe cristiana parece extinguirse hoy entre nosotros, el fuego traído por Jesús al mundo sigue ardiendo bajo las cenizas. No podemos dejar que se apague. Sin fuego en el corazón no es posible seguir a Jesús.


José Antonio Pagola (2013)

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