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CONVERSIÓN Y MISERICORDIA
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III Domingo de Cuaresma (ciclo C): 3 de marzo del 2013

Ex 3,1-8. 13-15  -  1Cor 10,1-6.10-12  -  Lc 13,1-9

 

CONVERSIÓN Y MISERICORDIA

 

Las desgracias que ocurren por obra humana o por desastres naturales,

no son castigos de Dios como muchas veces escuchamos decir.

Todos somos hijos de un Padre misericordioso que hace salir el sol

sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos (Mt 5,45)

 

Conversión: don de Dios y tarea humana

Entre los años de 1980 al 2000, los peruanos hemos vivido un tiempo

de vergüenza y deshonra, ocasionado por el conflicto armado interno.

Fueron más de 70 mil niños, jóvenes, adultos y ancianos que fueron

torturados, asesinados o desaparecidos por las organizaciones

subversivas (SL y MRTA) y por agentes del Estado (FF.AA. y PNP).

También fue escandaloso que gran parte de la población peruana

con su indiferencia no hizo nada por impedir esta catástrofe humana.

Siguiendo el Evangelio de hoy, escuchemos a Jesús que nos dice:

¿Acaso esas personas asesinadas eran más pecadoras que los demás?

Les digo que no. Y si ustedes no se convierten acabarán como ellos.

¿Hay voluntad política para buscar la verdad y la justicia?

El Señor dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho?

El 5 de diciembre de 1928, durante la construcción de una chimenea

en la mina María Elvira, se originó el desembalse de la laguna

Morococha (Junín), debido a un mal cálculo en las excavaciones.

En esa ocasión murieron 28 obreros en el interior de los socavones.

¿Acaso aquellos trabajadores eran más pecadores que los demás?

Les digo que no. Y si ustedes no se convierten acabarán como ellos.

La primera lectura nos habla de la esclavitud del pueblo hebreo.

Dios compasivo y misericordioso, se aparece a Moisés y le dice:

He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus lamentos

cuando lo maltratan sus opresores, conozco sus sufrimientos.

He bajado para liberar a mi pueblo de la opresión de los egipcios

¿De qué opresiones debemos liberarnos en la actualidad?  

Todos queremos vida, sin embargo: los intereses de los grupos

económicos y tecnológicos arrasan irracionalmente las fuentes

de vida en prejuicio de naciones enteras y de la misma humanidad.

Las generaciones que nos suceden tienen derecho a recibir:

un mundo habitable… y no un planeta con aire contaminado,

con aguas envenenadas y con recursos naturales agotados (DA, 471).

 

Señor, déjala todavía este año

Han pasado ‘tres años’ y la higuera no da frutos (cf. Is 5,1-7).

Para Jesús debió ser desalentador encontrar a muchas personas

que escuchan sus enseñanzas, pero no dan señales de conversión.

Como no cambian ni se arrepienten… ¿será mejor cortarlas?

También, en nuestros días, hay cristianos estériles que no dan frutos,

siguen ocupando inútilmente un lugar en la sociedad y en la Iglesia.

Entonces, los que creen poseer la verdad gritan: ¡Que los corten!

Mientras éstos gritan, abramos los evangelios para ver que hay:

-Leprosos que viven excluidos por la sociedad y la religión.

-Pecadores que se levantan y vuelven a la casa paterna.

-Mujeres de mala vida despreciadas y condenadas a morir apedreadas.

-Discusión entre los discípulos para saber quien es el más importante.

-Pedro que niega a Jesús… y el abandono y huida de los discípulos.

¿Será mejor cortarlos? ¿Quién de nosotros lanzará la primera piedra?

Felizmente, el viñador intercede para salvar la higuera estéril y dice:

Señor, déjala todavía este año, cavaré alrededor y le pondré abono,

tal vez así dé frutos. Si no, el año que viene la cortarás.

Con la frase ‘tal vez’ empieza el año de gracia, el tiempo de espera,

de un Dios cuya gloria es que el hombre y la mujer tengan vida.

Al cumplir 32 años de edad, Agustín sigue buscando la verdad.

Sentado bajo una higuera llora… y empieza a dar los primeros pasos

para ser bautizado… Él mismo lo dice en sus Confesiones (VIII, 12):

¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo? ¿Esperar hasta mañana?

¿Y por qué no poner fin a mis torpezas en esta misma hora?

Pero he aquí que oigo una voz como la de un niño que decía cantando

y repitiendo varias veces: ¡Toma y lee!... ¡Toma y lee!...

Entré a la sala, abrí la carta de Pablo a los romanos y leí lo siguiente:

“Actuemos decentemente como en pleno día. Basta de banquetes

y borracheras, de inmoralidades y vicios, de envidias y peleas.

Al contrario, revístanse del Señor Jesucristo” (Rom 13,13-14).

J. Castillo A.


           ANTES QUE SEA TARDE     

Había pasado ya bastante tiempo desde que Jesús se había presentado en su pueblo de Nazaret como Profeta, enviado por el Espíritu de Dios para anunciar a los pobres la Buena Noticia. Sigue repitiendo incansable su mensaje: Dios está ya cerca, abriéndose camino para hacer un mundo más humano para todos.

Pero es realista. Jesús sabe bien que Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos. Por eso se esfuerza en despertar en la gente la conversión: Convertíos y creed en esta Buena Noticia. Ese empeño de Dios en hacer un mundo más humano será posible si respondemos acogiendo su proyecto.

Va pasando el tiempo y Jesús ve que la gente no reacciona a su llamada como sería su deseo. Son muchos los que vienen a escucharlo, pero no acaban de abrirse al ‘Reino de Dios’. Jesús va a insistir. Es urgente cambiar antes que sea tarde.

En cierta ocasión cuenta una pequeña parábola. Un propietario de un terreno tiene plantada una higuera en medio de su viña. Año tras año, viene a buscar fruto en ella y no lo encuentra. Su decisión parece la más sensata: la higuera no da fruto y está ocupando inútilmente un terreno, lo más razonable es cortarla.

Pero el encargado de la viña reacciona de manera inesperada. ¿Por qué no dejarla todavía? Él conoce aquella higuera, la ha visto crecer, la ha cuidado, no la quiere ver morir. Él mismo le dedicará más tiempo y más cuidados, a ver si da fruto.

El relato se interrumpe bruscamente. La parábola queda abierta. El dueño de la viña y su encargado desaparecen de escena. Es la higuera la que decidirá su suerte final. Mientras tanto, recibirá más cuidados que nunca de ese viñador que nos hace pensar en Jesús, el que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Lo que necesitamos hoy en la Iglesia no es solo introducir pequeñas reformas, promover el ‘aggiornamento’ o cuidar la adaptación a nuestros tiempos. Necesitamos una conversión a nivel más profundo, un ‘corazón nuevo’, una respuesta responsable y decidida a la llamada de Jesús a entrar en la dinámica del Reino de Dios.

Hemos de reaccionar antes que sea tarde. Jesús está vivo en medio de nosotros. Como el encargado de la viña, Él cuida de nuestras comunidades cristianas, cada vez más frágiles y vulnerables. Él nos alimenta con su Evangelio, nos sostiene con su Espíritu.

Hemos de mirar el futuro con esperanza, al mismo tiempo que vamos creando ese clima nuevo de conversión y renovación que necesitamos tanto y que los decretos del Concilio Vaticano II no han podido hasta hora consolidar en la Iglesia.                     José Antonio Pagola (2013)

 

¿DÓNDE ESTAMOS NOSOTROS?

Unos desconocidos le comunican a Jesús la noticia de la horrible matanza de unos galileos en el recinto sagrado del templo. El autor ha sido, una vez más, Pilato. Lo que más los horroriza es que la sangre de aquellos hombres se haya mezclado con la sangre de los animales que estaban ofreciendo a Dios.

No sabemos por qué acuden a Jesús. ¿Desean que se solidarice con las víctimas? ¿Quieren que les explique qué horrendo pecado han podido cometer para merecer una muerte tan ignominiosa? Y si no han pecado, ¿por qué Dios ha permitido aquella muerte sacrílega en su propio templo?

Jesús responde recordando otro acontecimiento dramático ocurrido en Jerusalén: la muerte de dieciocho personas aplastadas  por la caída de un torreón de la muralla cercana a la piscina de Siloé. Pues bien, de ambos sucesos hace Jesús la misma afirmación: las víctimas no eran más pecadores que los demás. Y termina su intervención con la misma advertencia: si no os convertís, todos pereceréis.

La respuesta de Jesús hace pensar. Antes que nada, rechaza la creencia tradicional de que las desgracias son un castigo de Dios. Jesús no piensa en un Dios justiciero que va castigando a sus hijos e hijas repartiendo aquí o allá enfermedades, accidentes o desgracias, como respuesta a sus pecados.

Después, cambia la perspectiva del planteamiento. No se detiene en elucubraciones teóricas sobre el origen último de las desgracias, hablando de la culpa de las víctimas o de la voluntad de Dios. Vuelve su mirada hacia los presentes y los enfrenta consigo mismos: han de escuchar en estos acontecimientos la llamada de Dios a la conversión y al cambio de vida.

Todavía vivimos estremecidos por el trágico terremoto de Haití. ¿Cómo leer esta tragedia desde la actitud de Jesús? Ciertamente, lo primero no es preguntarnos dónde está Dios, sino dónde estamos nosotros. La pregunta que puede encaminarnos hacia una conversión no es ¿por qué permite Dios esta horrible desgracia?, sino ¿cómo consentimos nosotros que tantos seres humanos vivan en la miseria, tan indefensos ante la fuerza de la naturaleza?

Al Dios crucificado no lo encontraremos pidiéndole cuentas a una divinidad lejana, sino identificándonos con las víctimas. No lo descubriremos protestando de su indiferencia o negando su existencia, sino colaborando de mil formas por mitigar el dolor en Haití y en el mundo entero. Entonces, tal vez, intuiremos entre luces y sombras que Dios está en las víctimas, defendiendo su dignidad eterna, y en los que luchan contra el mal, alentando su combate.   J. A. Pagola (2010)

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