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CONVERSIÓN Y ACOGIDA
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IV Domingo de Cuaresma (ciclo C): 10 de marzo del 2013

Jos 5,9-12  -  2Cor 5,17-21  -  Lc 15,1-3. 11-32

 

CONVERSIÓN Y ACOGIDA

 

 

Yo aquí me muero de hambre

Cuando el hijo menor gastó todo el dinero que recibió de la herencia,

vino un hambre terrible en aquel país -el país de las maravillas-.

Se pone a trabajar cuidando cerdos, pero nadie le da de comer.

Como siempre, en los países donde hay injusticia y explotación,

pocos ricos viven bien a costa del salario de hambre de las mayorías.

Fue entonces cuando  piensa que en la casa de su padre

los trabajadores tienen pan en abundancia.

Luego, reflexiona, decide levantarse, volver a la casa de su padre

y decirle: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco

llamarme hijo tuyo, trátame como a uno de tus trabajadores.

Sobre el hambre meditemos en los siguientes textos de Lucas:

*Dios derriba del trono a los poderosos y eleva a los humildes,

colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos.

*Felices los que ahora pasan hambre, porque serán saciados.

¡Ay de ustedes los que ahora están saciados, porque tendrán hambre!

*Cuando des un banquete, invita a pobres, inválidos, cojos y ciegos.

*Había un hombre rico que se vestía lujosamente

y todos los días realizaba espléndidos banquetes.

Había también un pobre llamado Lázaro cubierto de llagas,

que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico.

La siguiente historia de dos hermanos, trata el problema de la sed.

Abraham tuvo dos hijos: Ismael el mayor, en Agar una esclava;

e Isaac el menor, en Sara su esposa que era anciana y estéril.

Como Ismael se burlaba de Isaac, Abraham despidió a Agar e Ismael.

Ambos caminaron por el desierto hasta que se les acabó el agua.

Agar abandona a su hijo bajo un matorral para no verle morir.

Pero Dios al oír los gritos del niño, llama a Agar y le dice:

No temas, he oído el llanto del niño. Levántate, busca al niño,

y no lo sueltes, pues yo sacaré de él un gran pueblo (Gen 16 y 21).

 

El hijo mayor se enojó y no quiso entrar

En esta parábola, el comportamiento del hijo mayor viene a ser

un reflejo de la conducta de los fariseos y maestros de la ley, quienes

critican a Jesús porque acoge y come con publicanos y pecadores.

El hijo mayor no se comporta ni como hijo ni como hermano.

Reprocha a su padre diciéndole: Mira, tantos años llevo sirviéndote,

sin desobedecer una orden tuya, y nunca me has dado un cabrito

para tener un banquete con mis amigos.

También niega y calumnia a su hermano: Pero, cuando ha llegado

ese hijo tuyo, que ha gastado tu fortuna con prostitutas,

has matado para él el ternero más gordo.

Si algún día va al templo, sin duda repetirá la oración del fariseo:

Oh Dios, yo te doy gracias porque no soy como los demás hombres

que son ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano

Y si alguien le pregunta: ¿Dónde está tu hermano?, responderá:

No sé, ¿soy yo, acaso, el guardián de mi hermano? (Gen 4).

Por algo será que el hijo menor prefirió abandonar la casa paterna.

 

El padre acoge a sus hijos con entrañas de misericordia

El padre acoge a su hijo menor con entrañas de misericordia:

Lo ve, se conmueve, corre a su encuentro, lo abraza y lo besa.

Luego dice a sus servidores: Rápido, tráiganle el mejor vestido,

pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies.

Además, ordena que maten el ternero más gordo para celebrar

un banquete; porque su hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida,

se había perdido y ha sido encontrado. Y comenzó la fiesta.

Este padre misericordioso acoge también a su hijo mayor:

El padre sale y le ruega para que entre a la casa. Luego le dice:

Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo.

Había que hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto

y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado.

Durante varios años Esaú busca matar a su hermano Jacob.

Pero un buen día ambos hermanos se reconcilian:

Esaú corre al encuentro de su hermano Jacob, lo abraza, se echa

sobre su cuello y lo besa. Los dos se ponen a llorar (Gen 33,1-4).

Jesús nos invita a todos a sentarnos alrededor de una misma mesa,

para celebrar nuestra filiación… y nuestra fraternidad

J. Castillo A


CON LOS BRAZOS SIEMPRE ABIERTOS

Para no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en Él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa.

Poco a poco han prescindido de Él. La fe ha quedado ‘reprimida’ en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía ‘la parábola del hijo pródigo’, pero nunca la han escuchado en su corazón.

El verdadero protagonista de esa parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado. Este grito revela lo que hay en su corazón de padre.

A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.

El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre ‘lo vio’ venir hambriento y humillado, y ‘se conmovió’ hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.

Enseguida ‘echa a correr’. No es el hijo quien vuelve a casa. Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. Se le echó al cuello y se puso a besarlo. Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a Él.

El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior. El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Sólo Dios acoge y protege así a los pecadores.

El padre solo piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.

Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que en el misterio último de la vida hay Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.    José Antonio Pagola (2013)

 

EL OTRO HIJO

Sin duda, la parábola más cautivadora de Jesús es la del ‘padre bueno’, mal llamada ‘parábola del hijo pródigo’. Precisamente este ‘hijo menor’ ha atraído casi siempre la atención de comentaristas y predicadores. Su vuelta al hogar y la acogida increíble del padre han conmovido a todas las generaciones cristianas.

Sin embargo, la parábola habla también del ‘hijo mayor’, un hombre que permanece junto a su padre sin imitar la vida desordenada de su hermano lejos del hogar. Cuando le informan de la fiesta organizada por su padre para acoger al hijo perdido, queda desconcertado. El retorno del hermano no le produce alegría, como a su padre, sino rabia: ‘Se indigna y se niega a entrar’ en la fiesta. Nunca se había marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño entre los suyos.

El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha acogido a su hermano. No le grita ni le da órdenes. Con amor humilde ‘trata de persuadirlo’ para que entre en la fiesta de la acogida. Es entonces cuando el hijo explota, dejando al descubierto todo su resentimiento. Ha pasado toda su vida cumpliendo órdenes del padre, pero no ha aprendido a amar como ama él. Solo sabe exigir sus derechos y denigrar a su hermano.

Esta es la tragedia del hijo mayor. Nunca se ha marchado de casa, pero su corazón ha estado siempre lejos. Sabe cumplir mandamientos, pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre a aquel hijo perdido. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada con su hermano. Jesús concluye su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró en la fiesta o se quedó fuera?

Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, practicantes y alejados, matrimonios bendecidos por la Iglesia y parejas en situación irregular... Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos e hijas, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad solo de los buenos ni de los practicantes. Es Padre de todos.

El ‘hijo mayor’ nos interpela a quienes creemos vivir junto a él. ¿Qué estamos haciendo los que no hemos abandonado la Iglesia? ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible lo prescrito o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿Les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?       J. A. Pagola (2010)

 

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