Viernes, 14 de Junio del 2024
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2º Domingo de Cuaresma, ciclo A: 8 de marzo del 2020
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JESÚS ES EL HIJO AMADO DE PADRE

  El texto de Mateo narra una experiencia especial en la vida de Jesús,

para que sus discípulos conozcan quién es Él... En nuestros días:

*¿Puede un seguidor de Jesús vivir bien instalados, sin preocuparse

de las personas que tienen el rostro desfigurado por las injusticias?

*¿Escuchamos las enseñanzas de Jesús y las practicamos?

*¿Los cristianos somos capaces de levantarnos, comprometernos

y trabajar por los que sufren miseria y hambre, opresión y represión?

 

Señor, ¡qué bien estamos aquí!

   Jesús llama a Pedro, a Santiago y a Juan, los lleva a una montaña.

Allí se transfigura. Y aparecen Moisés y Elías conversando con Él.

Fue entonces cuando Pedro dice: Señor, ¡qué bien estamos aquí!,

en realidad, Pedro tiene miedo y no sabe lo que dice (Mc 9,6).

   Hoy, muchos preferimos vivir muy cómodos en nuestra orilla.

No nos interesa los problemas de niños, jóvenes, adultos y ancianos:

que mueren por pasar a la otra orilla del Mediterráneo,

o por cruzar Centro América para llegar a los Estados Unidos.

   ¿Qué hacemos por los que viven en barrios miserables de la ciudad?

Estas personas pobres podrán decir: Señor, ¡qué bien estamos aquí!

El abismo que hay entre unos pocos ricos y una multitud de pobres,

tiene una causa: el amor al dinero (1Tim 6,10). ¿Lo denunciamos?

   Ojalá los responsables oigan lo que dijo Francisco, en Lampedusa:

¿Dónde está tu hermano?, la voz de su sangre grita hasta mí,

dice Dios. Ésta no es una pregunta dirigida a otros,

es una pregunta dirigida a mí, a ti, a cada uno de nosotros.

Esos hermanos y hermanas nuestras intentaban salir de situaciones

difíciles para encontrar un poco de serenidad y de paz;

buscaban un puesto mejor para ellos y para sus familias,

pero han encontrado la muerte. ¡Cuántas veces

quienes buscan estas cosas no encuentran comprensión,

no encuentran acogida, no encuentran solidaridad! (8 de julio, 2013).

Este es mi Hijo amado. Escúchenle

   Mientras Pedro está hablando, una nube luminosa los cubre

y desde el interior de la nube se oye la voz del Padre que dice:

Éste es mi Hijo amado, mi predilecto. Escúchenle.

   ¿Bastará “oír” la Palabra de Dios, en la Misa dominical y, después,

durante la semana olvidarnoso hacer todo lo contrario…?

Al respecto, escuchemos al mismo Jesús que nos sigue diciendo:

Quien escucha mis palabras y las pone en práctica

es como el hombre sabio que edifica su casa sobre la roca…

En cambio, quien escucha mis palabras y no las pone en práctica,

es como el hombre necio que edifica su casa sobre arena (Mt 7,24ss).

Reflexionemos también en la parábola del sembrador (Mt 13,1-23).

   Escuchando y practicando las enseñanzas del Maestro Jesús,

formaremos parte -como Él mismo lo dice- de su nueva familia:

Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios

y la ponen en práctica (Lc 8,21). Y algo más, llama felices, dichosos,

a quienes escuchan la Palabra de Dios y la practican (Lc 11,28).

 

¡Levántense, no tengan miedo!

   Al oír la voz del Padre, los discípulos caen al suelo llenos de miedo.

Jesús se acerca, les toca y les dice: ¡Levántense, no tengan miedo!

   No nos instalemos en la montaña, practiquemos lo que Jesús dice:

No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos (Jn 15,13).

*Es necesario levantarnos para salvar una vida, como lo hace José:

se levanta, toma al niño y a su madre y huye a Egipto (Mt 2,13ss).

*Así también hace la suegra de Pedro, después de recuperar la salud,

se levanta y comienza a servir a Jesús (Mt 8,14ss).

*Lo mismo sucede con Mateo, se levanta y sigue a Jesús (Mt 9,9).

*En Getsemaní, Jesús toma a Pedro, a Santiago y Juan, y les dice:

Siento una tristeza de muerte, quédense aquí y oren conmigo

Después se acerca a ellos y les dice: Levántense, vámonos,

ya se acerca el que me va a traicionar (Mt 26,36ss).

   Sobre el miedo, escuchemos a San Juan Crisóstomo (350-407),

su testimonio tiene actualidad: Díganme, ¿qué podemos temer?

¿La muerte? -Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir.

¿El destierro? -Del Señor es la tierra y cuanto la llena.

¿La confiscación de los bienes? -Sin nada venimos al mundo

y sin nada nos iremos. (Homilía antes de partir al exilio) J. Castillo A

 

ESCUCHAR A JESÚS

   El centro de ese relato complejo, llamado tradicionalmente “La transfiguración de Jesús”, lo ocupa una Voz que viene de una extraña nube luminosa, símbolo empleado en la Biblia para hablar de la presencia siempre misteriosa de Dios que se nos manifiesta y, al mismo tiempo, se nos oculta.

   La Voz dice estas palabras: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo. Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con Moisés y Elías, representantes y testigos del Antiguo Testamento. Solo Jesús es el Hijo querido de Dios, el que tiene su rostro resplandeciente como el sol.

   Pero la Voz añade algo más: Escuchadlo. En otros tiempos, Dios había revelado su voluntad por medio de los “diez mandatos” de la Ley. Ahora la voluntad de Dios se resume y concreta en un solo mandato: escuchad a Jesús. La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús.

   Al oír esto, los discípulos caen por los suelos “llenos de espanto”. Están sobrecogidos por aquella experiencia tan cercana de Dios, pero también asustados por lo que han oído: ¿podrán vivir escuchando solo a Jesús, reconociendo solo en Él la presencia misteriosa de Dios?

   Entonces, Jesús se acerca y, tocándolos, les dice: Levantaos. No tengáis miedo. Sabe que necesitan experimentar su cercanía humana: el contacto de su mano, no solo el resplandor divino de su rostro. Siempre que escuchamos a Jesús en el silencio de nuestro ser, sus primeras palabras nos dicen: Levántate, no tengas miedo.

   Muchas personas solo conocen a Jesús de oídas. Su nombre les resulta, tal vez, familiar, pero lo que saben de Él no va más allá de algunos recuerdos e impresiones de la infancia. Incluso, aunque se llamen cristianos, viven sin escuchar en su interior a Jesús. Sin esa experiencia, no es posible conocer su paz inconfundible ni su fuerza para alentar y sostener nuestra vida.

   Cuando un creyente se detiene a escuchar en silencio a Jesús, en el interior de su conciencia, escucha siempre algo como esto: “No tengas miedo. Abandónate con toda sencillez en el misterio de Dios. Tu poca fe basta. No te inquietes. Si me escuchas, descubrirás que el amor de Dios consiste en estar siempre perdonándote. Y, si crees esto, tu vida cambiará. Conocerás la paz del corazón”.

   En el libro del Apocalipsis se puede leer así: Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa. Jesús llama a la puerta de cristianos y no cristianos. Le podemos abrir la puerta o lo podemos rechazar. Pero no es lo mismo vivir con Jesús que sin Él.

José Antonio Pagola (2014)

 

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