Jueves, 18 de Abril del 2024
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2º Domingo de Pascua, ciclo A: 19 de abril del 2020
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SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO

   Jesús que es el Camino, la Verdad y la Vida, nos anima a:

*Ser mensajeros de la paz, en nuestra sociedad con tanta violencia.

*Perdonar, pues hemos recibido el Espíritu Santo.

*Dar testimonio, con palabras y obras, que Él es Señor y Dios.

*A ser felices, pues nosotros creemos en Él sin haber visto.

 

La paz esté con ustedes

   Aquella tarde del primer día de la semana (domingo, día del Señor),

los discípulos están en una casa con las puertas cerradas por miedo.

¿Será porque uno de ellos -Pedro- le negó, y todos le abandonaron?

   Lamentablemente, hoy, en países con tantos millones de católicos,

hay sectores de la Iglesia que viven con las puertas cerradas,

instalados en: el egoísmo, la mediocridad, la indiferencia y la rutina;

en vez de vivir la verdadera alegría que Jesús nos ofrece (Jn 16,22).

¿Qué nos impide salir y acoger con alegría a los hermanos de Jesús

quienes, actualmente, son oprimidos y víctimas de tanta injusticia?

¿No será mejor ser una comunidad cristiana perseguida por defender

-siguiendo el Evangelio- a los que no tienen el pan de cada día?

   La tarde de ese día, Jesús se presenta en medio de sus discípulos,

y les anima diciendo: La paz esté con ustedes. De inmediato, añade:

Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes. Desde entonces,

anunciarán el mensaje de Jesús, como corderos en medio de lobos.

   Luego, Jesús les muestra las heridas de sus manos y costado,

son las señales de haber sido asesinado por anunciar el Reino de Dios,

y dar vida a las personas despreciadas por la sociedad y la religión.

   Cuando Jesús sopla sobre ellos, les dice: Reciban el Espíritu Santo.

Nosotros, habiendo recibido el mismo Espíritu, debemos perdonar,

siguiendo su ejemplo: Padre, perdónalos, no saben lo que hacen.

   Solo así, iremos construyendo comunidades proféticas que:

anuncian el mensaje de Jesús, celebran la fracción del pan,

comparten sus bienes según las necesidades de cada uno (1ª lectura).

¡Felices los que creen sin haber visto!

   Ocho días después, los discípulos están reunidos y Tomás con ellos.

Jesús se presenta en medio de ellos y les dice: La paz esté con ustedes.

Sobre la paz, Jesús les había dicho: Les dejo la paz, les doy mi paz.

Mi paz no es como la del mundo No tengan miedo (Jn 14,27).

   Cuando Jesús invita a Tomás a tocar sus manos y su costado,

nuevamente, nos encontramos ante un proceso de reconciliación.

Las heridas de Jesús no han desaparecido. En este sentido,

nada diferencia a Jesús de los supervivientes que deben sobrellevar

-durante el resto de sus vidas- el peso de las heridas que han padecido.

Pero cuando Jesús enseña sus heridas a Tomás, es porque esas heridas

ya no son fuente de dolor ni de recuerdos desgarradores,

son -ahora- heridas que sanan y señalan un futuro de vida y esperanza.

También las heridas de personas torturadas son parte de su historia,

pero, cuando las asumen de manera diferente, son heridas que sanan.

Por eso, para reconciliar a otros hermanos, los mejores agentes

son las personas que han experimentado un camino de reconciliación.

   Aquel domingo, Jesús toma la iniciativa y le dice a Tomás:

Mira mis manos y toca mis heridas, trae tu mano y palpa mi costado.

En adelante, no seas incrédulo, sino persona creyente.

Tomás, una vez reconciliado, exclama: Señor mío y Dios mío.

   “Jesús es Dios”, atraviesa el texto evangélico de Juan (1,1; 20,28).

Recordemos que para los judíos, la prueba de que Jesús debía  morir

era que Él, no solo violaba el sábado, sino que además se hacía

igual a Dios al decir que Dios era su propio Padre (Jn 5,18;  10,33).

   Luego, Jesús dice a Tomás: Tú crees porque me has visto. ¡Felices

los que creen sin haber visto! Meditemos sobre la verdadera felicidad:

*Felices ustedes que ven y oyen, porque muchos profetas y justos

quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron… (Mt 13,16s).

*Felices los servidores a quienes su amo, cuando llega,

los encuentre repartiendo la comida a los de casa (Mt 24,45s).

*Los ciegos ven, los sordos oyen… los pobres son evangelizados,

y felices los que no se escandalizan por mi causa (Lc 7,23).

*Felices los que escuchan y practican la Palabra de Dios (Lc 11,28).

*Felices los que dan de comer a los pobres, mancos, cojos y ciegos,

recibirán su recompensa en la resurrección de los justos (Lc 14,14).

*Les di ejemplo, felices ustedes si lo practican (Jn 13,17). J. Castillo

 

JESÚS SALVARÁ A LA IGLESIA

   Aterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero no está con ellos Jesús. En la comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. ¿A quién seguirán ahora? ¿Qué podrán hacer sin Él? Está anocheciendo en Jerusalén y también en el corazón de los discípulos.

   Dentro de la casa, están con las puertas cerradas. Es una comunidad sin misión y sin horizonte, encerrada en sí misma, sin capacidad de acogida. Nadie piensa ya en salir por los caminos a anunciar el Reino de Dios y curar la vida. Con las puertas cerradas no es posible acercarse al sufrimiento de las gentes.

   Los discípulos están llenos de miedo a los judíos. Es una comunidad paralizada por el miedo, en actitud defensiva. Solo ven hostilidad y rechazo por todas partes. Con miedo no es posible amar el mundo como lo amaba Jesús, ni infundir en nadie aliento y esperanza.

   De pronto, Jesús resucitado toma la iniciativa. Viene a rescatar a sus seguidores. Entra en la casa y se pone en medio de ellos. La pequeña comunidad comienza a transformarse. Del miedo pasan a la paz que les infunde Jesús. De la oscuridad de la noche pasan a la alegría de volver a verlo lleno de vida. De las puertas cerradas van a pasar pronto a la apertura de la misión.

   Jesús les habla poniendo en aquellos pobres hombres toda su confianza: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. No les dice a quién se han de acercar, qué han de anunciar ni cómo han de actuar. Ya lo han podido aprender de Él por los caminos de Galilea. Serán en el mundo lo que ha sido Él.

   Jesús conoce la fragilidad de sus discípulos. Muchas veces les ha criticado su fe pequeña y vacilante. Necesitan la fuerza de su Espíritu para cumplir su misión. Por eso hace con ellos un gesto especial. No les impone las manos ni los bendice como a los enfermos. Exhala su aliento sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo.

   Solo Jesús salvará a la Iglesia. Solo Él nos liberará de los miedos que nos paralizan, romperá los esquemas aburridos en los que pretendemos encerrarlo, abrirá tantas puertas que hemos ido cerrando a lo largo de los siglos, enderezará tantos caminos que nos han desviado de Él.

   Lo que se nos pide es reavivar mucho más en toda la Iglesia la confianza en Jesús resucitado, movilizarnos para ponerlo sin miedo en el centro de nuestras parroquias y comunidades, y concentrar todas nuestras fuerzas en escuchar bien lo que su Espíritu nos está diciendo hoy a sus seguidores y seguidoras.

José Antonio Pagola (2014)

 

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