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EL SEÑOR LO NECESITA
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Domingo de Ramos (ciclo C): 24 de marzo del 2013

Is 50,4-7  - Flp 2,6-11  - Lc 19,28-40  - Lc 22,14--23,56

 

EL SEÑOR LO NECESITA

 

Al entrar al pueblo encontrarán un burrito

Durante la fiesta del cordero pascual, el pueblo judío celebraba

su liberación de la esclavitud de Egipto (Ex 12,1-14). Sin embargo,

siglos después, Egipto ha sido reemplazado por el imperio romano.

Por este motivo, Pilato -cuyas manos están manchadas de sangre-

ingresa a la ciudad de Jerusalén montado en un caballo de guerra.

Ciertamente, los reyes de este mundo se comportan como dueños,

y mientras oprimen al pueblo se hacen llamar bienhechores (Lc 22).

Muy diferente la actitud de Jesús que entra también en Jerusalén,

pero montado en un burrito prestado: El Señor lo necesita.

Jesús vino a salvarnos, entregando su propia vida por nosotros:

Alégrate, Sión; grita de júbilo, Jerusalén. Mira a tu rey que llega:

justo, victorioso, humilde, montado en un burrito (Zac 9,9).

Este y otros gestos son señales de su proyecto de vida y de servicio:

El más importante entre ustedes compórtese como si fuera el último

y el que manda como el que sirve… ¿Quién es el mayor? ¿El que

está a la mesa o el que sirve? ¿No lo es, acaso, el que está a la mesa?

Pero yo estoy en medio de ustedes como el que sirve (Lc 22,26s).

Esto mismo lo acaba de decir el Papa Francisco, Obispo de Roma:

Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio. También

el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese

servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos

en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de San José y, como él,

abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger

con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente, los más

pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe

en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al

forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (Mt 25,31-46).

Solo el que sirve con amor sabe custodiar (Homilía, 19 marzo 2013).

 

Si éstos callan, gritarán las piedras

Mientras Jesús ingresa a Jerusalén, los discípulos alaban a Dios

por todos los milagros que han visto, y exclaman: Bendito sea el rey

que viene en nombre del Señor. Paz en la tierra y gloria al Altísimo.

Algunos fariseos dicen a Jesús: Maestro, reprende a tus discípulos.

Pero Jesús les responde: Si éstos callan, gritarán las piedras.

Esta frase está tomada del profeta Habacuc que hace estas denuncias:

¡Ay del que acumula lo que no le pertenece! ¿Por cuánto tiempo?

¡Ay de ti, que has llenado tu casa con ganancias injustas!...

  porque las piedras de los muros gritarán en contra tuya.

¡Ay del que edifica la ciudad con sangre y la funda sobre el crimen!

¡Ay del que emborracha a su prójimo para verlo desnudo!

¡Ay de ti, que a un ídolo de madera le dices que despierte! (2,5-20).

Pero Jesús no manda callar a nadie. Al contrario, habla más alto.

-Al ver la ciudad de Jerusalén llora por ella y anuncia su destrucción.

-Entra al templo y arroja a los negociantes diciendo: Mi casa es casa

  de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones.

-Acusa a los sumos sacerdotes y maestros de la ley de ser asesinos.

-Sobre el tributo al César declara que se debe dar a Dios lo que es

  de Dios y, para quedar libres, devolver al César su moneda.

-Desenmascara el materialismo de los funcionarios de la religión.

-Denuncia la avaricia de los maestros de la ley, que devoran los bienes

  de las viudas con pretexto de largas oraciones; y denuncia también

  la falta de generosidad de los ricos que dan de lo que les sobra.

Por todo esto, los sumos sacerdotes y los maestros de la ley buscan

la manera de acabar con Jesús, pero tienen miedo al pueblo.

El día de hoy, muchos acompañan la procesión del Señor de Ramos

llevando los primeros frutos de la tierra y del trabajo del hombre.

Es una buena ocasión para reflexionar sobre los derechos humanos

y los derechos de la madre tierra: Quisiera pedir, por favor, a todos

los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico,

político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad:

seamos ‘custodios’ de la creación, del designio de Dios inscrito en la

naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que

los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este

mundo nuestro. Pero, para ‘custodiar’, también tenemos que cuidar

de nosotros mismos (Papa Francisco, 19 marzo 2013).     

J. Castillo A.

 

ANTE EL CRUCIFICADO

 

Detenido por las fuerzas de seguridad del Templo, Jesús no tiene ya duda alguna: el Padre no ha escuchado sus deseos de seguir viviendo; sus discípulos huyen buscando su propia seguridad. Está solo. Sus proyectos se desvanecen. Le espera la ejecución.

El silencio de Jesús durante sus últimas horas es sobrecogedor. Sin embargo, los evangelistas han recogido algunas palabras suyas en la cruz. Son muy breves, pero a las primeras generaciones cristianas les ayudaban a recordar con amor y agradecimiento a Jesús crucificado.

Lucas ha recogido las que dice mientras está siendo crucificado. Entre estremecimientos y gritos de dolor, logra pronunciar unas palabras que descubren lo que hay en su corazón: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Así es Jesús. Ha pedido a los suyos ‘amar a sus enemigos’ y ‘rogar por sus perseguidores’. Ahora es Él mismo quien muere perdonando. Convierte su crucifixión en perdón.

Esta petición al Padre por los que le están crucificando es, ante todo, un gesto sublime de compasión y de confianza en el perdón insondable de Dios. Esta es la gran herencia de Jesús a la Humanidad: No desconfiéis nunca de Dios. Su misericordia no tiene fin.

Marcos recoge un grito dramático del crucificado: Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has abandonado?. Estas palabras pronunciadas en medio de la soledad y el abandono más total, son de una sinceridad abrumadora. Jesús siente que su Padre querido lo está abandonando. ¿Por qué? Jesús se queja de su silencio. ¿Dónde está? ¿Por qué se calla?

Este grito de Jesús, identificado con todas las víctimas de la historia, pidiendo a Dios alguna explicación a tanta injusticia, abandono y sufrimiento, queda en labios del crucificado reclamando una respuesta de Dios más allá de la muerte: Dios nuestro, ¿por qué nos abandonas? ¿no vas a responder nunca a los gritos y quejidos de los inocentes?

Lucas recoge una última palabra de Jesús. A pesar de su angustia mortal, Jesús mantiene hasta el final su confianza en el Padre. Sus palabras son ahora casi un susurro: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Nada ni nadie lo ha podido separar de Él. El Padre ha estado animando con su espíritu toda su vida. Terminada su misión, Jesús lo deja todo en sus manos. El Padre romperá su silencio y lo resucitará.

Esta semana santa, vamos a celebrar en nuestras comunidades cristianas la Pasión y la Muerte del Señor. También podremos meditar en silencio ante Jesús crucificado ahondando en las palabras que Él mismo pronunció durante su agonía.   José Antonio Pagola (2013)

 

¿QUÉ HACE DIOS EN UNA CRUZ?

 

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de Él y, riéndose de su impotencia, le decían: Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz. Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.

Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?

Un ‘Dios crucificado’ constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los seres humanos nos hacemos de la divinidad. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.

El ‘Dios crucificado’ no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los seres humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.

Este ‘Dios crucificado’ no permite una fe frívola y egoísta en un Dios al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento y el abandono de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos a cualquier crucificado.  

Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el ‘Dios crucificado’. Hemos aprendido incluso a levantar nuestra mirada hacia la cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la pasión del Señor es reavivar nuestra compasión hacia los que sufren. Sin esto se diluye nuestra fe en el ‘Dios crucificado’ y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. J. A. Pagola (2010)

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