Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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23º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A: 6 septiembre 2020
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CORREGIR, ORAR, ACOGER

   En vez de realizar proyectos que no tienen metas claras,

y que nos llevan a un activismo pastoral deshumanizador,

sigamos el ejemplo de Jesús que forma a sus discípulos,

anuncia el Reino de Dios, y nos pide confiar en Dios, nuestro Padre.

   Para ello, hagamos realidad las pequeñas comunidades, donde:

se corrige al hermano que ofende…se ora…se acoge al necesitado.

  

Saber corregir al hermano que te ofende

La persona ofendida toma la iniciativa para facilitar la reconciliación.

   *Primero, dialoga en privado con el hermano que le ha ofendido.

Si se convierte y cambia su conducta, ha salvado a su hermano.

Al respecto, el profeta Ezequiel anuncia esta Buena Noticia de Dios:

Si el malvado se convierte, practica el derecho y la justicia,

devuelve el manto que ha recibido como prenda,

restituye lo que ha robado, cumple con las leyes que dan vida,

deja de hacer el mal, entonces vivirá y no morirá (Ez 33,14s).

   *Si lo anterior no da resultado, invita a dos o tres miembros,

para que en presencia de ellos (testigos), el hermano que ha pecado:

reflexione, reconozca sus errores, y vuelva al camino de la verdad.

   *En tercera instancia, informa a la comunidad, cuyos miembros

deben ser: sal de la tierra… luz del mundo levadura en la masa…

   *Si no oye a la comunidad, será un pagano o publicano,

pues al no aceptar el perdón, él mismo se excluye de la Iglesia.

Sin embargo, sigamos buscando a la oveja perdida (M 18,12-14),

y no pongamos límites al perdón-acogida practicado por Jesús,

ni hagamos del sacramento de la reconciliación una carga pesada.

   San Agustín,  en su comentario a la 1ª carta de San Juan, dice:

Pidan a Dios la gracia de vivir siempre en amor fraterno,

amando no solo al que efectivamente es tu hermano,

sino también amando a tu enemigo, para que a fuerza del amor,

él se convierta de veras en hermano tuyo (Homilía 10,7).

Reunidos en el nombre de Jesús para orar

   Es bueno realizar ciertas concentraciones masivas, pero no basta.

Diferente son las pequeñas comunidades, pues el mismo Jesús

está presente donde dos o tres se reúnen en su persona, para:

orar, practicar sus enseñanzas, sus obras y sus gestos audaces.

   Sobre las Comunidades Eclesiales de Base, reflexionemos

en las enseñanzas y en las experiencias de nuestros obispos:

*En estas comunidades, aunque sean pequeñas y pobres o que vivan

en la dispersión, está presente Cristo (Concilio Vaticano II, LG, 26).

*El esfuerzo pastoral de la Iglesia debe orientarse a transformar

esas comunidades en “familia de Dios”, en foco de evangelización

y en factor primordial de promoción humana (Medellín, XV, n.10).

*En las Comunidades Eclesiales de Base hay: relación personal…

aceptación de la Palabra de Dios, revisión de vida,

y reflexión sobre la realidad, a la luz del Evangelio. (Puebla, n. 629).

*Las Comunidades Eclesiales de Base tienen la Palabra de Dios

como fuente de su espiritualidad… Despliegan su compromiso

evangelizador y misionero entre los más sencillos y alejados,

y son expresión visible de la opción preferencial por los pobres.

Son semilla de múltiples servicios a favor de la vida (DA, 179).

 

Acoger a las personas necesitadas

   Que nuestras parroquias sean comunidades acogedoras, donde:

las personas sin casa y sin trabajo, encuentren un lugar para:

-vivir intensamente la misma fe en la persona de Jesús,

-estar unidas en la esperanza y tener una vida más digna,

-amarse y ayudarse mutuamente, compartiendo el pan de cada día.

*Es bueno y agradable que los hermanos vivan unidos (Sal 133,1).

*El que los recibe a ustedes, a mí me recibe -nos dice Jesús-,

y quien me recibe, recibe al Padre que me ha enviado (Mt 10 40).

*Se reúnen frecuentemente para oír la enseñanza de los apóstoles,

participan en la vida comunitaria, en la fracción del pan,

y en las oraciones (Hch 2,42).

*La multitud de creyentes tiene un solo corazón y una sola alma.

Nadie considera como propio lo que posee, todo lo tienen en común.

No había entre ellos ningún necesitado, porque los que tienen campos

o casas los venden y entregan el dinero a los apóstoles para que

repartan a cada uno según su necesidad (Hch 4,32-35).  J. Castillo A

 

ESTÁ ENTRE NOSOTROS

   Aunque las palabras de Jesús, recogidas por Mateo, son de gran importancia para la vida de las comunidades cristianas, pocas veces atraen la atención de comentaristas y predicadores. Esta es la promesa de Jesús: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

   Jesús no está pensando en celebraciones masivas como las de la Plaza de San Pedro en Roma. Aunque solo sean dos o tres, allí está Él en medio de ellos. No es necesario que esté presente la jerarquía, no hace falta que sean muchos los reunidos.

   Lo importante es que “estén reunidos”, no dispersos, ni enfrentados: que no vivan descalificándose unos a otros. Lo decisivo es que se reúnan “en su nombre”: que escuchen su llamada, que vivan identificados con su proyecto del Reino de Dios. Que Jesús sea el centro de su pequeño grupo.

   Esta presencia viva y real de Jesús es la que ha de animar, guiar y sostener a las pequeñas comunidades de sus seguidores. Es Jesús quien ha de alentar su oración, sus celebraciones, proyectos y actividades. Esta presencia es el “secreto” de toda comunidad cristiana viva.

   Los cristianos no podemos reunirnos hoy en nuestros grupos y comunidades de cualquier manera: por costumbre, por inercia o para cumplir unas obligaciones religiosas. Seremos muchos o, tal vez, pocos. Pero lo importante es que nos reunamos en su nombre, atraídos por su persona y por su proyecto de hacer un mundo más humano.

   Hemos de reavivar la conciencia de que somos comunidades de Jesús. Nos reunimos para escuchar su Evangelio, para mantener vivo su recuerdo, para contagiarnos de su Espíritu, para acoger en nosotros su alegría y su paz, para anunciar su Buena Noticia.

   El futuro de la fe cristiana dependerá en buena parte de lo que hagamos los cristianos en nuestras comunidades concretas las próximas décadas. No basta lo que pueda hacer el Papa Francisco en el Vaticano. No podemos tampoco poner nuestra esperanza en el puñado de sacerdotes que puedan ordenarse los próximos años. Nuestra única esperanza es Jesucristo.

   Somos nosotros los que hemos de centrar nuestras comunidades cristianas en la persona de Jesús como la única fuerza capaz de regenerar nuestra fe gastada y rutinaria. El único capaz de atraer a los hombres y mujeres de hoy. El único capaz de engendrar una fe nueva en estos tiempos de incredulidad. La renovación de las instancias centrales de la Iglesia es urgente. Los decretos de reformas, necesarios. Pero nada tan decisivo como el volver con radicalidad a Jesucristo.

José Antonio Pagola (2014)

 

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