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RESUCITÓ AL TERCER DÍA
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Domingo de Resurrección (ciclo C): 31 de marzo del 2013

Hch 10,34-43 - Col 3,1-4 - Jn 20,1-9

 

RESUCITÓ AL TERCER DÍA

 

Se han llevado del sepulcro al Señor

El primer día de la semana, al amanecer, cuando aún estaba oscuro:

*María Magdalena va al sepulcro y descubre que la tumba está vacía.

De inmediato, corre en busca de Simón Pedro y del discípulo amado,

para decirles: Se han llevado del sepulcro al Señor

y no sabemos dónde lo han puesto.

*Más tarde, mientras María Magdalena llora junto al sepulcro,

dos ángeles le dicen: Mujer, ¿por qué lloras? Ella responde:

Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.

*También Jesús le dice: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?

María Magdalena, creyendo que es el jardinero, responde: Señor,

si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo.

En aquella época, el imperio romano para reafirmar su poder

recurría a terribles actos de violencia. Las ejecuciones se realizaban

en lugares públicos, al borde de un camino, o en los basurales;

para que la gente se dé cuenta que los ejecutados son basura humana.

Luego, los cuerpos de los ejecutados eran arrojados a una fosa común,

ni siquiera se les concedía un sencillo pero digno entierro.

El viernes anterior muchos presenciaron la muerte injusta de Jesús...

Pero, gracias a la intervención de José de Arimatea y de Nicodemo,

el cuerpo de Jesús fue colocado en un sepulcro nuevo (Jn 19,38-42).

En este contexto, se comprende los lamentos de María Magdalena:

¿Las autoridades romanas habrán cambiado de idea?

¿Habrán ordenado sacar el cuerpo de Jesús para desaparecerlo?

Tras una muerte humillante y atroz, ¿Jesús de Nazaret se convertirá

también en uno más de tantos muertos y desaparecidos?

Y, haciendo memoria del conflicto armado que sufrimos (1980-2000):

¿Qué hemos hecho ante los 70 mil hermanos nuestros ‘muertos

y desaparecidos’ a manos de los subversivos y de agentes del Estado?

¿Algún día la verdad y la justicia enjugarán tantas lágrimas de dolor?

 

Señor, te he buscado y te he encontrado

Pedro y el otro discípulo corren a verificar lo que María Magdalena

les ha dicho: Se han llevado del sepulcro al Señor

Al llegar encuentran un sepulcro vacío. En esa ausencia perciben

una nueva presencia de Jesús que venció la muerte y nos da vida.

Por eso, más adelante, Pedro y Juan -al ser detenidos e interrogados

por las autoridades religiosas- llenos del Espíritu Santo responden:

Nosotros no podemos dejar de anunciar lo que hemos visto y oído.

A continuación, toda la comunidad se reúne y ora a Dios diciendo:

Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus servidores anunciar

tu mensaje sin miedo. Muestra tu poder sanando a los enfermos

y haciendo milagros en el nombre de tu santo siervo Jesús (Hch 4).

Gracias a la compasión de Jesús, María Magdalena recuperó la salud.

En agradecimiento, ella y otras mujeres siguen y sirven a Jesús,

no solo en Galilea, sino también cuando Jesús se dirige a Jerusalén.

Incluso, todas ellas fueron testigos de la muerte dolorosa de Jesús.

Ahora que el cuerpo de Jesús no está, María Magdalena llora.

¿Los responsables de tantas torturas, muertes y desapariciones…

tendrán la última palabra? ¿Jesús de Nazaret ya no hablará más?

En medio de esta oscuridad, Dios que ve la opresión de su pueblo

y oye el grito de la sangre derramada injustamente, resucita a su Hijo

haciendo de Él: Víctima reconciliada y reconciliadora.

En adelante, la voz del Profeta de Nazaret será escuchada de nuevo

y su Resurrección será una Buena Noticia de Reconciliación integral.

Así sucede con María Magdalena que llora ante el sepulcro vacío,

como lloraba la viuda de Naín por la muerte de su hijo único; o como

lloraban las mujeres de Jerusalén al ver a Jesús llevando su cruz.

Sin embargo, ella al escuchar aquella voz amiga que le dice: ¡María!,

inmediatamente se vuelve hacia Él para decirle: ¡Maestro mío!

Estas pocas palabras nos revelan un largo proceso de reconciliación.

En este proceso no se trata de que las víctimas olviden su sufrimiento,

esto equivaldría a desestimar a la víctima y su experiencia dolorosa.

Se trata más bien que se inserten en la muerte y resurrección de Jesús,

asuman su sufrimiento de manera diferente,  y así den vida a otros.

En adelante, María Magdalena viene a ser la apóstol de los apóstoles,

anunciando la Buena Noticia de la Resurrección del Señor Jesús.           

J. Castillo A

 

ENCONTRARNOS CON EL RESUCITADO

Según el relato de Juan, María de Magdala es la primera que va al sepulcro, cuando todavía está oscuro, y descubre desconsolada que está vacío. Le falta Jesús. El Maestro que la había comprendido y curado. El Profeta al que había seguido fielmente hasta el final. ¿A quién seguirá ahora? Así se lamenta ante los discípulos: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.

Estas palabras de María podrían expresar la experiencia que viven hoy no pocos cristianos: ¿Qué hemos hecho de Jesús resucitado? ¿Quién se lo ha llevado? ¿Dónde lo hemos puesto? El Señor en quien creemos, ¿es un Cristo lleno de vida o un Cristo cuyo recuerdo se va apagando poco a poco en los corazones?

Es un error que busquemos ‘pruebas’ para creer con más firmeza. No basta acudir al magisterio de la Iglesia. Es inútil indagar en las exposiciones de los teólogos. Para encontrarnos con el Resucitado es necesario, ante todo, hacer un recorrido interior. Si no lo encontramos dentro de nosotros, no lo encontraremos en ninguna parte.

Juan describe, un poco más tarde, a María corriendo de una parte a otra para buscar alguna información. Y, cuando ve a Jesús, cegada por el dolor y las lágrimas, no logra reconocerlo. Piensa que es el encargado del huerto. Jesús solo le hace una pregunta: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?.

Tal vez hemos de preguntarnos también nosotros algo semejante. ¿Por qué nuestra fe es a veces tan triste? ¿Cuál es la causa última de esa falta de alegría entre nosotros? ¿Qué buscamos los cristianos de hoy? ¿Qué añoramos? ¿Andamos buscando a un Jesús al que necesitamos sentir lleno de vida en nuestras comunidades?

Según el relato, Jesús está hablando con María, pero ella no sabe que es Jesús. Es entonces cuando Jesús la llama por su nombre, con la misma ternura que ponía en su voz cuando caminaban por Galilea: ¡María! Ella se vuelve rápida: Rabbuní, Maestro.

María se encuentra con el Resucitado cuando se siente llamada personalmente por Él. Es así. Jesús se nos muestra lleno de vida, cuando nos sentimos llamados por nuestro propio nombre, y escuchamos la invitación que nos hace a cada uno. Es entonces cuando nuestra fe crece.

No reavivaremos nuestra fe en Cristo resucitado alimentándola solo desde fuera. No nos encontraremos con Él, si no buscamos el contacto vivo con su persona. Probablemente, es el amor a Jesús conocido por los evangelios y buscado personalmente en el fondo de nuestro corazón, el que mejor puede conducirnos al encuentro con el Resucitado.    

José Antonio Pagola (2013)

¿DÓNDE BUSCAR AL QUE VIVE?

La fe en Jesús, resucitado por el Padre, no brotó de manera natural y espontánea en el corazón de los discípulos. Antes de encontrarse con Él, lleno de vida, los evangelistas hablan de su desconcierto, su búsqueda en torno al sepulcro, sus interrogantes e incertidumbres.

María de Magdala es el mejor ejemplo de lo que acontece probablemente en todos. Según el relato de Juan, busca al crucificado en medio de tinieblas, cuando aún estaba oscuro. Como es natural, lo busca ‘en el sepulcro’. Todavía no sabe que la muerte ha sido vencida. Por eso el vacío del sepulcro la deja desconcertada. Sin Jesús, se siente perdida.

Los otros evangelistas recogen otra tradición que describe la búsqueda de todo el grupo de mujeres. No pueden olvidar al Maestro que las ha acogido como discípulas: su amor las lleva hasta el sepulcro. No encuentran allí a Jesús, pero escuchan el mensaje que les indica hacia dónde han de orientar su búsqueda: ¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado.

La fe en Cristo resucitado no nace tampoco hoy en nosotros de forma espontánea, solo porque lo hemos escuchado desde niños a catequistas y predicadores. Para abrirnos a la fe en la resurrección de Jesús hemos de hacer nuestro propio recorrido. Es decisivo no olvidar a Jesús, amarlo con pasión y buscarlo con todas nuestras fuerzas, pero no en el mundo de los muertos. Al que vive hay que buscarlo donde hay vida.

Si queremos encontrarnos con Cristo resucitado, lleno de vida y de fuerza creadora, lo hemos de buscar no en una religión muerta, reducida al cumplimiento y la observancia externa de leyes y normas, sino allí donde se vive según el Espíritu de Jesús, acogido con fe, con amor y con responsabilidad por sus seguidores.

Lo hemos de buscar, no entre cristianos divididos y enfrentados en luchas estériles, vacías de amor a Jesús y de pasión por el Evangelio, sino allí donde vamos construyendo comunidades que ponen a Cristo en su centro, porque saben que donde están reunidos dos o tres en su nombre, allí está Él.

Al que vive no lo encontraremos en una fe estancada y rutinaria, gastada por toda clase de tópicos y fórmulas vacías de experiencia, sino buscando una calidad nueva en nuestra relación con Él y en nuestra identificación con su proyecto. Un Jesús apagado e inerte, que no enamora ni seduce, que no toca los corazones ni contagia su libertad, es un ‘Jesús muerto’. No es el Cristo vivo, resucitado por el Padre. No es el que vive y hace vivir.    J. A. Pagola (2010)

 

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