Sábado, 23 de Enero del 2021
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27┬║ Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A: 4 de octubre del 2020
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LOS FRUTOS QUE DIOS ESPERA

   A las autoridades religiosas del templo de Jerusalén,

Jesús les narra la parábola de los labradores indignos y asesinos.  

   Se trata de unos trabajadores que para apropiarse de la viña,

asesinan no solo a los servidores del dueño, sino también a su hijo.

Por eso, el Reino de Dios se dará a un pueblo que produzca frutos.

  

Tienen las manos manchadas de sangre

   La parábola es una denuncia a las personas y malas autoridades,

de ayer y de hoy, que buscan sus intereses, en vez de servir al pueblo,

llegando incluso a mancharse las manos con sangre inocente.

   Mientras pocos ricos gastan millones de dólares en recreaciones,

cigarrillos, bebidas alcohólicas, drogas, gastos militares, etc.

hay millones de hombres y mujeres que viven en la miseria.

   Al respecto, Paulo VI dice: Cuando tantos pueblos tienen hambre,

cuando tantos hogares sufren miseria, cuando tantos hombres

viven sumergidos en la ignorancia, cuando aún quedan por construir

tantas escuelas, hospitales, viviendas dignas de este nombre,

todo derroche público o privado, todo gasto de ostentación nacional

o personal, toda carrera de armamentos se convierte en un escándalo

intolerable. Nos vemos obligados a denunciarlo. Quieran los

responsables oírnos antes de que sea demasiado tarde (PP, n.53).

   Muchos de los responsables tienen las manos manchadas de sangre,

como lo denunció (el 5 de jul. 1976) Mons. Enrique Angelelli, obispo

de La Rioja-Argentina: La cárcel esta╠ü repleta de detenidos por el solo

delito de ser miembros fieles y conscientes de la Iglesia. Y algo más,

en La Rioja: Se tortura asquerosamente. Este valiente profeta,

es asesinado el 4 de agosto de 1976, a los 53 años.

   Jesús nos dice: Les voy a enviar profetas, sabios y maestros.

Pero ustedes asesinarán y crucificarán a algunos de ellos,

y a otros los azotaráno los perseguirán de pueblo en pueblo.

Sobre ustedes recaerá esa sangre inocente derramada… (Mt 23,34).

El Reino de Dios se dará a un pueblo que produzca frutos

   Aquellas autoridades religiosas se preocupan por el culto del templo,

y por el “cumplo-y-miento” de tradiciones y costumbres humanas… y

dejan de practicar la justicia… y los mandamientos de Dios (Mt 15,1-9).

Actuando así, buscan apropiarse de la viña del Señor y de sus frutos. 

   Ahora bien, cuando Jesús pregunta a estos dirigentes religiosos:

¿Qué hará el propietario con aquellos labradores asesinos?,

responden: Los matará y arrendará la viña a otros trabajadores.

Entonces Jesús les dice: A ustedes se les quitará el Reino de Dios,

para ser entregado a un pueblo que produzca frutos.

   Felizmente hay familias y comunidades que producen frutos…

siguen el ejemplo de Jesús servidor que lava los pies (Jn 13,12-15)…

y practican el mandamiento nuevo: Amarnos unos a otros (Jn 13,34).

   Al respecto, en “La alegría del Evangelio”, el Papa Francisco dice:

El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres,

tanto que hasta Él mismo “se hizo pobre” (2Cor 8,9).

Todo el camino de nuestra salvación está signado por los pobres.

Esta salvación vino a nosotros a través del “sí”

de una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido

en la periferia de un gran imperio. El Salvador nació en un pesebre,

entre animales, como lo hacían los hijos de los más pobres;

fue presentado en el Templo junto con dos pichones,

la ofrenda de quienes no podían permitirse pagar un cordero (…);

creció en un hogar de sencillos trabajadores

y trabajó con sus manos para ganarse el pan (…).

   Luego, el Papa subraya que los pobres están en el corazón de Dios:

A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza,

les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón.

“Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece”.

Con ellos se identificó: “Tuve hambre y me diste de comer”,

y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo.

   Más adelante, el Papa declara: Por eso quiero una Iglesia pobre

para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos (…).

Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos.

La nueva evangelización es una invitación a reconocer

la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino

de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos,

a prestarles nuestra voz en sus causas (EG, n.197s).        J. Castillo A

  

CRISIS RELIGIOSA

   La parábola de los “viñadores homicidas” es un relato en el que Jesús va descubriendo con acentos alegóricos la historia de Dios con su pueblo elegido. Es una historia triste. Dios lo había cuidado desde el comienzo con todo cariño. Era su “viña preferida”. Esperaba hacer de ellos un pueblo ejemplar por su justicia y su fidelidad. Serían una “gran luz” para todos los pueblos.

   Sin embargo, aquel pueblo fue rechazando y matando uno tras otro a los profetas que Dios les iba enviando para recoger los frutos de una vida más justa. Por último, en un gesto increíble de amor, les envió a su propio Hijo. Pero los dirigentes de aquel pueblo terminaron con Él. ¿Qué puede hacer Dios con un pueblo que defrauda de manera tan ciega y obstinada sus expectativas?

   Los dirigentes religiosos que están escuchando atentamente el relato responden espontáneamente en los mismos términos de la parábola: el señor de la viña no puede hacer otra cosa que dar muerte a aquellos labradores y poner su viña en manos de otros. Jesús saca rápidamente una conclusión que no esperan: Por eso yo os digo que se os quitará a vosotros el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca frutos.

   Comentaristas y predicadores han interpretado con frecuencia la parábola de Jesús como la reafirmación de la Iglesia cristiana como “el nuevo Israel” después del pueblo judío que, después de la destrucción de Jerusalén el año setenta, se ha dispersado por todo el mundo.

   Sin embargo, la parábola está hablando también de nosotros. Una lectura honesta del texto nos obliga a hacernos graves preguntas: ¿Estamos produciendo en nuestros tiempos “los frutos” que Dios espera de su pueblo: justicia para los excluidos, solidaridad, compasión hacia el que sufre, perdón...?

   Dios no tiene por qué bendecir un cristianismo estéril del que no recibe los frutos que espera. No tiene por qué identificarse con nuestra mediocridad, nuestras incoherencias, desviaciones y poca fidelidad. Si no respondemos a sus expectativas, Dios seguirá abriendo caminos nuevos a su proyecto de salvación con otras gentes que produzcan frutos de justicia.

   Nosotros hablamos de “crisis religiosa”, “descristianización”, “abandono de la práctica religiosa”... ¿No estará Dios preparando el camino que haga posible el nacimiento de una Iglesia más fiel al proyecto del Reino de Dios? ¿No es necesaria esta crisis para que nazca una Iglesia menos poderosa pero más evangélica, menos numerosa pero más entregada a hacer un mundo más humano? ¿No vendrán nuevas generaciones más fieles a Dios?

José Antonio Pagola (2014)

 

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