Martes, 20 de Abril del 2021
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BAUTISMO DEL SE├ĹOR, CICLO B: 10 DE ENERO DEL 2021
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*Sobre mi servidor, mi elegido, he puesto mi Espíritu (Is 42,1-7)

*Dios ungió a Jesús con el Espíritu Santo y poder (Hch 10,34-38)

*Una voz dice: Tú eres mi Hijo amado, mi elegido (Mc 1,7-11)

 

TÚ ERES MI HIJO AMADO

   A los familiares y amigos de Cornelio reunidos en su casa,

Pedro les dice: Dios ungió a Jesús con el Espíritu Santo y poder.

Él anduvo haciendo el bien y sanando a los enfermos.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y Jerusalén…

Luego, ordena bautizarlos en el nombre de Jesús (Hch 10,38ss).

   Hoy, para que el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía,

sean de veras fundamentos de toda vida cristiana (CCE, 1212);

debemos vivir y actuar movidos por el Espíritu de Jesús.

  

El profeta Juan predica y bautiza

   El Bautista pertenece a una familia sacerdotal campesina.

Sin embargo, guiado por la Palabra de Dios,

deja el templo y va al desierto, cerca del río Jordán,

donde vive con sencillez en su vestido y alimentos.

   Juan es una persona humilde, no se considera digno

de desatar las correas de las sandalias de Jesús y, sin dar más detalles, anuncia que Él bautizará con el Espíritu Santo. Después Jesús dirá:

*El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar

en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne,

y lo que nace del Espíritu es espíritu (Jn 3,5s).

*Los verdaderos adoradores adoran al Padre

en Espíritu y en verdad. A estos adoradores busca el Padre.

Dios es Espíritu, por tanto, los que le adoran, deben

hacerlo en Espíritu y en verdad (Jn 4,23s).

   Después, la voz de Juan no se oye y sus manos dejan de bautizar,

porque Herodes Antipas lo encarcela y ordena asesinarlo.

¿Su proyecto quedará interrumpido?... ¿Habrá sido un fracaso?...

   De ninguna manera, la mecha que todavía humea no se apaga.

Jesús, después de ser bautizado por Juan, y con el poder del Espíritu,

irá a Galilea para anunciar que son felices: los pobres,

los hambrientos, los que lloran, los perseguidos (Lc 6,20-23).

 

Jesús va al río Jordán para ser bautizado

   Un día, cuando Jesús tiene unos treinta años de edad (Lc 3,23),

deja Nazaret, y va al desierto en busca del profeta Juan.

Al llegar al río Jordán, encuentra un ambiente conmovedor,

se acerca al Bautista, escucha su llamada a la conversión,

y, despojado de todo privilegio, se hace bautizar,

como uno más entre muchas otras personas.

   El bautismo de Jesús es un acontecimiento importante en su vida.

El Espíritu le acompaña para llevar a cabo la misión que el Padre

le ha confiado: hacer realidad entre nosotros el Reino de Dios.

   En nuestros días, es lamentable que el bautismo viene a ser

un simple rito religioso, que no anima la vida ni la experiencia de fe

de la persona bautizada, generalmente, en su niñez.

Nos hemos olvidado que el bautismo es un nuevo nacimiento,

que nos compromete a construir: la filiación, somos hijos de Dios;

y la fraternidad, todos somos hermanos (Mt 23,8s).

 

La voz del Padre: Tú eres mi Hijo amado

   Después que Jesús es bautizado, los cielos se rasgan,

y se oye una voz que dice: Tú eres mi Hijo amado.

Al respecto, hay varios textos que debemos meditarlos:

-Realmente este hombre es Hijo de Dios (Mc 15,39).

-Dios Padre nos arranca del poder de las tinieblas y nos traslada

al Reino de su Hijo amado (Col 1,13).

-Cristo no se atribuye el honor de ser sumo sacerdote,

sino que lo recibe de Aquel que le dice: Tú eres mi hijo (Heb 5,5).

-Jesucristo recibe de Dios Padre honor y gloria,

por una voz que le llega desde la sublime Majestad que dice:

Este es mi Hijo amado, mi predilecto (2Pe 1,17).                                                                                                                                                          

   Ahora bien, si queremos buscar y encontrar a Jesús,

el Hijo amado del Padre, no debemos buscarlo en un cielo lejano.

Hay que buscarlo aquí en la tierra: Él sigue abrazando a los niños.

Va al encuentro y acoge a los hijos pródigos que dejan el hogar.

Da vida a las personas asaltadas, heridas y abandonadas en el camino.

Sufre con el pobre Lázaro, cubierto de llagas y con hambre.

Se identifica con las personas excluidas por la sociedad y la religión.

No tienen ningún reparo para acoger y comer con gente pecadora.

Solo nos pide amarnos unos a otros como Él nos ama.    J. Castillo

 

EL ESPÍRITU DEL SEÑOR

   Jesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía una profunda crisis religiosa. Llevaban mucho tiempo sintiendo la lejanía de Dios. Los cielos estaban “cerrados”. Una especie de muro invisible parecía impedir la comunicación de Dios con su pueblo. Nadie era capaz de escuchar su voz. Ya no había profetas. Nadie hablaba impulsado por su Espíritu.

   Lo más duro era esa sensación de que Dios los había olvidado. Ya no le preocupaban los problemas de Israel. ¿Por qué permanecía oculto? ¿Por qué estaba tan lejos? Seguramente muchos recordaban la ardiente oración de un antiguo profeta que rezaba así a Dios: Ojalá rasgaras el cielo y bajases.

   Los primeros que escucharon el Evangelio de Marcos tuvieron que quedar sorprendidos. Según su relato, al salir de las aguas del Jordán, después de ser bautizado, Jesús vio rasgarse el cielo y experimentó que el Espíritu de Dios bajaba sobre Él. Por fin era posible el encuentro con Dios. Sobre la tierra caminaba un hombre lleno del Espíritu de Dios. Se llamaba Jesús y venía de Nazaret.

   Ese Espíritu que desciende sobre Él es el aliento de Dios que crea la vida, la fuerza que renueva y cura a los vivientes, el amor que lo transforma todo. Por eso Jesús se dedica a liberar la vida, a curarla y hacerla más humana. Los primeros cristianos no quisieron ser confundidos con los discípulos del Bautista. Ellos se sentían bautizados por Jesús con su Espíritu.

   Sin ese Espíritu todo se apaga en el cristianismo. La confianza en Dios desaparece. La fe se debilita. Jesús queda reducido a un personaje del pasado, el Evangelio se convierte en letra muerta. El amor se enfría y la Iglesia no pasa de ser una institución religiosa más.

   Sin el Espíritu de Jesús, la libertad se ahoga, la alegría se apaga, la celebración se convierte en costumbre, la comunión se resquebraja. Sin el Espíritu la misión se olvida, la esperanza muere, los miedos crecen, el seguimiento a Jesús termina en mediocridad religiosa.

   Nuestro mayor problema es el olvido de Jesús y el descuido de su Espíritu. Es un error pretender lograr con organización, trabajo, devociones o estrategias diversas lo que solo puede nacer del Espíritu. Hemos de volver a la raíz, recuperar el Evangelio en toda su frescura y verdad, bautizarnos con el Espíritu de Jesús.

   No nos hemos de engañar. Si no nos dejamos reavivar y recrear por ese Espíritu, los cristianos no tenemos nada importante que aportar a la sociedad actual tan vacía de interioridad, tan incapacitada para el amor solidario y tan necesitada de esperanza.



José Antonio Pagola (2012)

 

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