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EL MISTERIO CENTRAL DE NUESTRA FE
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Santísima Trinidad (ciclo C): 26 de mayo del 2013

Prov 8,22-31  -  Rom 5,1-5  -  Jn 16,12-15

 

EL MISTERIO CENTRAL DE NUESTRA FE

 

Creo en Dios, Padre misericordioso

En el discurso de despedida que viene a ser como su testamento,

Jesús les dice a sus discípulos: Todo lo que tiene el Padre es mío...

Esta comunión que hay entre el Padre y el Hijo se debe a que el Padre,

rico en misericordia, ha enviado a su Hijo para que tengamos vida:

Padre,  la vida eterna consiste en que te conozcan a ti,

el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú enviaste…

He manifestado tu Nombre a los que Tú elegiste y me los confiaste…

Ahora ellos saben que todo lo que me has dado procede de ti.

Les he anunciado el mensaje que me diste, ellos han reconocido

que yo salí de ti y han creído que Tú me has enviado (Jn 17,3-8).

Gracias a Jesús, sabemos que Dios es un Padre misericordioso,

porque en su corazón hay lugar para todos sus hijos e hijas,

preferentemente, los que no valen nada a los ojos de este mundo:

Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único (Jn 3,16).

En consecuencia, no basta decir: ‘Yo creo’. Lo más importante

es defender a los pobres, a las viudas, a los huérfanos y forasteros.

Así lo dice el Padre bueno que liberó a su pueblo de la esclavitud:

No explotarás ni maltratarás a los forasteros, porque ustedes

también fueron forasteros en Egipto. No oprimirás a las viudas

ni  a los huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre

que tú conoces, no serás como el usurero exigiéndole intereses.

Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes

de la puesta del sol, pues es lo único que tiene para cubrir su cuerpo

y abrigarse. Si no, ¿sobre qué va a dormir? (Ex 22,20-26).

 

Creo en Jesucristo, que fue crucificado y ha resucitado

También Jesús les dice a sus discípulos: Muchas cosas me quedan

por decirles, pero ahora ustedes no pueden comprenderlas.

Recordemos que todas las veces que Jesús anuncia su pasión, muerte

y resurrección, sus discípulos prefieren mirar a otro lado. En efecto,

hoy como ayer, no es fácil anunciar y buscar el Reino de Dios que es:

vida y amor, gracia y santidad, verdad y libertad, justicia y paz.

-Allí están los nuevos adoradores  del becerro de oro y del dinero mal

habido, y los que imponen la dictadura de la economía sin rostro.

-También están los lobos disfrazados de ovejas que entran al corral,

no por la puerta sino por otro lado para: robar, matar y destrozar.

-Y no faltan  las malas autoridades que se apacientan a sí mismas.

Estas autoridades que aman las tinieblas, no cesan de calumniar,

perseguir y matar a los que buscan el Reino de Dios y su justicia.

En este contexto, a los cristianos solo nos queda un camino,

seguir los pasos de Jesús, y como Él dar la vida por los amigos:

Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas…

Yo soy el buen pastor, conozco a mis ovejas y ellas me conocen, así

como el Padre me conoce y yo conozco al Padre… Por eso me ama

el Padre, porque doy la vida, para después recobrarla.

Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente (Jn 10,11-18).

Más adelante, antes de resucitar a Lázaro, Jesús dice a Marta: Yo soy

la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá;

y quien vive y cree en mí no morirá para siempre (Jn 11,25-27).

 

Creo en el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad

Jesús reconforta a sus discípulos con la promesa del Espíritu Santo:

Cuando venga el Espíritu de la verdad, les guiará a la verdad plena.

El Espíritu Santo -que procede del Padre y del Hijo- está en nosotros,

alentando  nuestra vida y atrayéndonos continuamente hacia el bien.

-En el diálogo con Nicodemo, Jesús le dice: El viento sopla hacia

donde quiere, tú oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene

ni a dónde va. Así sucede con el que ha nacido del Espíritu (Jn 3,8).

-Y en el diálogo con la samaritana, Jesús le dice: Dios es Espíritu

y los que le adoran deben hacerlo en espíritu y verdad (Jn 4,21-24).

Gracias al Espíritu Santo, los discípulos anunciarán la Buena Noticia

de Jesús: en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta el confín del mundo.

Un día, mientras estaban celebrando el culto al Señor y ayunando,

el Espíritu Santo les dice: -Sepárenme a Bernabé y a Pablo

para la misión a la que les tengo destinados. Ayunaron, oraron,

e imponiéndoles las manos, los despidieron (Hch 13,1-3).        

J. Castillo A.

 

MISTERIO DE BONDAD

 

A lo largo de los siglos, los teólogos se han esforzado por investigar el misterio de Dios ahondando conceptualmente en su naturaleza y exponiendo sus conclusiones con diferentes lenguajes. Pero, con frecuencia, nuestras palabras esconden su misterio más que revelarlo. Jesús no habla mucho de Dios. Nos ofrece sencillamente su experiencia.

A Dios Jesús lo llama ‘Padre’ y lo experimenta como un misterio de bondad. Lo vive como una Presencia buena que bendice la vida y atrae a sus hijos e hijas a luchar contra lo que hace daño al ser humano. Para Él, ese misterio último de la realidad que los creyentes llamamos ‘Dios’ es una Presencia cercana y amistosa que está abriéndose camino en el mundo para construir, con nosotros y junto a nosotros, una vida más humana.

Jesús no separa nunca a ese Padre de su proyecto de transformar el mundo. No puede pensar en Él como alguien encerrado en su misterio insondable, de espaldas al sufrimiento de sus hijos e hijas. Por eso, pide a sus seguidores abrirse al misterio de ese Dios, creer en la Buena Noticia de su proyecto, unirnos a Él para trabajar por un mundo más justo y dichoso para todos, y buscar siempre que su justicia, su verdad y su paz reinen cada vez más en entre nosotros.

Por otra parte, Jesús se experimenta a sí mismo como ‘Hijo’ de ese Dios, nacido para impulsar en la tierra el proyecto humanizador del Padre y para llevarlo a su plenitud definitiva por encima incluso de la muerte. Por eso, busca en todo momento lo que quiere el Padre. Su fidelidad a Él lo conduce a buscar siempre el bien de sus hijos e hijas. Su pasión por Dios se traduce en compasión por todos los que sufren.

Por eso, la existencia entera de Jesús, el Hijo de Dios, consiste en curar la vida y aliviar el sufrimiento, defender a las víctimas y reclamar para ellas justicia, sembrar gestos de bondad, y ofrecer a todos la misericordia y el perdón gratuito de Dios: la salvación que viene del Padre.

Por último, Jesús actúa siempre impulsado por el ‘Espíritu’ de Dios. Es el amor del Padre el que lo envía a anunciar a los pobres la Buena Noticia de su proyecto salvador. Es el aliento de Dios el que lo mueve a curar la vida. Es su fuerza salvadora la que se manifiesta en toda su trayectoria profética.

Este Espíritu no se apagará en el mundo cuando Jesús se ausente. Él mismo lo promete así a sus discípulos. La fuerza del Espíritu los hará testigos de Jesús, Hijo de Dios, y colaboradores del proyecto salvador del Padre. Así vivimos los cristianos prácticamente el misterio de la Trinidad. José Antonio Pagola (2013)

 

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