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Cuerpo y Sangre de Cristo
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Cuerpo y Sangre de Cristo (ciclo C): 2 de junio del 2013

Gen 14,18-20  -  1Cor 11,23-26  -  Lc 9,11-17

 

DENLES USTEDES DE COMER

 

Hambre de Dios…

Mientras Jesús y sus apóstoles se retiran a la ciudad de Betsaida,

una gran multitud de hombres y mujeres van a su encuentro.

Jesús los acoge, les anuncia el Reino de Dios y sana a los enfermos.

*Jesús los acoge. Son personas que viven angustiadas en la pobreza,

pues sus tierras han sido arrebatadas por los terratenientes.

Debido a tantas injusticias, los que están agobiados por las deudas,

se ven obligados a dejar el campo para refugiarse en las ciudades;

incrementándose así los mendigos, las prostitutas, los delincuentes…

Todos ellos llevan sobre sus espaldas el peso intolerable de la miseria.

Por eso, Jesús los acoge pues andan errantes como ovejas sin pastor.

*Jesús les anuncia el Reino de Dios. Les habla desde su experiencia:

Él nació pobre en un establo… Vive pobre entre los pobres…

No posee ni siquiera una piedra donde reclinar su cabeza…

Es un predicador ‘ambulante’ que camina por ciudades y pueblos…

Cuando anuncia el Reino de Dios, Jesús utiliza un lenguaje sencillo,

que está al alcance de todos, en especial de la gente pobre:

Yo te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios

y entendidos, y las diste a conocer a la gente sencilla (Lc 10,21).

Lo central en la vida de Jesús es anunciar el Reino de Dios,

por esta causa: vive y lucha, es calumniado, perseguido y ejecutado.

¿Y nosotros, hacemos lo mismo? No vaya suceder que en lugar

de alimentar con la Palabra de Dios estemos dando piedra (Lc 11,11).

*Jesús sana a los enfermos. Para Jesús, lo que a Dios le preocupa

no son las ceremonias del templo sino el sufrimiento de los enfermos.

Dios, Padre compasivo, es amigo de la vida y es el Señor que sana.

Por este motivo Jesús, guiado por el Espíritu Santo, pasó su vida

proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando a los enfermos.

También hoy, como lo dijo Juan Pablo II, la Iglesia es consciente

de que su mensaje será creíble por el testimonio de las obras (CA 57).

 

Hambre de pan…

Como ya era tarde, los apóstoles se acercan a Jesús y le dicen:

*Despide a la gente para que vayan a buscar alojamiento y comida.

Esta solución, lamentablemente, tiene actualidad en nuestra sociedad.

El lujo de unos pocos ricos viene a ser un insulto y un escándalo,

ante la inhumana miseria en que viven millones de hermanos nuestros;

expresada por ejemplo, en mortalidad infantil, falta de vivienda,

problemas de salud, salarios de hambre, desempleo y subempleo,

desnutrición, inestabilidad laboral, migraciones forzadas… (DP 28s).

En otras palabras, el capitalismo salvaje que nos gobierna es incapaz

de resolver el hambre de 900 millones de niños, jóvenes y adultos;

no por falta de recursos, sino porque prefieren amontonar oro y plata.

Antes que sea demasiado tarde, meditemos en las siguientes palabras:

-La vida del pobre depende del poco pan que tiene,

quien se lo quita, es un asesino (Eclesiástico 34,18-22).

-¿De qué servirá adornar la mesa de Cristo con vasos de oro,

si el mismo Cristo muere de hambre? (San Juan Crisóstomo).

*Jesús les contesta: Denles ustedes de comer; y a continuación,

Jesús dice a sus apóstoles: Háganlos sentar en grupos de cincuenta.

En lugar de una masa anónima, Jesús busca formar comunidad, donde

todos sean acogidos y puedan sentarse alrededor de una misma mesa.

¿Llegará el día en que los pobres Lázaros -enfermos y hambrientos-

sean acogidos, participen y coman en la misma mesa del rico?

*Los apóstoles entregan a Jesús todo lo que tienen: cinco panes

y dos pescados. Jesús toma los cinco panes y los dos pescados,

levanta los ojos, los bendice, los parte y se los da a los apóstoles

para que los repartan a la gente… Todos comieron hasta saciarse.

Jesús y los apóstoles nos dan una lección para que hagamos lo mismo:

compartir nuestro pan con los pobres, inválidos, ciegos (Lc 14,12ss);

y además ir a las raíces de estas situaciones dolorosas.

*Que la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor Jesús, nos lleve

a encontrarlo en sus hermanos más pobres: hambrientos, sedientos,

forasteros, desnudos, enfermos y encarcelados (Mt 25,31-46). 

¿De qué sirve recibir el Cuerpo de Cristo todos los domingos

y luego, durante la semana, ignorar el hambre y la sed de justicia

que tienen millones de personas privadas del pan de cada día?   

J. Castillo A.

 

EN MEDIO DE LA CRISIS

 

La crisis económica va a ser larga y dura. No nos hemos de engañar. No podremos mirar a otro lado. En nuestro entorno más o menos cercano nos iremos encontrando con familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas de desahucio, vecinos golpeados por el paro, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación.

Nadie sabe muy bien cómo irá reaccionando la sociedad. Sin duda, irá creciendo la impotencia, la rabia y la desmoralización de muchos. Es previsible que aumenten los conflictos y la delincuencia. Es fácil que crezca el egoísmo y la obsesión por la propia seguridad.

Pero también es posible que vaya creciendo la solidaridad. La crisis nos puede hacer más humanos. Nos puede enseñar a compartir más lo que tenemos y no necesitamos. Se pueden estrechar los lazos y la mutua ayuda dentro de las familias. Puede crecer nuestra sensibilidad hacia los más necesitados. Seremos más pobres, pero podemos ser más humanos.

En medio de la crisis, también nuestras comunidades cristianas pueden crecer en amor fraterno. Es el momento de descubrir que no es posible seguir a Jesús y colaborar en el proyecto humanizador del Padre sin trabajar por una sociedad más justa y menos corrupta, más solidaria y menos egoísta, más responsable y menos frívola y consumista.

Es también el momento de recuperar la fuerza humanizadora que se encierra en la Eucaristía cuando es vivida como una experiencia de amor confesado y compartido. El encuentro de los cristianos, reunidos cada domingo en torno a Jesús, ha de convertirse en un lugar de concienciación y de impulso de solidaridad práctica.

La crisis puede sacudir nuestra rutina y mediocridad. No podemos comulgar con Cristo en la intimidad de nuestro corazón sin comulgar con los hermanos que sufren. No podemos compartir el pan eucarístico ignorando el hambre de millones de seres humanos privados de pan y de justicia. Es una burla darnos la paz unos a otros olvidando a los que van quedando excluidos socialmente.

La celebración de la Eucaristía nos ha de ayudar a abrir los ojos para descubrir a quiénes hemos de defender, apoyar y ayudar en estos momentos. Nos ha de despertar de la ‘ilusión de inocencia’ que nos permite vivir tranquilos, para movernos y luchar solo cuando vemos en peligro nuestros intereses. Vivida cada domingo con fe, nos puede hacer más humanos y mejores seguidores de Jesús. Nos puede ayudar a vivir la crisis con lucidez cristiana, sin perder la dignidad ni la esperanza.         

José Antonio Pagola (2013)

 

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