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JESÚS, ETERNAMENTE JOVEN
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Domingo X, Tiempo Ordinario (ciclo C): 9 de mayo del 2013

1Re 17,17-24  -  Gal 1,11-19  -  Lc 7,11-17

 

JESÚS, ETERNAMENTE JOVEN

 

Hijo único de una madre viuda

Mientras un numeroso grupo de vecinos de la ciudad de Naín salen,

llevando los restos mortales del hijo único de una madre viuda;

Jesús, sus discípulos y mucha gente, llegan a la puerta de esa ciudad.

Aquel encuentro entre la muerte y la vida, debemos meditarlo a la luz

de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, el Profeta de Nazaret.

Al ver el sufrimiento de aquella madre viuda, Jesús siente compasión

(=se le remueven las entrañas); se acerca a ella y le dice: No llores.

Recordemos que Jesús, desde que empieza a predicar en Galilea,

es también hijo único de una madre viuda, llamada María.

Jesús actúa siempre movido por la ‘com-pasión’ y la ‘miseri-cordia’,

es el único camino que tiene para acoger y dar vida a las personas

que llevan sobre sus hombros: pobreza, hambre, sufrimiento, llanto,

exclusión, insulto, desprecio (Lc 6,20-23). He aquí algunos gestos:

*Ante el sepulcro de su amigo Lázaro, Jesús al ver llorar a María,

se conmueve profundamente, se estremece… y llora (Jn 11,33-34).

*Al llegar a Jerusalén y ver la ciudad, Jesús llora por ella y dice:

Ojalá reconozcas en este día los caminos de la paz (Lc 19,41-42).

*Mientras Jesús camina al Calvario, le siguen muchísima gente

y también muchas mujeres que lloran y se lamentan por Él.

Jesús las mira y les dice: Mujeres de Jerusalén, no lloren por mí,

lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos… (Lc 23,27-31).

*Antes de morir, Jesús nos deja este significativo testamento:

Al ver a su madre y junto a ella al discípulo amado, dice a su madre:

-Mujer, ahí tienes a tu hijo. Y al discípulo: -Ahí tienes a tu madre.

Desde ese momento el discípulo se la llevó a su casa (Jn 19,25-27).

*La Iglesia será más creíble si actúa movida por la compasión:

 Señor, danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana.

Inspíranos gesto y palabra oportuna frente al hermano desamparado.

Ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado.

 

Joven, a ti te digo: ¡Levántate!

En aquella época, el que tocaba un cadáver quedaba impuro.

A Jesús no le interesa esta creencia. Por eso, se acerca, toca el ataúd

y dice: Joven, a ti te digo: ¡Levántate! El muerto se incorpora

empieza a hablar… y Jesús se lo entrega a su madre… Al ver esto,

todos quedan llenos de temor y, luego, alaban a Dios diciendo:

Un gran profeta ha surgido entre nosotros y Dios nos ha visitado.

Hoy en día, muchos piensan que la pastoral juvenil es viva y exitosa

por la cantidad de actividades que se realiza, sin orden ni continuidad.

Este activismo sirve para distraer y dar la sensación de cambiar algo,

pero no toca los problemas reales, ni va a las raíces de las injusticias.

Qué diferente, en cambio, hacer que los jóvenes tengan capacidad de:

ver, oír, hablar, levantarse, caminar, para construir un mundo mejor.

En los Mensajes a la Humanidad del Concilio Vaticano II, hay uno

que está dirigido a los jóvenes, mostrándoles un camino nuevo:

Ustedes van a recibir la antorcha de las manos de sus mayores

y a vivir en el mundo en el momento de su más grande transformación.

Ustedes, tomando lo mejor del ejemplo y de las enseñanzas

de sus padres y de sus maestros, van a formar la sociedad de mañana;

ustedes se salvarán o perecerán con ella.  

Después de afirmar que la Iglesia ha trabajado durante cuatro años

para rejuvenecer su rostro y para responder a los designios

de Cristo, eternamente joven; los Obispos del Vaticano II añaden:

La Iglesia quiere ansiosamente que esta sociedad que van a construir

respete: la dignidad, la libertad, el derecho de todas las personas…

En el nombre de este Dios  y de su Hijo, Jesús, les exhortamos

a ensanchar sus corazones a las dimensiones del mundo,

a escuchar la llamada de sus hermanos y hermanas,

y a poner sus jóvenes energías al servicio de todos ellos.

Luchen contra todo egoísmo.

No permitan que se dé libre curso a los instintos de violencia y odio.

Sean generosos, puros, respetuosos y sinceros.

Y construyan con entusiasmo un mundo mejor que el de sus mayores.

En 1968, el obispo Helder Camara, escribe una carta a los jóvenes

donde les dice: La juventud no es solo la falta de arrugas y de canas.

La vejez no es solo la edad avanzada. Bien saben ustedes que ser

joven es tener una causa a la que consagrar la propia vida.       

J. Castillo A.

 

EL SUFRIMIENTO HA DE SER TOMADO EN SERIO

 

Jesús llega a Naín cuando en la pequeña aldea se está viviendo un hecho muy triste. Jesús viene del camino, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío. De la aldea sale un cortejo fúnebre camino del cementerio. Una madre viuda, acompañada por sus vecinos, lleva a enterrar a su único hijo.

En pocas palabras, Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por los varones. Le quedaba solo un hijo, pero también éste acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?

El encuentro ha sido inesperado. Jesús venía a anunciar también en Naín la Buena Noticia de Dios. ¿Cuál será su reacción? Según el relato, el Señor la miró, se conmovió y le dijo: No llores. Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios.

No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. El abatimiento de aquella mujer le llega hasta dentro. Su reacción es inmediata: No llores. Jesús no puede ver a nadie llorando. Necesita intervenir.

No lo piensa dos veces. Se acerca al féretro, detiene el entierro y dice al muerto: Muchacho, a ti te lo digo, levántate. Cuando el joven se reincorpora y comienza a hablar, Jesús lo entrega a su madre para que deje de llorar. De nuevo están juntos. La madre ya no estará sola.

Todo parece sencillo. El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida, capaz de salvar incluso de la muerte. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de la gente.

En la Iglesia hemos de recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús. La hemos de rescatar de una concepción sentimental y moralizante que la ha desprestigiado. La compasión que exige justicia es el gran mandato de Jesús: Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo.

Esta compasión es hoy más necesaria que nunca. Desde los centros de poder, todo se tiene en cuenta antes que el sufrimiento de las víctimas. Se funciona como si no hubiera dolientes ni perdedores. Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. Él no quiere ver a nadie llorando.                 José Antonio Pagola (2013)

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