Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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EL TESTIMONIO DE LAS OBRAS
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V Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A): 9 febrero 2014

Is 58,7-10  -  1Cor 2,1-5  -  Mt 5,13-16

 

Leoncio, campesino pobre y ciego, camina de noche por las calles

oscuras de su pueblo, llevando en la mano una lámpara encendida.

Mientras va caminando, un amigo lo reconoce y le dice:

¿Por qué caminas con una lámpara encendida si eres ciego?

Leoncio responde: Yo conozco de memoria las calles de este pueblo.

Si llevo esta lámpara encendida, no es para ver mi camino,

sino para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí.

 

Dar sabor promoviendo una vida plena

Jesús al ver aquella multitud, sube al monte, se sienta, sus discípulos

se le acercan, y Él les anuncia las bienaventuranzas… Luego les dice:

Ustedes son la sal de la tierra… Así como la sal tiene que mezclarse

para dar sabor y conservar los alimentos, lo mismo debemos hacer

para ser Iglesia pobre entre los pobres. Caso contrario, seremos como

la sal insípida que ya no sirve y es arrojada para que la gente la pise.

¿Es justo que 85 personas más ricas del mundo tengan tanto dinero

como 3,500 millones de hombres y mujeres que viven en la pobreza?

¿Podemos mirar a otro lado cuando  la voracidad de los poderosos,

explota a los pobres indefensos y destruye a la madre tierra?

¿Será cierto que los derechos de los humildes no tienen importancia?

Hoy -dice el papa Francisco- todo entra dentro de juego de la ley del

más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Consecuencia,

grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas:

sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano

como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar (EG, n.53).

Jesús nos da ejemplo de ser sal de la tierra, con sus gestos audaces:

Él acoge a personas despreciadas, come con ellas y les da vida plena.

Con razón el papa Francisco insiste: Prefiero una Iglesia accidentada,

herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma

por el encierro y la comodidad… mientras afuera hay una multitud

hambrienta y Jesús nos repite: Denles ustedes de comer (EG, n.49).

 

Ser luz donde hay tinieblas

Ante las innumerables acusaciones de sus enemigos, Job responde:

Hay otros que odian la luz, y en todos sus caminos se apartan de ella.

Los asesinos madrugan para matar al pobre y al indigente,

y al anochecer se convierten en ladrones. La luz del día es para ellos

densa oscuridad, prefieren los horrores de las tinieblas (Job 24).

Cuando Nicodemo -un fariseo importante- va a visitarlo, Jesús le dice:

La luz vino al mundo, pero los hombres prefieren las tinieblas a la luz

porque sus obras son malas. Los que obran mal odian la luz

y no se acercan a ella para que no se descubra lo que hacen (Jn 3).

Las consecuencias están a la vista: una multitud de seres humanos

que viven maltratados y abatidos como ovejas sin pastor (Mt 9,36).

También hoy no podemos cerrar los ojos ante el pecado del mundo:

la opresión, y sus consecuencias: corrupción, injusticia, violencia…

Sin embargo, el pueblo que vive en tinieblas ha visto una gran luz.

Se trata de Jesús que es la luz verdadera que nos ilumina. Él nos dice:

Mientras estoy en este mundo, yo soy la luz del mundo (Jn 9,5).

Yo soy la luz… el  que cree en mí no se quede en tinieblas (Jn 12,46).

Jesús, desde aquella montaña, sigue llamando bienaventurados:

a los pobres, afligidos y desposeídos; a los misericordiosos

y limpios de corazón; a los que tienen hambre y sed de justicia;

a los que son odiados, calumniados y perseguidos por causa de Jesús.

Y a todos ellos les dice: Ustedes son la luz del mundoQue la luz

de ustedes brille ante los demás para que al ver sus buenas obras

glorifiquen al Padre que está en el cielo. Más adelante les dirá:

Amen a sus enemigos y oren por sus perseguidores (Mt 5,44ss).

Se trata de liberar a los oprimidos y con ellos liberar a los opresores,

para construir -desde el Evangelio- una sociedad humana y fraterna.

Si buscamos con palabras y obras el Reino de Dios y su justicia:

-Los hambrientos y sedientos van a sentarse alrededor de la misma

mesa: No tienen necesidad de irse, denles ustedes mismos de comer.

-Los emigrantes y desnudos van a compartir los bienes de la creación:

Dios puso al ser humano en el jardín para que lo cultive y cuide.

-Los enfermos van a quedar sanos y los presos liberados… Entonces,

Jesús dirá: Felices ustedes, tomen posesión del Reino de Dios (Mt 25).

Porque, la gloria de Dios consiste en que el hombre viva (S. Ireneo),

y según Oscar Romero, la gloria de Dios es que el pobre viva.  

J. Castillo A.


SALIR A LAS PERIFERIAS

               

            Jesús da a conocer con dos imágenes audaces y sorprendentes lo que piensa y espera de sus seguidores. No han de vivir pensando siempre en sus propios intereses, su prestigio o su poder. Aunque son un grupo pequeño en medio del vasto Imperio de Roma, han de ser la ‘sal’ que necesita la tierra y la ‘luz’ que le hace falta al mundo.

            Vosotros sois la sal de la tierra. Las gentes sencillas de Galilea captan espontáneamente el lenguaje de Jesús. Todo el mundo sabe que la sal sirve, sobre todo, para dar sabor a la comida y para preservar los alimentos de la corrupción. Del mismo modo, los discípulos de Jesús han de contribuir a que las gentes saboreen la vida sin caer en la corrupción.

            Vosotros sois la luz del mundo. Sin la luz del sol, el mundo se queda a oscuras y no podemos orientarnos ni disfrutar de la vida en medio de las tinieblas. Los discípulos de Jesús pueden aportar la luz que necesitamos para orientarnos, ahondar en el sentido último de la existencia y caminar con esperanza.

            Las dos metáforas coinciden en algo muy importante. Si permanece aislada en un recipiente, la sal no sirve para nada. Solo cuando entra en contacto con los alimentos y se disuelve con la comida, puede dar sabor a lo que comemos. Lo mismo sucede con la luz. Si permanece encerrada y oculta, no puede alumbrar a nadie. Solo cuando está en medio de las tinieblas puede iluminar y orientar. Una Iglesia aislada del mundo no puede ser ni sal ni luz.

            El Papa Francisco ha visto que la Iglesia vive hoy encerrada en sí misma, paralizada por los miedos, y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos como para dar sabor a la vida moderna y para ofrecerle la luz genuina del Evangelio. Su reacción ha sido inmediata: Hemos de salir hacia las periferias.

            El Papa insiste una y otra vez: Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos.

            La llamada de Francisco está dirigida a todos los cristianos: No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos… El Evangelios nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro. El Papa quiere introducir en la Iglesia lo que él llama la cultura del encuentro. Está convencido de que lo que necesita hoy la iglesia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones

José Antonio Pagola (2014)

 

 

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