Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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PAN DE VIDA Y BEBIDA DE SALVACIÓN
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Cuerpo y Sangre de Cristo (ciclo A): 22 de junio del 2014

Dt 8,2-3. 14-16  -  1Cor 10,16-17  -  Jn 6,51-59

 

PAN DE VIDA Y BEBIDA DE SALVACIÓN

   Para muchos de nosotros es fácil oír misa entera por costumbre,

escuchar las diversas lecturas sin ponerlas en práctica, ofrecer el pan

y el vino siguiendo los ritos establecidos, darnos la paz y continuar

encerrados en nuestro egoísmo, comulgar sin convertirnos…

Muy diferente, compartir el pan y el vino entregando nuestra vida,

como dice Jesús: El pan que doy es mi carne para la vida del mundo.

 

Los frutos de la tierra

   Ante la propuesta del presidente de EE.UU. de comprar sus tierras,

Seattle -jefe de los Suwamish- le responde, diciendo entre otras cosas:

-Nosotros somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros.

-Los ríos son nuestros hermanos, ellos sacian nuestra sed.

-Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vivir.

-Para el hombre blanco, la tierra no es su hermana sino su enemiga, 

 y después de conquistarla la abandona, y sigue su camino.

-Él trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo,

 como objetos que se pueden comprar, saquear y vender.

 Su voracidad arruinará la tierra dejando tras de sí un desierto.

-El aire es precioso porque todas las criaturas respiran en común.

Esta carta, de 1855, no pudo detener la invasión y el genocidio.

   Hoy en día, la explotación irracional destruye la biodiversidad,

y pone en peligro la vida de millones de campesinos e indígenas,

que son expulsados de sus tierras para vivir hacinados en la ciudad.

Lo mismo sucede con la industrialización salvaje y descontrolada,

que elimina los bosques, contamina el agua y convierte las zonas

explotadas en inmensos desiertos (Doc. de Aparecida, 2007, n.473s).

Además, el cambio climático es una amenaza para la paz mundial.

   Sin embargo al principio no fue así, porque el Padre misericordioso

nos entregó la tierra para cuidarla y cultivarla (Gen 2,15). Por eso,

la Eucaristía nos compromete a trabajar para que el pan y el vino

que ofrecemos, sean fruto de una tierra fértil, pura e incontaminada.

 

Los frutos del trabajo

   Bartolomé de las Casas (1484-1566) llegó a tierras americanas

en 1502, como un colono más. En 1507 fue ordenado sacerdote, para

entonces ya era un rico encomendero de tierras e indios, en la actual

República Dominicana y Cuba. Como él mismo lo dice: Estuve bien

ocupado y cuidando mis granjerías, enviando a los indios a sacar oro

y hacer sementeras, aprovechándome de ellos cuánto más podía.

   En abril de 1514, le piden celebrar la Eucaristía en la Doctrina del

Espíritu Santo (Cuba), y predicar sobre el Eclesiástico 34,18-22:

Robar algo a los pobres y ofrecérselo a Dios es como matar un hijo

delante de su padre. La vida del pobre depende del poco pan que

tiene, quien se lo quita es un asesino. Quitarle el sustento al prójimo

es como matarlo, no darle al obrero su salario es quitarle la vida.

   Viendo la miseria, servidumbre y esclavitud que padecen los indios,

descubre que todo eso es ceguera, injusticia, tiranía… y que nadie

podrá salvarse si maltratan a los indios que también son hijos de Dios.

Ahora bien, cuando Bartolomé comprende que el pobre es el indio,

cuando constata que como encomendero explota a los indígenas,

cuando descubre que va a ofrecer el pan que ha robado a los pobres…

su conciencia le acusa que no puede celebrar la Eucaristía, si antes

no dejaba en libertad a los indios esclavizados en sus encomiendas.

Y así lo hizo el 15 de agosto de 1514, día de su verdadera conversión.

Solo después pudo celebrar la Eucaristía, ofrecer el pan de la justicia,

el pan que es fruto de la tierra y del trabajo del hombre y de la mujer.

Ciertamente la gloria de Dios consiste en que todos tengan vida plena.

Años más tarde, en 1522, Bartolomé de las Casas ingresa a la Orden

de los Predicadores y, durante 52 años, será Defensor de los indios.

   Scomemos la carne del Hijo del hombre, pero no compartimos

nuestro pan con los hermanos que tienen hambre, ¿de qué sirve?

¿Podemos los cristianos beber la sangre del Hijo del hombre,

y permanecer indiferentes ante tanta sangre derramada injustamente?

¿Por qué decimos que creemos en la vida eterna, y no nos importa

los pobres Lázaros que sobreviven cubiertos de llagas y con hambre?

Por eso, si al llevar tu ofrenda al altar, te acuerdas de que tu hermano

tiene alguna queja contra ti, deja ahí la ofrenda delante del altar,

y anda primero a ponerte en paz con tu hermano (reconciliarte).

Solo así podrás volver al altar y presentar tu ofrenda (Mt 5,23s).

J. Castillo A.

 

ESTANCADOS

   El Papa Francisco está repitiendo que los miedos, las dudas, la falta de audacia... pueden impedir de raíz impulsar la renovación que necesita hoy la Iglesia. En su Exhortación La alegría del Evangelio llega a decir que, si quedamos paralizados por el miedo, una vez más podemos quedarnos simplemente en espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia.

   Sus palabras hacen pensar. ¿Qué podemos percibir entre nosotros?

¿Nos estamos movilizando para reavivar la fe de nuestras comunidades cristianas, o seguimos instalados en ese estancamiento infecundo del que habla Francisco? ¿Dónde podemos encontrar fuerzas para reaccionar?

   Una de las grandes aportaciones del Concilio fue impulsar el paso desde la ‘misa’, entendida como una obligación individual para cumplir un precepto sagrado, hacia la ‘eucaristía’ vivida como celebración gozosa de toda la comunidad para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Cristo.

   Sin duda, a lo largo de estos años, hemos dado pasos muy importantes. Quedan muy lejos aquellas misas celebradas en latín en las que el sacerdote ‘decía’ la misa y el pueblo cristiano venía a ‘oír’ la misa o ‘asistir’ a la celebración. Pero, ¿no estamos celebrando la eucaristía de manera rutinaria y aburrida?

   Hay un hecho innegable. La gente se está alejando de manera imparable de la práctica dominical porque no encuentra en nuestras celebraciones el clima, la palabra clara, el rito expresivo, la acogida estimulante que necesita para alimentar su fe débil y vacilante.

   Sin duda, todos, pastores y creyentes, nos hemos de preguntar qué estamos haciendo para que la eucaristía sea, como quiere el Concilio, centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana. Pero, ¿basta la buena voluntad de las parroquias o la creatividad aislada de algunos, sin más criterios de renovación?

   La Cena del Señor es demasiado importante para que dejemos que se siga ‘perdiendo’, como espectadores de un estancamiento infecundo ¿No es la eucaristía el centro de la vida cristiana? ¿Cómo permanece tan callada e inmóvil la jerarquía? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación y nuestro dolor con más fuerza?         

   El problema es grave. ¿Hemos de seguir ‘estancados’ en un modo de celebración eucarística, tan poco atractivo para los hombres y mujeres de hoy? ¿Es esta liturgia que venimos repitiendo desde hace siglos la que mejor puede ayudarnos a actualizar aquella cena memorable de Jesús donde se concentra de modo admirable el núcleo de nuestra fe?

José Antonio Pagola (2014)

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