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PARÁBOLAS DEL REINO
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XVI Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A: 20 de julio del 2014

Sab 12,13-19  -  Rom 8,26-27  -  Mt 13,24-43

 

PARÁBOLAS DEL REINO

   Jesús de Nazaret, que conoce muy bien la vida de los campesinos,

sigue enseñando a la gente y a sus discípulos sobre el Reino de Dios.

Para ello, hace uso de comparaciones o parábolas muy sencillas:

el trigo y la cizaña… la semilla de mostaza… la levadura

¿Qué razones tienen los que arrancan el trigo y dejan libre la cizaña?

¿Los pequeños, los insignificantes, los débiles… son los primeros?

¿Por qué los poderosos temen a los pobres que ven… oyen… hablan?

 

El trigo y la cizaña

   Un día, el hombre andino bajó al inmenso valle para sembrar.

Tras él, la tierra se cubrió de verdor y el sol brotó en el trigal.

Pero, grande fue su sorpresa al ver que junto al trigo había cizaña

¿Qué nos dice Jesús? Pide a sus discípulos de todos los tiempos,

dejar que el trigo y la cizaña crezcan juntos hasta la ciega,

no vaya a suceder que por arrancar la cizaña se arranque el trigo.

Solo al final, el Hijo del hombre separará a unos de otros:

Vengan, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y ustedes

me dieron de comer… Apártense de mí, malditos, porque

tuve hambre y ustedes no me dieron de comer…  (Mt 25,31-46).

   Hoy, se viola los derechos humanos más elementales sobre todo

de los campesinos, cuyas tierras son contaminadas o expropiadas,

para favorecer los intereses económicos de empresas transnacionales.

En las decisiones sobre el destino de nuestras riquezas naturales:

-Las poblaciones tradicionales han sido prácticamente excluidas.

-La naturaleza ha sido y continúa siendo agredida. -La tierra fue

depredada. -Las aguas son tratadas como una mercancía (DA 84).

Ante éstas y otras injusticias no podemos ser perros mudos (Is 56,10).

Urge, en primer lugar, convertirnos pues en cada uno de nosotros

hay trigo y cizaña. Luego, denunciar proféticamente las estructuras

de explotación y exclusión, asumiendo nuestro compromiso cristiano

de liberar a los oprimidos y con ellos liberar a los opresores.

 

La semilla de mostaza

   Hablando del Reino de los cielos, Jesús no lo compara con el cedro,

que nos llevaría a pensar en los poderosos que imponen su autoridad.

Sería un grave error para los seguidores de Jesús, buscar lo grande,

lo visible, las concentraciones multitudinarias en plazas y coliseos…

El ideal que Jesús nos propone está en lo pequeño, humilde, ordinario;

por ejemplo, en las pequeñas comunidades reunidas en una casa:

No temas, pequeño rebaño, Dios ha decidido darles el Reino (Lc 12).

   Sin embargo, para el terrateniente la mostaza es perjudicial,

porque se multiplica con facilidad y acaba con las plantas útiles.

Y, luego, vienen las aves -otra plaga- que se aprovechan de los frutos.

Desde el punto de vista de los poderosos, el Reino de Dios es esto,

y no hay manera como librarse de él, ni persiguiendo… porque

la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos (Tertuliano).

 

La levadura

   Hay personas que trabajan para preparar nuestro pan de cada día.

Para ello, mezclan la levadura con la harina hasta que todo fermente.

La levadura, siendo poca, tiene fuerza para fermentar toda la masa.

Así actúa Dios, nos dice Jesús, desde adentro, de una manera sencilla.

Hoy, debemos hacer lo mismo, vivir en la sociedad compartiendo:

los gozos y las esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres

de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren.

   Aquí también, no debemos olvidar otros elementos culturales.

Para los judíos de entonces, la levadura era algo negativo, impropio

para lo sagrado; por eso, durante la pascua comían pan sin levadura.

Levadura escondida en la masa era, exactamente, como los poderosos

miraban el movimiento de Jesús, algo que molestaba desde ‘adentro’;

y creyeron que crucificándolo todo terminaría, pero se equivocaron…

   Actualmente, ¿por qué los ricos tienen miedo a la gente sencilla

que empieza a tener capacidad de ver… oír… hablar…?

Entre las causas está en el creciente abismo que hay entre

los pocos privilegiados que ‘viven bien’, a costa del ‘malvivir’

de muchísimos que sobreviven con sueldos miserables. Ante esta injusticia, Jesús nos muestra un camino positivamente revolucionario,

el de las bienaventuranzas: sencillez, tener hambre y sed de justicia,

ser misericordiosos y limpios de corazón, trabajar por la paz, incluso

saltar de gozo al ser perseguidos… De ellos es el Reino de Dios.

J. Castillo A.

 

IMPORTANCIA DE LO PEQUEÑO

   Al cristianismo le ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos el triunfalismo, la sed de poder y el afán de imponerse a sus adversarios. Todavía hay cristianos que añoran un Iglesia poderosa que llene los templos, conquiste las calles e imponga su religión a la sociedad entera.

   Hemos de volver a leer dos pequeñas parábolas en las que Jesús deja claro que la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizador del Padre (el Reino de Dios), sembrando pequeñas ‘semillas’ de Evangelio e introduciéndose en la sociedad como pequeño ‘fermento’ de vida humana.

   La primera parábola habla de un grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Que es la más pequeña de todas, pero, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. El proyecto del Padre tiene unos comienzos muy humildes, pero su fuerza transformadora no la podemos ahora ni imaginar.

   La actividad de Jesús en Galilea sembrando gestos de bondad y de justicia no es nada grandioso y espectacular: ni en Roma ni en el Templo de Jerusalén son conscientes de lo que está sucediendo. El trabajo que realizamos hoy sus seguidores es insignificante: los centros de poder lo ignoran.

   Incluso, los mismos cristianos podemos pensar que es inútil trabajar por un mundo mejor: el ser humano vuelve una y otra vez a cometer los mismos horrores de siempre. No somos capaces de captar el lento crecimiento del Reino de Dios.

   La segunda parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. Sin que nadie sepa cómo, la levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla enteramente.

   Así sucede con el proyecto humanizador de Dios. Una vez que es introducido en el mundo, va transformando calladamente la historia humana. Dios no actúa imponiéndose desde fuera. Humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa y fraterna.

   Hemos de confiar en Jesús. El Reino de Dios siempre es algo humilde y pequeño en sus comienzos, pero Dios está ya trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de verdad y de justicia, el anhelo de un mundo más dichoso. Hemos de colaborar con Él siguiendo a Jesús.

   Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y más cercana a los pobres, siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de Evangelio, y más humilde para vivir en medio de la gente como fermento de una vida más digna y fraterna.

 

José Antonio Pagola (2014)

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