Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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DAR BUENOS FRUTOS
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XXVII Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A: 5 octubre 2014

Is 5,1-7  -  Flp 4,6-9  -  Mt 21,33-43

 

DAR  BUENOS  FRUTOS

   Quienes levantan su voz para defender a los pobres oprimidos,

corren el peligro de ser calumniados, encarcelados, asesinados

Al respecto, Jesús nos dice: Cuídense de los falsos profetas

que se acercan a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro

son lobos rapaces. Por sus frutos los reconocerán (Mt 7,15s).

 

Con las manos manchadas de sangre

   Jesús, dirigiéndose a los sumos sacerdotes y autoridades del pueblo,

les habla del propietario de una viña. Llegado el tiempo de la cosecha,

el dueño envía a sus servidores para recoger los frutos. Sin embargo,

aquellos trabajadores ambiciosos, para apropiarse de la viña, golpean,

apedrean y asesinan no solo a los servidores sino al hijo del dueño.

   Esta parábola de los viñadores asesinos es una denuncia contra

los malos pastores (malas autoridades) que se apacientan a sí mismos:

Dios esperaba de ellos la práctica del derecho y solo hay asesinatos,

esperaba justicia y solo hay gritos de angustia (primera lectura).

   Mons. Enrique Angelelli (1923-1976), obispo de La Rioja, Argentina,

denuncia -5 julio de 1976- que la cárcel está repleta de detenidos…

por el solo ‘delito’ de ser miembros fieles y conscientes de la Iglesia.

Y una novedad para La Rioja es que se tortura asquerosamente.

   El 18 de julio, los sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longueville

fueron secuestrados y encerrados en una base de la Fuerza Aérea.

Dos días después sus cadáveres fueron encontrados en el campo,

antes de dispararles les habían sacado los ojos y cortado las manos.

   El 4 de agosto 1976, Mons. Angelelli fue asesinado, a los 53 años;

aunque oficialmente la dictadura militar decía que fue un accidente.

   Desde el 13 de junio 2014, se sabe la verdad sobre estos sangrientos

hechos, pues el papa Francisco ordenó abrir los archivos del Vaticano.

Pero, ¿quiénes dieron la orden y, luego, amnistiaron a los criminales?

¿Quiénes entrenaron a los oficiales de ese país para torturar y matar?

¿Quiénes apoyan a los dictadores para consolidar el neocolonialismo?

 

El Reino de Dios se dará a un pueblo que produzca sus frutos

   A continuación, Jesús pregunta a los líderes religiosos:

¿Qué hará el propietario con aquellos viñadores asesinos?

Responden: Los matará y arrendará la viña a otros trabajadores.

Entonces Jesús les dice: A ustedes se les quitará el Reino de Dios

para ser entregado al pueblo que produzca frutos.

Las autoridades hubieran querido arrestar a Jesús en ese momento,

pero temían al pueblo que consideraba a Jesús como un Profeta.

   Siguiendo las enseñanzas y obras de Jesús, los herederos de la viña

son: -Los marginados, excluidos y despreciados por la clase dirigente.

-Los que llevan sobre sus débiles espaldas la injusticia y la exclusión,

-Los perseguidos por reclamar algo justo: vivir dignamente.

Es por eso que en el sermón del monte Jesús llama bienaventurados

a los pobres… a los perseguidos por causa de la justicia…

porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5,1-12).

   Refiriéndose a los pobres, el papa Francisco -obispo de Roma- dice:

El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres,

tanto que hasta el mismo “se hizo pobre”.

El Salvador nació en un pesebre, entre animales, como lo hacían

los hijos de los más pobres… Creció en un hogar de sencillos

trabajadores y trabajó con sus manos para ganarse el pan.

Cuando comenzó a anunciar el Reino, le seguían multitudes

de desposeídos, y así manifestó lo que Él mismo dijo:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido.

Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres”.

A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza,

les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón:

“Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece”.

Con ellos se identificó: “Tuve hambre y me diste de comer”, y enseñó

que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo.

   Más adelante, el papa dice: Por eso quiero una Iglesia pobre

para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos…

Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos…

Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos,

a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos,

a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría

que Dios quiere comunicarnos a través de ellos (EG, n.197-198).  

J. Castillo A.

 

CRISIS RELIGIOSA

   La parábola de los “viñadores homicidas” es un relato en el que Jesús va descubriendo con acentos alegóricos la historia de Dios con su pueblo elegido. Es una historia triste. Dios lo había cuidado desde el comienzo con todo cariño. Era su “viña preferida”. Esperaba hacer de ellos un pueblo ejemplar por su justicia y su fidelidad. Serían una “gran luz” para todos los pueblos.

   Sin embargo, aquel pueblo fue rechazando y matando uno tras otro a los profetas que Dios les iba enviando para recoger los frutos de una vida más justa. Por último, en un gesto increíble de amor, les envió a su propio Hijo. Pero los dirigentes de aquel pueblo terminaron con Él. ¿Qué puede hacer Dios con un pueblo que defrauda de manera tan ciega y obstinada sus expectativas?

   Los dirigentes religiosos que están escuchando atentamente el relato responden espontáneamente en los mismos términos de la parábola: el señor de la viña no puede hacer otra cosa que dar muerte a aquellos labradores y poner su viña en manos de otros. Jesús saca rápidamente una conclusión que no esperan: Por eso yo os digo que se os quitará a vosotros el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca frutos.

   Comentaristas y predicadores han interpretado con frecuencia la parábola de Jesús como la reafirmación de la Iglesia cristiana como “el nuevo Israel” después del pueblo judío que, después de la destrucción de Jerusalén el año setenta, se ha dispersado por todo el mundo.

   Sin embargo, la parábola está hablando también de nosotros. Una lectura honesta del texto nos obliga a hacernos graves preguntas: ¿Estamos produciendo en nuestros tiempos “los frutos” que Dios espera de su pueblo: justicia para los excluidos, solidaridad, compasión hacia el que sufre, perdón...?

   Dios no tiene por qué bendecir un cristianismo estéril del que no recibe los frutos que espera. No tiene por qué identificarse con nuestra mediocridad, nuestras incoherencias, desviaciones y poca fidelidad. Si no respondemos a sus expectativas, Dios seguirá abriendo caminos nuevos a su proyecto de salvación con otras gentes que produzcan frutos de justicia.

   Nosotros hablamos de “crisis religiosa”, “descristianización”, “abandono de la práctica religiosa”... ¿No estará Dios preparando el camino que haga posible el nacimiento de una Iglesia más fiel al proyecto del Reino de Dios? ¿No es necesaria esta crisis para que nazca una Iglesia menos poderosa pero más evangélica, menos numerosa pero más entregada a hacer un mundo más humano? ¿No vendrán nuevas generaciones más fieles a Dios?

José Antonio Pagola (2014)

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