Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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2º Domingo de Pascua, ciclo B: 8 de abril del 2018
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HERIDAS QUE RECONCILIAN

   El autor del cuarto evangelio, escrito a fines del siglo I,

nos presenta (en el texto de hoy y con un lenguaje simbólico),

los pasos que recorre el discípulo Tomás para creer en el Resucitado.

   El camino y la experiencia de Tomás valen también para nosotros,

pues, a pesar del miedodudaalejamiento de la comunidad…

debemos -con fe y alegría- ser testigos de Jesús muerto y resucitado.

 

Los discípulos se llenan de alegría al ver al Señor

  La tarde de aquel primer día de la semana (domingo, día del Señor),

los discípulos de Jesús están con las puertas cerradas por miedo.

¿Será porque uno le traicionó, otro le negó, y todos le abandonaron?

   Lamentablemente, hoy, en países con tantos millones de católicos,

hay cristianos y cristianas que viven con las puertas cerradas,

instalados en la comodidad, el estancamiento, la tibieza;

indiferentes ante el sufrimiento de los pobres (DA, n.362).

   ¿Qué nos impide ser una Iglesia accidentada, herida, manchada…

por salir y acoger a los hermanos de Jesús que sufren injustamente?

¿Por qué nos encerramos en estructuras que nos dan seguridad,

y en normas que nos vuelven jueces implacables? (EG, n.49).

   Aquella tarde, Jesús se presenta en medio de sus discípulos

y les anuncia la verdadera paz que es fuente de alegría:

Les volveré a visitar y ustedes se llenarán de alegría (Jn 16,20).

   A continuación, Jesús les muestra las manos y el costado;

es el mismo que ha sido asesinado por anunciar el Reino de Dios,

y por dar vida a las personas excluidas por la sociedad y la religión.

   Después, sopla sobre ellos diciendo: Reciban el Espíritu Santo.

Revestidos con la fuerza del Espíritu, perdonemos como hace Jesús:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34).

   Solo así, iremos construyendo pequeñas comunidades de fe que:

practican las enseñanzas de Jesús, celebran la fracción del pan, oran,

comparten sus bienes para crear una verdadera fraternidad (1ª lectura).

Ocho días después los discípulos se reúnen de nuevo

   Las personas que han sufrido terror, amenazas, torturas, prisión…

al ser abandonadas a su propia suerte, viven encerradas en sí mismas

y, lo que es peor, muchas veces terminan dementes o se quitan la vida.

   Muy diferente cuando alguien las acoge y acompaña, para que:

se reconcilien consigo mismas… y reconcilien a los que sufren…

   Cuando Jesús invita a Tomás a tocar sus manos y su costado,

nuevamente, nos encontramos ante un proceso de reconciliación.

   Las heridas de Jesús no han desaparecido. En este sentido,

nada diferencia a Jesús de los actuales crucificados que sobrellevan,

durante el resto de sus vidas, el peso de las heridas que han padecido.

Pero cuando Jesús enseña sus heridas a Tomás, es porque esas heridas

ya no son fuente de dolor, tampoco de recuerdos desgarradores;

son ahora heridas que reconcilian, heridas que dan vida y esperanza.

También las heridas de personas torturadas son parte de su historia,

pero al asumirlas de  manera diferente son heridas que reconcilian.

   Para una verdadera reconciliación que libere incluso a los opresores,

los mejores agentes son las personas que han sido reconciliadas.

Este camino es diferente a la reconciliación impuesta desde arriba,

por personas y autoridades corruptas que buscan impunidad y olvido.

   La confesión de Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!, nos lleva a creer

que Jesús está presente donde dos o tres se reúnen en su nombre.

 

¡Felices los que creen sin haber visto!

  La experiencia que tuvo Tomás en aquella comunidad creyente,

es la experiencia que puede tener, actualmente, cualquier cristiano:

Tú crees porque has visto¡Felices los que crean sin haber visto!

   Sigamos meditando en las siete bienaventuranzas del Apocalipsis,

que vienen a ser una Buena Noticia de fe, esperanza y amor:

*Felices los que leen y escuchan este mensaje profético… (Apoc 1,3).

*Felices, desde ahora, los que mueran fieles al Señor… (14,13).

*Felices los que están vigilantes con el vestido puesto… (16,15).

*Felices los invitados al banquete de bodas del Cordero… (19,9).

*Felices los que participan en la primera resurrección… (20,6).

*Felices los que practican estas palabras proféticas… (22,7).

*Felices los que lavan sus ropas para participar de la Vida…

 Ellos lavan sus ropas en la sangre del Cordero (22,14 y 7,14).

Felices si practicamos el ejemplo del Servidor Jesús (Jn 13,17). JCA

 

RECORRIDO HACIA LA FE

   Estando ausente Tomás, los discípulos de Jesús han tenido una experiencia inaudita. En cuanto lo ven llegar se lo comunican llenos de alegría: Hemos visto al Señor. Tomás los escucha con escepticismo. ¿Por qué les va creer algo tan absurdo? ¿Cómo pueden decir que han visto a Jesús lleno de vida, si ha muerto crucificado? En todo caso, será otro.

   Los discípulos le dicen que les ha mostrado las heridas de sus manos y su costado. Tomás no puede aceptar el testimonio de nadie. Necesita comprobarlo personalmente: Si no veo en sus manos la señal de sus clavos... y no meto la mano en su costado, no lo creo. Solo creerá en su propia experiencia.

   Este discípulo, que se resiste a creer de manera ingenua, nos va a enseñar el recorrido que hemos de hacer para llegar a la fe en Cristo resucitado a los que ni siquiera hemos visto el rostro de Jesús, ni hemos escuchado sus palabras, ni hemos sentido sus abrazos.

   A los ocho días se presenta de nuevo Jesús a sus discípulos. Inmediatamente, se dirige a Tomás. No critica su planteamiento. Sus dudas no tienen para Él nada de ilegítimo o escandaloso. Su resistencia a creer revela su honestidad. Jesús le entiende y viene a su encuentro mostrándole sus heridas.

   Jesús se ofrece a satisfacer sus exigencias: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos. Trae tu mano, aquí tienes mi costado. Esas heridas, antes que “pruebas” para verificar algo, ¿no son “signos” de su amor entregado hasta la muerte? Por eso Jesús le invita a profundizar más allá de sus dudas: No seas incrédulo, sino creyente.

   Tomás renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo experimenta la presencia del Maestro que lo ama, lo atrae y le invita a confiar. Tomás, el discípulo que ha hecho un recorrido más largo y laborioso que nadie hasta encontrarse con Jesús, llega más lejos que nadie en la hondura de su fe: Señor mío y Dios mío. Nadie ha confesado así a Jesús.

   No hemos de asustarnos al sentir que brotan en nosotros dudas e interrogantes. Las dudas, vividas de manera sana, nos rescatan de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, sin crecer en confianza y amor. Las dudas nos estimulan a ir hasta el final en nuestra confianza en el Misterio de Dios encarnado en Jesús.

   La fe cristiana crece en nosotros cuando nos sentimos amados y atraídos por ese Dios cuyo rostro podemos vislumbrar en el relato que los evangelios nos hacen de Jesús. Entonces, su llamada a confiar tiene en nosotros más fuerza que nuestras propias dudas. Dichosos los que crean sin haber visto.                                                 

José Antonio Pagola (2012)

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