Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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Domingo XXX, Tiempo Ordinario, ciclo B: 28 octubre 2012 - VER Y SEGUIR A JESÚS
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Domingo XXX, Tiempo Ordinario, ciclo B: 28 octubre 2012

Jeremías 31,7-9  -  Hebreos 5,1-6  -  Marcos 10,46-52

 

VER Y SEGUIR A JESÚS

 

En Jericó, ciudad de las palmeras

En el camino que va de Jerusalén a Jericó un hombre es asaltado,

le roban todo lo que tiene, le hieren y lo dejan medio muerto.

Un sacerdote y un levita lo ven… no hacen nada… siguen su camino.

Estos funcionarios del templo tienen ojos pero no ven:

Si tu ojo está enfermo, también tu cuerpo está lleno de oscuridad.

Pero un samaritano que va de viaje: lo ve, se compadece, se acerca,

cura sus heridas, lo lleva a un hotel y cuida de él (Lc 10,30-35).

En Jericó vive Zaqueo. Es jefe de los cobradores de impuestos

y muy rico. Despreciado como publicano-pecador, quiere ver a Jesús.

Después de acoger a Jesús en su casa, se levanta y le dice:

Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres,

y a quien he robado algo, le devolveré cuatro veces más (Lc 19,1-10).

El texto del Evangelio de hoy nos presenta el encuentro:

de Bartimeo, hijo de Timeo,  con Jesús, Hijo de David.

Este encuentro tiene lugar en el camino, a la salida de Jericó,

cuando Jesús, sus discípulos y una gran multitud van a Jerusalén.

Meditemos este texto teniendo presente nuestra situación actual.

 

A la orilla del camino

Bartimeo es hijo de Timeo, que significa: apreciado, valorado

Sin embargo es ciego, mendigo, y está sentado a la orilla del camino.  

Es ciego, pero abriga la esperanza de recobrar la capacidad de ver.

Por eso, más adelante le suplicará a Jesús: Maestro, que pueda ver.

¡Cuánta falta nos hace tener aquella luz que ilumine nuestras vidas!

Está sentado, postrado al borde del camino, fuera de la ciudad.

Es la triste realidad de la actual exclusión social que afecta a millones

de hombres y mujeres, quienes además de ser explotados,

son excluidos y considerados como sobrantes y desechables (DA 65).

Pide limosna. Su vida depende de las monedas que caen en su manto.

¿Hasta cuándo sectores pobres de nuestra sociedad dependerán

de ciertos ‘proyectos paliativos’? ¿Se ven las raíces del problema?

S. Juan Crisóstomo (335-394), en su sermón contra los usureros dice:

Tal vez des limosna. Pero, ¿de dónde la sacas, sino es de tus robos

crueles, de los sufrimientos, de las lágrimas, de los lamentos?

Si el pobre supiera de dónde viene tu limosna, lo rehusaría…

Cuando oye que Jesús pasa por aquel lugar, se pone a gritar:

¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!... Como ya se dijo:

Es el grito de un pueblo que sufre y que demanda justicia, libertad,

respeto a los derechos fundamentales del hombre y de los pueblos…

El clamor pudo haber parecido sordo en ese entonces.

Ahora es claro, impetuoso y, en ocasiones, amenazante (DP, 87ss).

Nuestra devoción a Cristo crucificado no termina con una procesión.

Hace falta una Iglesia comprometida con los pobres y crucificados.

Jesús se detiene. El profeta de Nazaret no puede seguir su camino,

como lo hicieron los funcionarios del templo de Jerusalén.

Los seguidores de Jesús tampoco pueden caminar tras Él,

sin oír los gritos, las quejas, los lamentos de los que sufren.

Por eso, hace que el grupo se detenga y les pide que llamen al ciego.

Ánimo -le dicen- levántate, te llama. El ciego deja su manto,

se levanta, se acerca a Jesús y le suplica: Maestro, que pueda ver.

Jesús le dice: Vete, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista.

Hoy hacen falta discípulos que actuando como Jesús puedan decir:

Los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos quedan sanos,   

los sordos oyen, se anuncia la Buena Noticia a los pobres (Lc 7,22).

Después de recobrar la capacidad de ver, Bartimeo sigue a Jesús.

Recordemos que antes un hombre se aleja triste, porque era muy rico.

Bartimeo, en cambio, se despoja de su manto, el único bien que tiene:

es su abrigo para el frío y es su cobija para dormir (Ex 22,25-26).

Además, en ese manto recibía la limosna, pero ya no la necesita;

dejó atrás aquella sociedad donde unos pocos dominan y oprimen.

El 28 de octubre de 1958, Juan XXIII fue elegido Papa. En 1962,

se inició el Concilio Vaticano II que refiriéndose a los pobres dice:

La Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad

humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren

la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar

sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo (LG, 8). J. Castillo A

CON OJOS NUEVOS

La curación del ciego Bartimeo está narrada por Marcos para urgir a las comunidades cristianas a salir de su ceguera y mediocridad. Solo así seguirán a Jesús por el camino del Evangelio. El relato es de una sorprendente actualidad para la Iglesia de nuestros días.

Bartimeo es un mendigo ciego sentado al borde del camino. En su vida siempre es de noche. Ha oído hablar de Jesús, pero no conoce su rostro. No puede seguirle. Está junto al camino por el que marcha Él, pero está fuera. ¿No es esta nuestra situación? ¿Cristianos ciegos, sentados junto al camino, incapaces de seguir a Jesús?

Entre nosotros es de noche. Desconocemos a Jesús. Nos falta luz para seguir su camino. Ignoramos hacia dónde se encamina la Iglesia. No sabemos siquiera qué futuro queremos para ella. Instalados en una religión que no logra convertirnos en seguidores de Jesús, vivimos junto al Evangelio, pero fuera. ¿Qué podemos hacer?

A pesar de su ceguera, Bartimeo capta que Jesús está pasando cerca de él. No duda un instante. Algo le dice que en Jesús está su salvación: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. Este grito repetido con fe va a desencadenar su curación.

Hoy se oyen en la Iglesia quejas y lamentos, críticas, protestas y mutuas descalificaciones. No se escucha la oración humilde y confiada del ciego. Se nos ha olvidado que solo Jesús puede salvar a esta Iglesia. No percibimos su presencia cercana. Solo creemos en nosotros.

El ciego no ve, pero sabe escuchar la voz de Jesús que le llega a través de sus enviados: Ánimo, levántate, que te llama. Este es el clima que necesitamos crear en la Iglesia. Animarnos mutuamente a reaccionar. No seguir instalados en una religión convencional. Volver a Jesús que nos está llamando. Este es el primer objetivo pastoral.

El ciego reacciona de forma admirable: suelta el manto que le impide levantarse, da un salto en medio de su oscuridad y se acerca a Jesús. De su corazón solo brota una petición: Maestro, que pueda ver. Si sus ojos se abren, todo cambiará. El relato concluye diciendo que el ciego recobró la vista y le seguía por el camino.

Esta es la curación que necesitamos hoy los cristianos. El salto cualitativo que puede cambiar a la Iglesia. Si cambia nuestro modo de mirar a Jesús, si leemos su Evangelio con ojos nuevos, si captamos la originalidad de su mensaje y nos apasionamos con su proyecto de un mundo más humano, la fuerza de Jesús nos arrastrará. Nuestras comunidades conocerán la alegría de vivir siguiéndole de cerca.        

José Antonio Pagola (2012)

CURARNOS DE LA CEGUERA

 

¿Qué podemos hacer cuando la fe se va apagando en nuestro corazón? ¿Es posible reaccionar? ¿Podemos salir de la indiferencia? Marcos narra la curación del ciego Bartimeo para animar a sus lectores a vivir un proceso que pueda cambiar sus vidas.

No es difícil reconocernos en la figura de Bartimeo. Vivimos a veces como ‘ciegos’, sin luz para mirar la vida como la miraba Jesús. ‘Sentados’, instalados en una religión convencional, sin fuerza para seguir sus pasos. Descaminados, ‘al borde del camino’ que lleva Jesús, sin aceptarlo como guía de nuestra vida.

¿Qué podemos hacer? A pesar de su ceguera, Bartimeo ‘se entera’ de que por su vida está pasando Jesús. No puede dejar escapar la ocasión  y comienza a gritar una y otra vez: ¡Ten compasión de mí! Esto es siempre lo primero: abrirse a cualquier llamada o experiencia que nos invita a curar nuestra vida.

El ciego no sabe recitar oraciones hechas por otros. Solo sabe gritar y pedir compasión, porque se siente mal. Este grito humilde y sincero, repetido desde el fondo del corazón, puede ser el comienzo de una vida nueva. Jesús no pasará de largo.

El ciego sigue en el suelo, lejos de Jesús, pero escucha atentamente lo que le dicen sus enviados: ¡Ánimo! Levántate, que te llama. Primero se deja animar abriendo un pequeño resquicio a la esperanza. Luego escucha la llamada a levantarse y reaccionar. Por último, ya no se siente solo: Jesús lo está llamando. Esto lo cambia todo.

Bartimeo da  tres pasos que van a cambiar su vida. Arroja el manto, pues le estorba para encontrarse con Jesús. Luego, aunque todavía se mueve entre tinieblas, da un salto decidido. De esta manera se acerca a Jesús. Es lo que necesitamos muchos de nosotros: liberarnos de ataduras que agarrotan nuestra fe; tomar por fin una decisión sin dejarla para más tarde, y ponernos ante Jesús con confianza sencilla y nueva.

Cuando Jesús le pregunta qué quiere de Él, el ciego no duda. Sabe muy bien lo que necesita: Maestro, que pueda ver. Es lo más importante. Cuando uno comienza a ver las cosas de manera nueva, su vida se transforma. Cuando una comunidad recibe luz de Jesús, se convierte.                                                                J. A. Pagola (2009)

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