Miércoles, 28 de Febrero del 2024
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6º Domingo de Pascua, ciclo B: 6 de mayo del 2018
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EL MANDAMIENTO DE JESÚS


  Dios es amor y ama a todos sus hijos con entrañas de misericordia:

¿Puede una madre olvidar o dejar de amar al hijo de sus entrañas?

Pues, aunque ella se olvide, yo tu Dios no te olvidaré (Is 49,15).  

   Jesús, el Hijo amado de Dios, nos sigue diciendo:

*Este es mi mandamiento: Ámense unos a otros como yo les amo.

*El amor más grande es dar su vida por sus amigos.

*Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les digo.

 

Ámense unos a otros como yo les amo


   Recordemos que los discípulos de Jesús, dejan todo y le siguen

caminan con Él por ciudades y pueblos… oyen sus enseñanzas…

son testigos de sus obras y gestos audaces en favor de los pobres…

   Después de la Cena Pascual, Jesús se despide de todos ellos,

y, conociendo las cualidades y limitaciones de sus seguidores,

les habla con el corazón, para que sus palabras queden bien grabadas:

Yo les amo a ustedes como el Padre me ama a mí,

permanezcan, pues, en el amor que yo les tengo.

Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor,

lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre,

y permanezco en su amor.

Mi mandamiento es este: ámense unos a otros como yo le amo.

   Ante la división que hay en la comunidad de Corinto, Pablo dice:

El amor es paciente, es servicial, no es envidioso ni busca aparentar,

no es orgulloso, ni actúa con bajeza, no busca su interés,

no se irrita, sino que deja atrás las ofensas y las perdona,

nunca se alegra de la injusticia, sino de la verdad.

Todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

El amor jamás dejará de existir… Ahora conozco a medias,

después conoceré tan bien como Dios me conoce a mí.

Hay tres cosas que son permanentes: la fe, la esperanza y el amor;

pero la más importante de las tres es el amor (1Cor, 13).


El amor más grande es dar su vida por sus amigos


   Como Jesús, amemos con entrañas de misericordia. Por ejemplo:

Mi amigo no ha vuelto del campo de batalla…

Capitán, solicito permiso para ir a buscarlo.

Permiso denegado, responde el capitán,

no quiero que usted arriesgue su vida,

por un hombre que probablemente ha muerto.

El soldado, desobedeciendo la prohibición, sale.

Y una hora después regresa mortalmente herido,

transportando el cadáver de su amigo.

El capitán furioso grita: ¡Ya le dije que había muerto!

¡Ahora he perdido a dos hombres!

Dígame: ¿merecía la pena ir allá para traer un cadáver?

El soldado, moribundo, responde: ¡Claro que sí, capitán!

Cuando lo encontré, todavía estaba vivo y pudo decirme:

-Jack… estaba seguro de que vendrías.

(Anthony de Mello: La oración de la rana, I).

   ¿Somos peces vivos que luchan contra la corriente… para dar vida,

o somos peces muertos que nos dejamos arrastrar por la indiferencia?

 

Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo le digo


   Martín de Porres (1579-1639) desde que nace, es marginado.

Motivo: es mulato, hijo “ilegítimo” de un español, Juan de Porres;

y de Ana Velásquez, mujer negra descendiente de esclavos africanos.

En 1579, ingresa al convento de los dominicos como “donado”.

Siendo simple sirviente, trabaja como portero, sacristán, enfermero.

En 1603, a los veinticuatro años, Martín hace su profesión religiosa,

viste el hábito de los dominicos pero solo como hermano cooperador.

No usó los años de su vida religiosa para buscar un ascenso social.

Sigue otro camino. Ser amigo de Jesús, haciendo su voluntad.

   En la homilía de su canonización (6 mayo 1962), Juan XXIII dijo:

Disculpaba los errores de los demás. Perdonaba las graves injurias,

pues estaba convencido que era más lo que merecía por sus pecados.

Ponía todo su empeño en retornar al buen camino a los pecadores…

Proporcionaba comida, vestido y medicinas a los pobres.

Ayudaba a los campesinos, negros y mulatos que, por aquel tiempo,

eran tratados como esclavos de la más baja condición, lo que le valió,

por parte del pueblo, el apelativo de Martín de la caridad. J. Castillo

 

UNA ALEGRIA DIFERENTE

   No es fácil la alegría. Los momentos de auténtica felicidad parecen pequeños paréntesis en medio de una existencia de donde brotan constantemente el dolor, la inquietud y la insatisfacción.

   El misterio de la verdadera alegría es algo extraño para muchos hombres y mujeres. Todavía quizás saben reír a carcajadas, pero han olvidado lo que es una sonrisa gozosa, nacida de lo más hondo del ser. Tienen casi todo, pero nada les satisface de verdad. Están rodeados de objetos valiosos y prácticos, pero apenas saben nada de amor y amistad. Corren por la vida absorbidos por mil tareas y ocupaciones, pero han olvidado que estamos hechos para la alegría.

   Por eso, algo se despierta en nosotros cuando escuchamos las palabras de Jesús: Os he hablado para que participéis en mi gozo, y vuestro gozo sea completo. Nuestra alegría es frágil, pequeña, y está siempre amenazada. Pero algo grande se nos promete. Poder compartir la alegría misma de Jesús. Su alegría puede ser la nuestra.

   El pensamiento de Jesús es claro. Si no hay amor, no hay vida. No hay comunicación con Él. No hay experiencia del Padre. Si falta el amor en nuestra vida, no queda más que vacío y ausencia de Dios. Podemos hablar de Dios, imaginarlo, pero no experimentarlo como fuente de gozo verdadero. Entonces el vacío se llena de dioses falsos que toman el puesto del Padre, pero que no pueden hacer brotar en nosotros el verdadero gozo que nuestro corazón anhela.

   Quizás los cristianos de hoy pensamos poco en la alegría de Jesús, y no hemos aprendido a “disfrutar” de la vida, siguiendo sus pasos. Sus llamadas a buscar la felicidad verdadera se han perdido en el vacío, tal vez porque los hombres seguimos obstinados en pensar que el camino más seguro de encontrarla es el que pasa por el poder, el dinero o el sexo.

   La alegría de Jesús es la de quien vive con una confianza limpia y condicional en el Padre. La alegría del que sabe acoger la vida con agradecimiento. La alegría del que ha descubierto que la existencia entera es gracia.

   Pero la vida se extingue tristemente en nosotros si la guardamos para nosotros solos, sin acertar a regalarla. La alegría de Jesús no consiste en disfrutar egoístamente de la vida. Es la alegría de quien da vida, y sabe crear las condiciones necesarias para que crezca y se desarrolle de manera cada vez más digna y más sana. He aquí una de las enseñanzas clave del Evangelio. Solo es feliz quien hace un mundo más feliz. Solo conoce la alegría quien sabe regalarla. Solo vive quien hace vivir.


José Antonio Pagola (1982)

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